Mientras Alberto y Farid disfrutaban de un atardecer romano, Hakim, en la ciudad de Burgos, se encontraba en casa de Luis Méndez de Sotomayor. Fue allí donde escuchó la noticia: Juana y su esposo Felipe habían regresado a la Península para ser jurados como herederos de las coronas de Castilla y Aragón. Los rumores sobre contratiempos en altamar llenaban las conversaciones de la corte, y debido a las dificultades del viaje, la comitiva había tenido que continuar a pie, una procesión interminable que finalmente llevó a los príncipes a Toledo, donde en mayo de 1502 se celebró el juramento.
Después de la ceremonia, Juana y Felipe se trasladaron al País Vasco, a Fuenterrabía, un rincón donde el mar Cantábrico imponía su presencia con una virilidad que resonaba en los paisajes y en los corazones. Allí, Juana encontró un refugio inesperado para sus pasiones y confirmó su gusto por el amor carnal y por ese mar que parecía susurrar promesas en cada embate de sus olas.
En Fuenterrabía, la heredera vivió un momento de felicidad absoluta, una dicha que no volvería a experimentar. Durante las largas tardes en la playa, la arena fina y gris era el escenario de sus desbordes de amor. Se tendía junto a Felipe, sin pudor, como si el cielo del norte de España, inmenso y protector, los cubriera con un manto que los hacía intocables. Los sirvientes y las nobles de la corte los observaban, algunos con asombro, otros con envidia, pero Juana no prestaba atención. Su cuerpo y su espíritu estaban entregados por completo al momento, a ese hombre y a ese mar que parecían contenerlo todo.
Años después, cuando la vida le había robado toda esperanza y el destierro y la locura se habían convertido en sus únicas compañías, Juana recordaría esas playas. Lo haría con la nostalgia seca de quien ya no cree en el más allá, como si aquellas olas y aquel amor fueran lo único eterno. Las imágenes de Fuenterrabía se repetirían en su mente como un salmo: el mar gris, las risas apagadas por el viento, la inmensidad del cielo que parecía protegerlos de todo mal. Allí, en la arena, Juana había sido feliz. Una felicidad que jamás podría recuperar, pero que permanecería como un vestigio de un paraíso perdido.