F0878 · La esperanza del impío es brizna. Viento, espuma que arrastran los…

La esperanza del impío es brizna. Viento, espuma que arrastran los vendavales, humo que disipa el viento, recuerdo fugaz del huésped de un día. Pero  los justos viven para siempre… Aquí estaba la clave. No hay justicia en el mundo. La justicia está en otra parte. Esta era la verdad, la única verdad que ahora mismo necesitaba conocer. La sabiduría increada cuyo verdadero comienzo es el deseo de ser instruido en los misterios de Dios. Poco importaba si lo encontraban los asesinos. Se sintió en paz porque había encontrado al pecado cara a cara. Había besado a la belleza, la veía así mismo en esta muchacha dormida y en el eunuco dormido que le había contado su larga travesía en el desierto. Y había encontrado que la belleza terrena es amarga porque la única justicia está más allá. ¿Era justo? Por supuesto que no, pero esperaba que Dios en quien ahora creía con la claridad con la que antes había dudado, en su infinita misericordia pudiese perdonarlo.

Cuando finalmente se concertó la cita para ir a un hammam que había quedado en el centro de la ciudad de Sevilla, Farid fue llamado urgentemente al palacio de Luis Méndez de Sotomayor, sin embargo le pidió a Jorge y a Farid que fueran juntos y Jorge, con la esperanza de encontrar un momento de intimidad con el muchacho árabe recibió la sugerencia con entusiasmo. Caminaron por las calles llenas de mendigos que contrastaban con uno o dos nobles que Mi abuela Inésn capas de tela fina y algún hijodalgo que se hacía llevar en parihuela para no manchar sus botas con el barro de la lluvia. El local que le habían recomendado a Farid era en realidad una pequeña puerta de madera que se abrió en cuanto tocaron la aldaba y los condujo a través de un pasillo hacia un espacio que les pareció a los dos inusualmente grande. Eran, en realidad, las ruinas de unos baños romanos que algún arquitecto árabe con imaginación y buen gusto había restaurado unos diez años antes, cuando no se veía venir la expulsión de árabes y judíos. En cuanto entraron, Farid comenzó a sentir un mareo que lo distrajo de sus meditaciones. Caminaba, como muchos años atrás por un laberinto de vapores que lo condujo hasta una habitación muy amplia en la que había una cúpula por la que se metían los rayos de la tarde cortando la humedad. Ahí, como tantos años atrás, un esclavo le pidió que se desnudara. 

    Farid se tendió sobre una cama de madera y el esclavo comenzó a darle un masaje. Lo golpeaban rítmicamente con hierbas y agua fría. A su lado miró que Jorge le estaba sonriendo.

    —¿Quién eres? —Preguntó el antiguo monje.

    Farid sonrió. Sabía lo que Jorge deseaba saber. 

    —Soy un esclavo —dijo Farid.

    —No es eso lo que quiero saber —dijo Jorge—. Quiero saber ¿cómo fue que te volviste inmortal?

    Farid recordó el camino en el desierto. Estiró la mano para tocar la cara de Jorge y sonriendo le dijo:

    —Fue Farid quien me dio la inmortalidad.

    Jorge cerró los ojos. Lo sabía. Habían sido verdaderas sus intuiciones. Farid cerró los ojos también y comenzó a recordar el largo trayecto que lo llevó desde un oasis a la mitad del desierto hasta una torre en que conoció al alquimista. En que conoció a Farid.

—¿Me cuentas la historia del Rey Serpiente?

Para el final de La muerte: Esperó mirando videos de la guerra hasta que finalmente la historia entró violentamente a su casa. DE AQUÍ SIGUE ROMÁN. 

 —Massah Allah —respondió Farid. Así lo había querido Dios.

    El muchacho bebía el té de naranjas y le venían a la memoria las historias de aquel laberinto de vapores, de calor y sensualidad en el que comenzó la transformación.

