F0481 · VIII Farid y el ama y el juramento

VIII Farid y el ama y el juramento

Non tollitur, mutatur, leía Jorge en la capilla que ahora estaba vacía. No estaba ya en ella ni el ostensorio ni la reliquia de una santa cuyo nombre nunca vio. La vida no es cortada, sólo se transforma. ¿En qué se había transformado Alberto en los últimos dos años? Había dejado de ir a misa, había dejado de interesarse en otro misterio que no fuese descubrir el secreto de la inmortalidad de su alumno Farid. Había decidido que pronto volvería a subir la colina del Aventino para despedirse de Jorge a quien seguía extrañando aunque no estaba seguro de hacerlo porque había comenzado a despreciar en él lo que consideraba estrechez de miras, la falta de virilidad para abandonar una vida que, después de todo él no había escogido para sí. Alberto había dejado de ser el muchacho espigado y de aspecto de niño que caminaba lento, con la esclavina bien alisada para ir al rezo de madrugada. Se había convertido en la imagen artificiosa de un hombre de ciencia del siglo XVI, barbado y con los ojos perdidos en la meditación de algo que sólo en apariencia era importante. Y así había conseguido lo que creía que era conquistas amorosas porque en el Cole Opio, en los jardines de Nerón había encontrado hacía unos cinco o seis meses a una zíngara que lo condujo a un hammam, un baño turco en que se desnudaron y en el laberinto humoso de gemidos y olores agrios ella le enseñó a él lo que era el amor carnal.

    —¿Tienes prisa, verdad? —Había dicho ella como para excitarlo. Como si el antiguo monje necesitara semejante provocación— No puedes esperar más.

    Aunque era verdad. Alberto tenía veintiún años y no podía esperar más. Le dolía en el cuerpo la visión de las muchachas en el Trastévere, le dolía despertar recordando sueños vagos en los que se entregaba a prácticas que al mismo tiempo le parecían deliciosas y vulgares, prácticas que ahora, con la zíngara le parecían tan naturales que sentía, allá adentro, en aquel baño, rodeado de prostitutas y masajistas, que todo estaba bien que este lugar caluroso era donde él debía estar. 

    Encantado con esa clase de amor, Alberto comenzó a despreciar a todos los que se apuraban por dinero, comida o vino. No había en su escala, valor más alto que esta clase de amor. Y por supuesto, más odiaba a la Iglesia que, enemiga de lo que él pensaba que es la vida, niega los placeres carnales, lo único, se decía, por lo que vale la pena vivi. ¿Acaso había dejado de creer en la inmortalidad? Inflamado del espíritu de su tiempo, Alberto estaba convencido de que hay algo más allá de las apariencias. Uniendo en una solo la filosofía de Ficino con Hermes Trismegisto y un Platón que había leído en fragmentos y comentarios (era incapaz de aceptar que las aventuras intelectuales de Sócrates le aburrían muchísimo), Alberto había llegado a la conclusión de que algo debe de haber, algo relacionado muy probablemente con la metempsicosis, la reencarnación de las almas y que, por supuesto, no se oponía de ninguna manera con el placer carnal. Los dos años que había vivido leyendo filosofía en la Casa de Dante lo habían preparado para aceptar las ideas de Epícuro de Samos y Arístipo de Cirene con la vehemencia de un converso. Pasaba por alto, por supuesto, el llamado de ambos filósofos a la prudencia y se enredaba con cualquier muchacha que, cobrando o no, se dejara guiar hasta los baños de Lino, un viejo libidinoso que se volvió su amigo. Además, Alberto no había gozado nunca de un sueldo de modo que en aquel local se sentía por primera vez merecedor de la vida que le había tocado vivir, una vida con un estipendio, ropa cara, música y libros para complacer su necesidad de justificar todo el deseo sexual que reprimió durante el tiempo en que vivió en Santa Sabina. Convencido de que no había nada malo en lo que hacía, invitó varias veces a Farid a venir con él. A pesar del aspecto aniñado del esclavo árabe, Lino, estaba seguro, no tendría problema en admitirlo. Alberto había visto allá adentro, vagando como enajenados, medio borrachas y lúbricas a niñas que seguramente eran más jóvenes que Farid.

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