En el último de los reclinatorios, Florián tenía otra clase de ensoñaciones. Recordaba las visiones que había tenido de niño, recordaba las piedras de colores al fondo de un río y trataba de imaginar cómo sería la vida más allá de estos muros y estos jardines; más allá de estas imágenes sagradas y estos salones en los que había aprendido a cantar. Concentrado en el rezo vinieron a él imágenes de su maestro de música, un viejo monje que se entretenía murmurando soliloquios y maldiciones hasta que vino a vivir a Santa Sabina él: Florián. Tal vez este había sido siempre su destino. Aprender a cantar para dar paz a un viejo meditabundo. Si Alberto meditaba en la nobleza de ser libre, Florián contemplaba lo noble que hay en someterse. Alberto meditaba en la nobleza de perderse y Florián en la nobleza de ganar para Dios su alma inmortal.
—Voy a extrañarte —dijo Fabricio sinceramente.
Pero Alberto, extraviado en sus pensamientos, pensó que su amigo lo decía tan solo como una formalidad. Más se sorprendió cuando, rompiendo todas las reglas del monasterio, Fabricio se aproximó y le dio un beso en la mejilla y un abrazo largo, como cuando Alberto entró en San Alejo y supo que nunca volvería a ver a su madre. Creyó, incluso, volver a escuchar su corazón. Estaban frente al pozo; el mismo lugar en que Fabricio le había enseñado su primera oración en latín: el Salve. Y le dijo, no lo había olvidado, que en esta oración estaba contenida todo lo que necesita saber un mone fiel.
——En el Salve ——le había revelado—— está contenido todo el misterio de la salvación.
Qué extraño, pensaba ahora Alberto, haber creído que todo era tan simple. Que un himno de dos quintetos dodecasílabos pudiese contener toda la sabiduría que ofrece Dios. Ahora, Alberto pensaba más bien que el mundo era más amplio y complejo.
——Necesito volver al trabajo ——dijo Fabricio. Cuando se fue, Alberto olisqueó el aire. Olía a naranjas. Pero volvió a ensimismarse, a rumiar aquello que lo estaba obsesionando desde hacía más de una semana. ¿Qué es un alquimista? La respuesta del rector no le había satisfecho. Había escuchado tantas cosas en torno a este misterio que cada vez la palabra le llamaba más la atención. Llegada la noche seguía preguntándoselo. Mañana vendrían por él. Seguramente no iba a dormir.
En cuanto a Fabricio, aquella tarde se fue por el camino de las naranjas. Y había tratado de ponerse en paz, pero le costaba trabajo concentrarse incluso en tareas tan simples como la de aquella tarde: podar la hierba. Se encontró a sí mismo pensando en que sólo había una cosa que deseaba hacer: entregarse a una suerte de vicio contra el cuál ya lo había prevenido su confesor. Me he apegado demasiado a Alberto, pensó. Y a pesar de mi mismo. Debí haber reconocido, mucho antes el espíritu de este hermano insensato en el que todos los otros reconocen el orgullo del hombre nuevo que está poblando la ciudad. Era, ¿cómo decirlo? Una clase de hombre que creía más en el diablo que en Dios. Se entregaba a la naturaleza y no al espíritu, a la materia y no a la forma. Sin querer, Fabricio arrancó junto con la mala hierba un árbol que el hermano jardinero le había pedido expresamente que respetara. Fabricio se levantó de mal humor. Dejó las herramientas y se fue por el camino de tierra roja. ¿Lo regañarían? Él iba a decir que se sentía mal. Y era cierto. Caminó por os senderos flanqueados de pinos de Roma en los que solía perderse para rezar. Pero tampoco pudo rezar. Más que haber arrancado el árbol, le molestaba pensar que Alberto, su amigo, había sucumbido a la superchería de este siglo perverso. Con su padre, Fabricio había viajado por el norte de Europa antes de entrar al monasterio. En aquel Sacro Imperio Romano que aún consideraba su patria había escuchado toda clase de historias bizarras, llenas de imaginación y paganismo. Las brujas, por ejemplo. Durante siglos, el magisterio había enseñado que estos seres eran solo producto de la imaginación calenturienta. Se había pronunciado, incluso, un breve que declaraba anatema creer en la existencia de las brujas. Pero recientemente el papa había leído el Malleos Maleficarum de esos dos alemanes a quienes Fabricio se resistía a reconocer como hermanos o compatriotas. Heinrich Kramer y Jacob Sprenger reiniciaron la persecución de un mal que parecía haber sido arrancado como la mala hierba doscientos años atrás, cuando se declaró cerrada la Cruzada contra los cátaros. Recordar este hecho volvió a producirle el deseo seco de encerrarse en su celda y entregarse al único placer que realmente lo consolaba. Porque Fabricio no era uno de esos monjes que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, no, estaba convencido de que la cristiandad se había puesto en peligro con el fin de la última cruzada, con la muerte del último niño peregrino. Cuando Europa, insensata, abandonó el espíritu de Bernardo de Claraval y decidió evadir la obligación santa de esparcir por todo el mundo la cristiandad. Con el fin de los templarios, pensó, comenzó la decadencia. Por eso eran tan necesarias las reformas que estaba realizando el abad. Más respeto por la autoridad; más pobreza, más