A pesar de que estaba convencido de que algo malo estaba sucediendo, pensó que el hecho de que aquel hombre lo acariciara llamándole hermoso era un acto inocente. Trataba bien a un niño que no tiene dónde dormir. Al otro lado de la piscina, escuchó por primera vez el sonido del ud. El hombre lo tendió sobre la mesa de mármol y los los masajistas le acariciaban el cuerpo y lo llenaban de un aceite de olor a naranja y en el ud escuchó canciones cristianas por primera vez. 

—Te gustará Chipre —dijo el desconocido.

Farid no dijo nada. No sabía ni donde está Chipre ni, ahora que lo pensaba, dónde está la Meca. No sabía de la redondez del mundo ni sabía leer. No hablaba más que un idioma extraño en el desierto que este hombre conocía: el idioma del esclavo, la vanidad, el chisme, la sensación incómoda pero dulce de ser un objeto y saber, sentir que el té que le han dado engrandece los ruidos del agua y una sensualidad indecible que le permite tenderse en el mármol y permitir que lo toquen. Abandonar el miedo a lo que ha sucedido con su madre. Saber ya que está en manos de los vendedores de esclavos y esto, lo que está sucediendo es justamente ser un esclavo. Esclavo de esta sensualidad, del ruido del agua, de este deseo inaprensible de desear lo que va a suceder. Una gota se desprendió del techo y Dalí se aproximó a su cara. Le besó la frente. Farid pensó ver al Rey Serpiente. 

—Ma sa Alláh —le decía a Jorge haciendo sonar el ud. Y no le importaba que pudiese morir por invocar ese nombre. Así lo había querido Dios que él tuviese que perderse para conocer a Farid—¿Me regalas una manzana verde?—, preguntó Farid. En sueños, creyó entender el sentido de la historia del Rey Serpiente. Era su padre el vendedor de esclavos, el vendedor de sus hijos, el que a sus hijas tomaba por mujeres, el que comía carne de los hombres y las mujeres que se perdían por el desierto. 

Aprendieron a ser predilectos. A ser, Farid y tú, cuerpo y carne de la signora.  A defenderse de los sirvientes venecianos. A ser la mano derecha y la mano izquierda cuando no hay nada que diga la tarde, cuando el ciprés no significa nada más que olor a ciprés y tú no significas otra cosa que mulato árabe que sueña con cruzar el Mediterraneo para ser hijo del señor de la guerra una vez más.

El último de sus amos antes de venir a Nueva España, fue un soldado portugués que había perdido la pierna. Lo cuidó en la ciudad de Lisboa. 

El soldado. por las tardes, se sienta frente a la ventana y mira el sol de la tarde. Lee y escribe historias de Cambodia, reyes Khmer y palacios perdidos en la selva. Historias de ruinas que se abren frente a los claros abiertos por los hombres del imperio portugués. En una de esas ruinas, escribió Damián, este soldado, conocí a Nyu, un muchacho con el que vino de regreso a Europa.

Otro día, el amo me pidió que le fuese a entregar una carta a un amigo suyo, para referencia, me dijo que era el hombre que yo había visto en aquella fiesta. No me interesó qué hombre fuese, después de todo yo era un esclavo, por más que estuviese viviendo con el ama las fantasías que nos leían en novelas de amor. Me dijo:

—Ve con aquel amigo que se ha vestido de emperador romano. Trátalo bien, por favor y entrégale esto.

Recibí una carta lacónica y mal doblada que me entregó y respondí:

—Señor, ¿cuándo he sido yo descortés con tu gente?

Caminé por la calle liberado. Me veía en los cristales creyéndome un caballero. Y estaba tan metido en mí mismo que no me di cuenta de que Gabriel me venía siguiendo.

Llegué a la casa de aquel hombre. Un esclavo me condujo hasta la habitación de su amo y me preguntó con toda inocencia:

—Sabes lo que tienes que hacer ¿no?

Yo le contesté que entregar una misiva y el esclavo sonrió.

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