F0144 · —¿Qué ves? —preguntó Felipe, su voz un susurro profundo, casi hipnótico.

Alberto encontró a Felipe Azul al amanecer, en un claro del bosque donde los rayos del sol atravesaban las copas de los árboles como columnas doradas. Felipe estaba de espaldas, su torso desnudo cubierto de tatuajes que parecían cobrar vida bajo la luz cambiante. Cada línea y punto formaban un mapa celestial, una constelación que vibraba con algo más que tinta.

—¿Qué ves? —preguntó Felipe, su voz un susurro profundo, casi hipnótico.

Alberto se acercó con cautela, sus dedos temblorosos rozando una de las estrellas tatuadas. Un estremecimiento recorrió su cuerpo, como si algo antiguo y poderoso despertara en su interior. En una de las regiones más oscuras de la constelación, Alberto leyó una palabra escrita en un idioma desconocido que, sin embargo, comprendió al instante.

—Mors —susurró. Muerte.

El miedo lo invadió, pero también una extraña certeza. Durante días había sentido un hambre creciente, una obsesión por algo que trascendía lo humano. Amaba a Farid, no como se ama a un amigo o a un hermano, sino con una intensidad que lo consumía. Y con ese amor llegó la certeza de que Farid guardaba un secreto: la inmortalidad. Lo había visto en la música de Farid, en la forma en que sus dedos se movían como si tocaran no un instrumento, sino el tejido mismo del universo.

Esa noche, Alberto soñó con Florián. Lo vio sobre un escenario bañado en luces doradas, cantando una melodía que resonaba en el corazón de Alberto como un eco divino. Cuando Florián lo miró, sus ojos eran espejos que reflejaban todos sus secretos.

—Te he visto en la constelación de Felipe Azul —dijo Florián, su voz cargada de un conocimiento profundo—. Un mago predijo tu muerte antes de que yo dejara de cantar. Dijo que el final no es el final, que la cuerda no sólo cierra, sino que también abre.

Alberto intentó responder, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Florián sonrió con tristeza.

—Ama, Alberto. Pero entiende que el deseo nunca será perfecto. Es la imperfección la que nos hace humanos.

Cuando despertó, Alberto se encontró con Farid en la penumbra de una habitación. El aire estaba cargado con los ecos de la música que Farid había tocado esa noche. Sin pensar, Alberto se acercó y lo besó. Fue un beso desesperado, lleno de súplica. Farid no retrocedió de inmediato, pero cuando lo hizo, sus ojos estaban llenos de algo que Alberto no pudo descifrar del todo: compasión.

—No puedo ayudarte —dijo Farid, su voz suave, casi un lamento—. No porque no te ame, sino porque lo que buscas no está en mí. Pero hay algo que puedo darte.

Farid exhaló, y de su boca salió una melodía, un susurro que no era de este mundo. En ese instante, Alberto sintió cómo su alma se entrelazaba con cada nota, como si la música de Farid hubiera estado esperando ese momento para completarlo.

Esa misma noche, Alberto subió al cadalso. Su corazón estaba lleno de una calma desconocida, un alivio que no había sentido en toda su vida. Entre la multitud, Farid lo observaba en silencio, inmóvil como una estatua. Alberto pensó en las palabras de Florián, en la constelación de Felipe Azul y en el mago que había predicho su destino. Cerró los ojos mientras la cuerda se apretaba alrededor de su cuello.

Cuando el aire abandonó su cuerpo, lo supo. La inmortalidad no era un cuerpo eterno ni un alma incorruptible. Era música, era amor, era el aliento que había compartido con Farid en un beso único y absoluto. En el instante final, Alberto no sintió miedo, sino liberación. Su cuerpo cayó, pero su esencia permaneció. Se convirtió en un eco, en una canción que nunca dejaría de resonar.

En la multitud, Farid cerró los ojos y escuchó. La música de Alberto vivía ahora en él, imperfecta y eterna, como el amor que jamás pudieron consumar.

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