rezo. Y más guerra. Contra el diablo aquí adentro y contra el diablo en el mundo. Pero tú, Fabricio, no respetas la orden que, a través de tu confesor, te ha dado el Altísimo. Y sigues leyendo esos libros que te producen tanto placer. Y sí. Ahora mismo lo único que quería era ir a su celda, cerrar la puerta y extraer de un zurrón bajo la cama aquellos manuscritos. Pronunció la jaculatoria: Señor, ven pronto en mi auxilio. Y trató de rezar (primer misterio doloroso), pero siglo perverso, se dijo. En lugar de darse paz, la idea de rezar un Rosario lo hizo sufrir al enfrentarlo con el horror de aquel día: su incapacidad para concentrarse, la despedida, el deseo de volver a introducirse en la fantasía de sus libros. Sintió asco de sí mismo, pero creció aún más el cosquilleo, el deseo que, sabía bien, no iba a dejarlo en paz hasta que, por fin, lo consumara: leer la historia de Artús hasta quedar dormido. Y soñar con Parsifal y Merlín. Y los traidores, Ginebra y Lancelot. El sol se había puesto rojizo. Sería una tarde fresca, pero Fabricio caminaba angustiado, como si tuviese calor. Tocó en su pecho el dije de liquidámbar que su padre le había regalado cuando lo entregó al claustro. Lo arrancó y creyó saber, por fin, que haría con él. Con este die y con todo lo que lo arrastrara lejos de la disciplina y el respeto a la Ley: abandonarlo. Dejarlo atrás. Pero, pensaba, quiero leer esta historia. Una vez. Sólo una vez más. Generación perversa, se iba diciendo furioso contra los libros, contra el mundo y contra sí mismo, siglo de religiosos frívolos que leen a Ficinio y al Arentino. Roma se ha convertido en un lupanar. En todos lados se asesinan los unos a los otros. En Génova los Doria, los Fieschi y los Fregoso se meten cuchillos en la espalda o se envenenan. En Pisa y en Florencia, los Medici y los Pazzi. No es ya la Providencia quien gobierna la historia, No. Es el hombre mismo. Siglo perverso, siglo corrupto del humanismo. Italia ha pasado de las ciudades a las señorías y de las señorías a los principados. Pronto, como los judíos de El Libro, querrán un reino.
Llegó a su celda.
——Ya ni siquiera ——dijo en voz alta, sintiendo por fin la comodidad de su cuarto—— la guerra es como antes. Los príncipes se han rodeados de mercenarios ——lanzó una expresión de despreció——. ¡Claro! ¿Para qué dejar al azar una batalla si se puede comprar el valor de un condotiero? ¡El imperio y la iglesia se están pudriendo!
¿Y tú Fabricio? La cuestión le golpeó el pecho y la mente. Miró en su mano el die que se había arrancado del pecho. La colocó sobre el escritorio. Así había que hacer. Había que dejarlo todo. Poco a poco comenzó a sentirse tranquilo. Supo que, por fin, tendría la fuerza para decir adiós a sus apegos. Extrajo los libros de caballería del jubón y los puso junto a su dije, sobre la mesa. Se veían tan inocentes. Eran tres volúmenes que contenían la historia del nacimiento de Merlín y la muerte de Arturo. Pero ellos contienen el germen de este siglo, el humanismo y sus apegos. Doscientos años atrás algún hermano insensato los había salvado de la hoguera a la que, con toda justicia los condenó Santo Domingo. Y los había traído a San Alejo. Para que él los encontrara limpiando. Para tentarlo a él. Sólo a él.
––Los libros son personas ——murmuró Fabricio——. Y, claro, las hay que, aún cuando las amas, te corrompen. Debo decirles adiós.
Se lanzó sobre la cama. Decidió que, a la mañana siguiente iría y entregaría estos libros al hermano bibliotecario. En cuanto al dije. Sabía ya lo que tenía que hacer. Y él, a partir del día en que partiera Alberto se entregaría por fin a la absoluta sencillez del espíritu. No leería ya otra cosa que no fuese El Libro de Dios. No pensaría ya en otra cosa que no fuese en los santos y Jesús y su Santa Madre. Por fin pudo rezar. Y rezando se quedó dormido. Fabricio soñó con aquellos libros que eran personas y le susurraban al oído historias de honor antiguo. En sus sueños, Fabricio se vio a si mismo mezclado en las intrigas de Láncelot y Ginebra. Miró también a Alberto a quien confundió con Gawain. Y él, Fabricio, vestido como un payaso, era Parsifal. Y se lanzó a correr por el sendero de las naranjas. Pero se abrió la tierra y lo devoró y él, lejos de asustarse, en el abismo del adiós a sí mismo pudo, por fin, ver el Grial.
La charla que habían tenido en Ostia siguió todo el camino en barco hasta Sevilla. Cuando llegaron a la casa de Sevilla, Luis Méndez les había preparado una cena en la cual se sentó. La casa tenía un enorme comedor en cuyas paredes colgaban las imágenes de sus antepasados. Y llegaron a una conclusión, que no los terremotos ni los sueños presagian nunca nada. Luis Méndez era un hombre pragmático. Lo había sido desde que era consejero de Juan II. Y les tranquilizó hablándoles de ello, de que nadie ha sido capaz nunca de adivinar el futuro. Jorge entró en la sala para recibir a Farid con una caricia paternal que a Alberto le produjo una suerte de celo. Y no podía saber muy claramente si eran celos por él, por Jorge o por el joven esclavo que era su alumno y, además, por quien poco a poco había comenzado a sentir un sincero afecto.