F0137 · El día de la cita para visitar el hammam en Sevilla…

El día de la cita para visitar el hammam en Sevilla llegó con un aire pesado y nublado. Las calles estaban cubiertas de lodo, y los mendigos extendían sus manos agrietadas hacia cualquier noble que pasara, mientras algún hidalgo, en su parihuela, evitaba cuidadosamente manchar sus botas con la miseria. Hakim había sido llamado de urgencia al palacio de Luis Méndez de Sotomayor, pero pidió a Alberto y Farid que fueran juntos. Alberto, ansioso por aprovechar el momento para acercarse al muchacho árabe, aceptó con entusiasmo.

El lugar que Farid había elegido no era más que una pequeña puerta de madera en el centro de la ciudad, discreta y casi oculta entre los muros de las casas. Tocaron la aldaba, y la puerta se abrió al instante, revelando un pasillo estrecho que olía a humedad y especias. Al final del corredor, el espacio se expandía, revelando las ruinas restauradas de unos antiguos baños romanos. El arquitecto árabe que había trabajado allí, antes de que el exilio fuera inevitable, había transformado las ruinas en algo exquisito. La cúpula central dejaba que los rayos de la tarde atravesaran los vapores como espadas de luz, cortando la humedad en finas líneas de calor.

Farid sintió un mareo que lo distrajo. Caminaba entre el vapor como si recorriera un laberinto de su propia memoria, los pasos resonando en ecos que parecían venir de otro tiempo. Finalmente, un esclavo lo condujo a una sala amplia y cálida. Le pidió que se desnudara, y Farid obedeció, dejando caer sus ropas al suelo de piedra. Se tendió sobre una cama de madera mientras el esclavo comenzaba a trabajar con hierbas y agua fría, golpeándolo rítmicamente con una precisión que relajaba y tensaba al mismo tiempo.

A su lado, Alberto lo observaba con una sonrisa que Farid no podía interpretar del todo. Sus miradas se cruzaron, y Alberto, rompiendo el silencio cargado, preguntó:

—¿Quién eres?

Farid sonrió, esa sonrisa suya que parecía contener secretos que no podían ser dichos fácilmente.

—Soy un esclavo —respondió con voz tranquila.

—No es eso lo que quiero saber —replicó Alberto, inclinándose ligeramente hacia él—. Quiero saber, ¿cómo fue que te volviste inmortal?

Farid se quedó en silencio un momento, su mente viajando hacia el desierto. Estiró la mano y, con una suavidad que contrastaba con la aspereza del lugar, tocó el rostro de Alberto.

—Fue Hakim quien me dio la inmortalidad.

Alberto cerró los ojos. Lo sabía, o al menos lo había intuido, pero escuchar las palabras confirmarlo lo llenó de una mezcla de temor y fascinación. Farid también cerró los ojos, dejando que los recuerdos lo inundaran. Volvió a ese oasis en medio del desierto, al largo trayecto que lo llevó hasta una torre solitaria, donde conoció al alquimista. A Hakim.

—¿Me cuentas la historia del Rey Serpiente? —susurró Alberto.

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