F0120 · Alberto se miraba en el espejo del salón de la Casa…

F0120 · El Reino Cimarrón / El canto en la Casa de Dante

Alberto se miraba en el espejo del salón de la Casa de Dante, donde las sombras de las lámparas de aceite bailaban sobre las paredes de piedra, envolviendo el ambiente en un aire de misterio. Afuera, en el Trastévere, las calles vibraban con vida: el canto de un trovador, el murmullo de conversaciones entrecortadas y el eco del Tíber, que parecía susurrar historias antiguas. Dentro de la casa, el ambiente era denso, cargado de calor, aromas de especias y el sonido lejano de un duduk que lloraba una melodía melancólica.

En la habitación contigua, Alberto sabía que Inés Méndez de Sotomayor lo estaba esperando. No lo había dicho, pero lo sentía. Desde que había llegado a Roma como huésped del señor del Carpio, Inés no había disimulado su fascinación por él, o más específicamente, por su voz. Esa voz que, al unirse al lamento del duduk o al suave susurro del oud, se convertía en algo más que música: un puente entre el dolor y el deseo, entre lo humano y lo divino.

Alberto ajustó su cabello frente al espejo, dejando que la luz dorada destacara los contornos de su rostro. Sabía lo que provocaba en los demás, pero nunca había sentido el poder de su voz tan claramente como cuando cantaba acompañado por Farid. El esclavo, con sus manos expertas y su mirada insondable, transformaba cualquier melodía en algo que parecía arrastrar el alma misma de quienes lo escuchaban. Aunque creían que Farid era mudo, sus instrumentos hablaban por él con una elocuencia que no necesitaba palabras.

Desde el salón principal, la melodía del oud comenzó a llenar la casa, y Alberto sintió cómo su pecho vibraba con las primeras notas. Era una llamada, un recordatorio de que no podía quedarse en las sombras por más tiempo. Inés estaría allí, escuchando, esperando, y él tenía que ser perfecto.

Cuando entró al salón, el calor del fuego en la chimenea lo envolvió, junto con el aroma de vino, cera derretida y las especias que flotaban en el aire. Los ojos de Inés se encontraron con los suyos de inmediato. Estaba sentada en un sillón de terciopelo, su silueta enmarcada por la luz del fuego. Su mirada, intensa y fija, lo atravesó como si buscara algo más allá de lo que él estaba dispuesto a mostrar.

Farid estaba sentado en un rincón, el duduk descansando sobre su regazo, pero ahora era el oud el que sostenía entre sus manos. Sus dedos se movían con una delicadeza que contrastaba con su porte silencioso y su rostro endurecido. Cuando Alberto cruzó el umbral, las notas del instrumento cambiaron ligeramente, como si el músico hubiera reconocido su presencia y ajustado la melodía para acompañarlo.

Alberto tomó su lugar junto a Farid, dejando que la música lo envolviera. Cerró los ojos por un momento, permitiendo que las notas del oud lo guiaran. Cuando comenzó a cantar, su voz surgió con una suavidad casi etérea, llenando el espacio como si no hubiera otra cosa en el mundo que el sonido. Las palabras no importaban tanto como los matices, los tonos que parecían llevar consigo todo el anhelo y la desesperación que no podía expresar de otra forma.

Inés lo miraba fijamente, con una mezcla de devoción y deseo que no podía ocultar. Sus manos descansaban sobre su regazo, pero su cuerpo estaba tenso, como si cada nota la atravesara. Para Alberto, su mirada era a la vez un halago y un recordatorio del poder que tenía sobre ella. Pero también era un arma. Sabía que su voz era su herramienta más efectiva, y la usaba con una precisión casi cruel.

Cuando la canción terminó, el salón quedó en un silencio absoluto. Farid bajó la mirada hacia el oud, dejando que las últimas notas se desvanecieran, y Alberto abrió los ojos lentamente. Miró a Inés, cuya expresión era un reflejo de la emoción que acababa de provocar.

—Es… —Inés comenzó a hablar, pero su voz se quebró ligeramente. Carraspeó y trató de recomponerse—. Es imposible describir lo que siento al escucharte. Es como si tus canciones fueran un espejo, uno en el que me veo más clara que nunca.

Alberto esbozó una leve sonrisa, inclinando la cabeza en un gesto que parecía humilde, pero que ocultaba su satisfacción.

—La música tiene ese poder, señora —respondió, dejando que sus palabras fluyeran con la misma suavidad que su canto—. Pero no es solo mi voz. Sin Farid, nada de esto sería posible.

Inés miró al esclavo, y por un instante, algo más que curiosidad se reflejó en sus ojos. Farid levantó la cabeza y la miró directamente, con una intensidad que parecía desmentir su silencio. Pero no dijo nada. Simplemente colocó el oud a un lado y se levantó, inclinándose ligeramente antes de retirarse hacia las sombras.

—Es fascinante —dijo Inés, casi para sí misma, observando cómo Farid desaparecía en la penumbra—. Su música, su presencia… es como si hablara sin necesidad de palabras.

Alberto asintió, pero no respondió. Sabía que Farid era mucho más de lo que parecía, pero en ese momento no era él quien importaba. La noche seguía viva, el Trastévere susurraba desde fuera, y en la Casa de Dante, los hilos de un juego complejo comenzaban a tejerse en torno a Inés Méndez de Sotomayor.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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