F0145 · Su señoría reverendísima sube al púlpito. Lo mismo de siempre: que…

Su señoría reverendísima sube al púlpito. Lo mismo de siempre: que vengan a misa en su catedral. Que entierren a sus muertos aquí. A quién le importa. Agua, Farid. Se pierde en el sermón y recuerda la sed y todas las fuentes que ha visto en el mundo. La fuente del genovés, la fuente en el patio de la mezquita. La fuente en el barrio náhuatl. Arcos y borbotones. Toda el agua del mundo. Luego comienza la Liturgia Eucarística. El regreso del rabí que prometió volver y desde entonces, vuelve.

En la iglesia del Aventino sigue el invitatorio y el salmo. Los hermanos siguen la música de Jorge quien vuelve al ataque y ama así cada voz y cada boca, con un amor primitivo que acaricia y parece besar.

La música no había dejado de interesarle, claro, pero la había transformado en un sentido completamente distinto al del maestro Nicolás. Para él, lejos de separarlo del mundo, de sumergirlo en una realidad ultraterrena, la música le abría un mundo de sensualidad y deseo que había terminado por enfocarse en las muchachas que iban y venían en esos baños cerca de los jardines de Nerón, donde vagaban desnudas y susurraban el precio por el que estarían dispuestas a hacerlo todo.

En aquellos años también tuvo lugar en Farid una mutación, porque el aprendizaje del canto en el estilo occidental le había abierto una suerte de lenguaje con el que podía decirse o recordar incluso sucesos que antes habían permanecido ocultos en su memoria. Y aquello era justamente parte del poder de su voz porque en ella resonaba su vida, el nombre de sus hermanos, el lugar en el desierto en el que nació un 20 de mayo de 1481, cuando a lo lejos se escuchaba el simún del desierto y el ruido de los chacales. Sus hermanos, los hijos de su padre con otras mujeres, corrían por entre las tiendas del oasis y, como al interior de cada una de ellas estaba encendida una tienda de sebo, las tiendas parecían globos cantoneses que muchos años después vería durante un festejo romano en la casa de Dante. Aprender a cantar en el modo de los europeos había sido en Farid un proceso similar al de aprender a hablar. En 1481, el único nombre que conocía Farid era el de su madre: Jamil.

Y en el mundo, Farid: Piri Reis, un turco, ha entregado a Solimán el mapa de Sudamérica. Hungría y Egipto son del turco. Turco, turco, en todas partes la palabra turco, incluso allá, bajo el ciprés donde la abuela Inés convida a sus mascotas dulces exóticos. El monito verde, Farid y él. Qué placer tenderse y escuchar historias del mar y de América, del emperador que habita un palacio donde nunca se pone el sol.

Y Farid se cree un triunfador. Se cree en paz. Y Hákim lo mira.

Hungría y Egipto son de los árabes, “el turco.” Incluso allá, bajo el ciprés que plantaron para la abuela Inés y que en diez años ha crecido lo suficiente como para dar sombra, la palabra turco causa temor. Y a él le da placer eso: el turco. Ensalza su hombría. Le da potestad. Es el turco y se tiende a escuchar al esclavo que lee historias del mar. Cuentos viejos de caballeros andantes. Es el turco, el caballero andante que habita el palacio en el lugar donde se pone el sol. Atonatiuh le cuenta a la princesa la historia del fin del mundo. Cómo el emperador mexicano se doblegó a Carlos V. De noche las dos historias se mezclan y se vuelve un caballero que cruza el bosque de Nicosia, pero el bosque se vuelve selva y su caballo cabalga escapando de un reino de serpientes aladas, águilas que caen al atardecer, en un jardín de tomates y agua de chía escucha la voz de Atonatiuh que cuenta la historia del fin de México mientras da de comer al monito verde. La princesa lo acaricia. Es él. Está llorando. Se da cuenta de que está enamorado de la señora Inés.

Así vivió Farid unos meses en casa de la familia Cornaro. Pasó el tiempo, el cumpleaños del emperador de los cristianos, festejaron el nacimiento del príncipe Felipe. La señora sufría de aburrimiento y nostalgia y sólo se sentía satisfecha dejándose peinar por Farid, mirándose los dos en un espejo de carey. Farid escuchó la música de los cristianos y, aunque creció un poco, no perdió el cuerpo del niño. Aprendió a escanciar vinos y aprendió a obedecer órdenes en italiano y en español, aunque no recordaba ni su nombre ni había aprendido a pronunciar una sola palabra. 

—Me has vendido a un idiota —gritó el señor Cornaro. 

—Aprenderá a hablar —decía la señora.

La abuela Inés siempre lo defendió. 

—Soy un monito verde —pensaba Farid mirando sus ojos—. Soy el monito que alimentamos con piñones verdes.

Farid la miraba. Se había enamorado de ella.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes