Un día, Farid estaba leyendo en el jardín cuando Alberto llegó con el ceño fruncido y un tono que no disimulaba su molestia.
—El señor Comneno quiere hablar contigo.
Farid levantó la vista del libro, sintiendo cómo su pecho se apretaba. Por un instante, creyó que lo habían descubierto. Esa felicidad secreta, tan vibrante y nueva, debía haberse delatado en su rostro. Temía que alguien hubiera aprendido a leerlo.
Al contrario, Vicente Comneno lo recibió con amabilidad y una sonrisa que denotaba confianza.
—Quiero que vengas conmigo a Flandes. Tendré una reunión con el señor Estévez. ¿Lo recuerdas? Vino a la fiesta.
Farid asintió, recordándolo vagamente, mientras Comneno continuaba:
—Alberto también vendrá. Quiero que trates bien a mi amigo.
Farid sonrió con discreción, pero respondió con una mezcla de respeto y orgullo:
—Señor, ¿cuándo he tratado mal yo a tus amigos?
Y en ese momento lo supo: había cambiado su posición. Ya no era un esclavo más; se había convertido en un favorito. El pensamiento lo embriagó. Pronto, viajaré con mi amo para ver al emperador, se dijo con un temblor de ambición en el pecho.
Cuando Inés Comneno se enteró de que Farid estaría fuera de la villa por semanas, se consternó profundamente. Lloró toda la tarde y, al despedirse, le entregó un pequeño muñeco de tela: un soldadito turco. Farid aceptó el regalo con gratitud, pero no fue hasta la primera posada del viaje que descubrió su verdadero significado. Al abrirlo, halló en su vientre un arete de perla. Lo sostuvo entre sus manos, temblando de emoción. Aunque inexperto en los asuntos del corazón, entendió al instante que aquella joya no era un simple regalo, sino una declaración: una prueba de amor.
Mientras el viaje continuaba hacia el norte, Farid mantenía el arete apretado contra su muslo, escondido en su bolso. Pero la cercanía con Alberto traía tensiones. Una noche, este le dijo:
—Debes detenerte. Estás poniendo tu vida en peligro.
Farid lo escuchó, pero desestimó sus palabras. Pensaba que Alberto hablaba por despecho. La presencia de la perla en su bolsillo lo llenaba de una felicidad que ningún consejo podía opacar.
En Flandes, el tiempo para frivolidades fue escaso. Comneno y sus hombres pasaban los días en reuniones con la corte y en transacciones bancarias. Vieron al señor Estévez solo un par de veces antes de regresar apresuradamente a Venecia por mar. La flota que los seguía, lista para defenderlos de piratas, les permitió regresar en dos semanas al pequeño reino que Farid ya consideraba su hogar.
Inés lo recibió con una mezcla de timidez y expectación, pero las cosas habían cambiado. Alberto, por su parte, lo confrontó un día:
—Hace tiempo me dijiste que querías huir.
—Es cierto —respondió Farid mientras se probaba un sombrero que la señora Comneno le había regalado.
—También yo quiero escapar contigo. Quiero dejar de ser un esclavo.
Farid sonrió con indulgencia, casi con lástima. Ya no era el muchacho ingenuo que soñaba con la libertad. El arete de perla en su bolsillo le recordaba que ahora sus ambiciones estaban atadas a otro destino. Ya no soy un niño, pensó, y menos un esclavo que huye.
El amor de Alberto había comenzado a convertirse en un peligro. Sus celos eran evidentes, y Farid, en su búsqueda de Inés, decidió despreciarlo todo: a Alberto, a sus propios temores y, en última instancia, al amor que alguna vez sintió por su amigo.
Esa noche, aprovechando la ausencia del duque, Farid tomó una escalera y trepó hasta el balcón de Inés. Casi la mata del susto cuando golpeó el cristal.
—¿Qué haces aquí? Van a matarte —susurró ella, aterrada.
Farid, con una determinación que nunca antes había sentido, respondió con voz clara:
—Necesito decirte que te amo. Te lo digo así, señora, como si fuéramos iguales, porque el amor que siento por ti es tan grande que iguala tu dignidad.
Inés lo miró, su pecho subiendo y bajando con la intensidad de un latido descontrolado. Por un momento, las palabras quedaron suspendidas entre ellos, cargadas de un peso que ninguna diferencia de estatus podía disipar.