F0108 · Farid entró por el camino de tierra roja sobre su caballo…

F0108 · El Reino Cimarrón / La capilla

Farid entró por el camino de tierra roja sobre su caballo, Viento del Diablo. La figura de su llegada fue imponente, como un presagio de secretos y tempestades. Era el sirviente de Jorge, un hombre de mirada insondable que había traído consigo rumores de tierras lejanas. Farid portaba un semblante que parecía tallado por las historias de mil tormentas, pero era su porte el que provocaba que todos los presentes guardaran silencio al verlo pasar.

El camino que cruzó lo llevó hasta una pequeña capilla en las afueras de la villa, un lugar cargado de un misticismo que hacía que los aldeanos hablaran en susurros. Allí, el santísimo llenaba de toda clase de imágenes los muros del templo, aunque ninguna de esas imágenes tenía forma concreta. Eran manchas de color, como si el pintor hubiese decidido pintar emociones en lugar de figuras. Los tonos vibrantes de rojo, dorado y azul parecían bailar entre la luz de las velas y las sombras proyectadas por los arcos góticos. La sensación era abrumadora, y Farid, que no era hombre de rezos ni de confesiones, sintió algo que rozaba lo sublime.

Había escuchado historias sobre alquimistas. Su confesor le había dicho que eran hombres que desafiaban las leyes de Dios, que en su soberbia buscaban la inmortalidad del cuerpo en lugar de la del alma. “Son los arquitectos de Babel,” decía el confesor, “gente que no comprende que el cielo debe consumir a Babel, y no al revés. Ellos quieren que la eternidad se cumpla aquí, en este mundo imperfecto, en esta carne corrupta.”

Pero Farid no era hombre de dogmas. Había viajado con Jorge, había conocido a comerciantes venecianos, sabios musulmanes y rabinos judíos. Sabía que el mundo era mucho más grande de lo que las palabras de un confesor podían encerrar. En su íntima percepción, un alquimista no era solo un hombre que buscaba transformar el plomo en oro; era alguien que desafiaba los límites impuestos, alguien que se atrevía a mirar más allá de lo que era permitido.

Dentro de la capilla, Farid encontró a Jorge sentado frente al altar, contemplando las manchas de color como si estuviera intentando descifrarlas. Jorge no rezaba, al menos no como los demás. En lugar de eso, sostenía un pergamino en las manos, lleno de extraños símbolos y diagramas que Farid había visto antes. Jorge era un estudioso de lo oculto, un hombre que veía en los textos antiguos respuestas a preguntas que pocos se atreverían a formular.

—¿Sabes qué es un alquimista, Farid?— preguntó Jorge sin apartar la vista del pergamino. Su voz era grave, cargada de un misterio que hacía eco en las paredes de la capilla.

Farid se encogió de hombros, con un ademán que denotaba tanto respeto como escepticismo.

—Un hereje, según tu confesor. Un hombre que busca desafiar a Dios y construir su propia torre de Babel.

Jorge sonrió, pero no había burla en su expresión, sino algo que se acercaba a la tristeza.

—Un alquimista es un hombre que se atreve a mirar el caos de frente. No busca desafiar a Dios, Farid, sino entender Su obra. Este mundo está hecho de contradicciones, de luces y sombras, de materia y espíritu. Un alquimista busca reconciliar esos opuestos, encontrar la verdad que yace entre ellos.

Farid no respondió de inmediato. Observó a Jorge con atención, tratando de descifrar sus palabras. ¿Era Jorge un alquimista? ¿Era ese el verdadero propósito de sus viajes y de los extraños textos que siempre llevaba consigo? La idea no le resultaba descabellada, pero tampoco podía ignorar las advertencias que había escuchado desde niño.

En ese momento, el viento sopló con fuerza, haciendo que las velas titilasen y que las sombras en las paredes pareciesen danzar con mayor vigor. Jorge cerró el pergamino y se puso de pie, mirando a Farid con una expresión solemne.

—No temas al conocimiento, Farid. Tememos lo que no comprendemos, pero la ignorancia no es una virtud. Si alguna vez encuentras un alquimista, escúchalo. Puede que te enseñe más sobre este mundo que todos los sermones que hayas escuchado.

Farid asintió, aunque no estaba seguro de si creía en esas palabras. Mientras salían de la capilla, el cielo se oscureció, presagiando una tormenta. Viento del Diablo relinchó, inquieto, como si también sintiera que algo trascendental había ocurrido en ese lugar.

—Vamos, Farid. La tormenta nos alcanzará pronto, y hay mucho que preparar.— dijo Jorge, montando su caballo con agilidad. Farid lo siguió, aunque las palabras de su amo resonaron en su mente durante el resto del camino.

Mientras cabalgaban por el sendero de tierra roja, Farid no podía dejar de pensar en las palabras de Jorge. Tal vez, pensó, ser un alquimista no era tanto buscar la inmortalidad como tratar de entender el mundo en su totalidad: los colores sin forma en una capilla, las contradicciones que nos hacían humanos, y el equilibrio entre lo divino y lo terrenal.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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