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Farid no respondía. Bebía sin ganas la sangre y la esposa del príncipe Cornaro le daba un beso sin ganas.
Sueñan Alessio el monje y Farid en el hammam de Sevilla. Alessio sueña en un pergamino en el que está contenido todo el mapa del mundo. Se sueña a sí mismo y detrás del vapor a un hombre que fornica con unas muchachas que escriben las indicaciones de un viaje en que los protegen dioses antiguos que emergen del mar. Farid se ha dormido y vuelve a un castillo que soñó muchos años atrás en que, vestido de paje, miraba a un mago que guardaba y arrancaba listones en mangas. Los listones se transformaban en serpientes que dolían a Farid cuando sabía que había sido castrado.
Soñó con la bacanal que había soñado muchos años atrás, con el hombre que se aproximaba y le hundía la lengua para beber su garganta; un hombre que con manos ligeras y blancas lo encarcelaba en esta fiesta de gogueras ensortijadas y olanes. Miraba a Rashid sin pensar en nada. Seguía bebiendo para esperar el momento en que aparecería el profeta.
Farid trataba de soltarse del amarre en casa de la vieja, pero había sido llevado a una torre en un puerto. Alguien lo había comprado, supo después. Y en la torre había un viejo otomano que todas las tardes subía hasta su habitación para darle de comer. Pero seguía convaleciendo y soñando. Para evitarle el sufrimiento el viejo otomano llenaba la habitación de humo picante y él volvía a soñar con que estaba esperando al profeta en aquella bacanal en que el aroma de carne quemada subía de la hierba y de la piel de todos los invitados. Entonces descendía del cielo un niño vestido del cuerpo de todos los hombres. La gente se arrojaba a él, brindaba conél, lloraba por él. Gritaban: Es el gran turco, es el anticristo y celebraban aunque algunos, los nazarenos, se hincaban y gritaban el nombre de Dios cuyo hijo, un niño pequeño y serio tenía la cara del hambre. Entonces, no sabía por qué, Farid comenzaba a llorar. Lloraba por la muerte de su madre y por él mismo, por haber perdido una virilidad que no había tenido tiempo de disfrutar. La concurrencia se transformaba entonces en la vieja que lo había amarrado y lo penetraban con una daga, lo alzaban como a una serpiente para que todos pudieran mirarlo y Farid sentía que ya era imposible dejar de amarlo.<!$Scr_Ps::0>