ES · 01.05 · El Sitio / Los Cuadernos
Hacia 1985 (fecha aproximada). Isaac vuelve a los ensayos de la Carlos Chávez después de pasar por urgencias.
Apartados: I · II · III · IV · V
Sestina · Isaac y el Pequeño Samurái · The Tremor That Remains
Angel Comneno · Sestina – EP
I
Isaac tiene quince años cuando regresa a los ensayos de la Carlos Chávez después de haber pasado por urgencias. No ha ocurrido nada que pueda considerarse una conversión. En el hospital no ha prometido abandonar las drogas ni ha experimentado ninguna revelación acerca de la fragilidad de su cuerpo. Le han hecho preguntas, lo han examinado y finalmente le han permitido marcharse. Su familia está preocupada y algunos de sus profesores saben lo ocurrido, pero Isaac tiene la impresión de que todo ha sido un accidente que no tiene por qué repetirse. Hace tiempo que fuma marihuana y hachís, bebe con sus compañeros y ha comenzado a probar sustancias que ya no pertenecen a aquellas ceremonias relativamente inocentes en las que unos adolescentes se reúnen para escuchar música y descubrir que las cosas más vulgares pueden parecer extraordinarias. Ahora hay drogas más peligrosas, aunque Isaac está convencido de que sabe utilizarlas. Ha descubierto que puede consumir durante la noche y presentarse al día siguiente en la preparatoria, estudiar una partitura o sentarse frente al piano sin que nadie advierta nada. A veces le cuesta trabajo concentrarse y en otras ocasiones parece tocar mejor que nunca. Esto último lo tranquiliza, porque considera que mientras conserve su capacidad para tocar no hay ninguna razón para preocuparse demasiado.
Llega temprano al ensayo. La sala está casi vacía y algunos músicos conversan mientras sacan los instrumentos de sus estuches. Isaac coloca sus partituras sobre el piano y se pregunta si el director le hará algún comentario acerca de su ausencia. Sabe que la noticia de su hospitalización ha circulado entre los profesores y posiblemente entre los integrantes de la orquesta. Le preocupa que comiencen a tratarlo de manera distinta, que le hagan preguntas delante de todos o que alguien sugiera que debería dejar temporalmente los ensayos. La posibilidad de perder la beca le resulta particularmente desagradable. No necesita el dinero para vivir, aunque insiste en pagar con él su departamento y algunas de sus cosas, pero no soportaría que lo apartaran de la Carlos Chávez. Le parece que regresar a su casa sería admitir que su intento de independizarse ha fracasado.
El director entra cuando varios violinistas todavía están afinando. Saluda a los músicos y camina hacia el atril, pero al ver a Isaac se detiene. Durante unos segundos lo observa sin decir nada. Isaac cree reconocer la expresión severa con la que suele recibir a quienes llegan tarde o no han estudiado suficientemente. Se prepara para escuchar un reproche y baja los ojos hacia la partitura. Sin embargo, cuando vuelve a mirar, el director está sonriendo. Se acerca al piano y, antes de que Isaac consiga levantarse, lo toma por los hombros y lo abraza con una fuerza que lo sorprende.
—Maestro —dice.
Isaac no sabe qué responder.
El director se separa un poco y vuelve a mirarlo. Parece comprobar que realmente está bien, que puede sostenerse de pie y que no necesita nada. Después lo abraza otra vez, aunque más brevemente.
—Maestro.
Isaac siente una vergüenza que no había experimentado en el hospital. Allí todos estaban preocupados por averiguar qué había consumido, cuánto y en qué circunstancias. Ahora hay un hombre que parece simplemente contento de verlo. Isaac hubiera preferido una reprimenda. Habría sabido defenderse, explicar que no volverá a suceder y discutir si alguien exageraba las consecuencias de aquella noche. Pero el director no le pregunta nada. Se limita a señalar el banco del piano.
—Vamos, siéntate.
Isaac obedece. Abre la partitura, comprueba que tiene las páginas ordenadas y coloca las manos sobre las piernas para que nadie advierta que le tiemblan ligeramente. A su alrededor los músicos continúan afinando. Una silla se arrastra sobre el piso y alguien pregunta si comenzarán con el primer movimiento. El director conversa unos momentos con el concertino, revisa una anotación en su partitura y levanta la batuta. Todo parece exactamente igual que antes de la hospitalización. Isaac encuentra algo tranquilizador en aquella normalidad. La orquesta tiene horarios, descansos y obligaciones que no se modifican porque un adolescente haya cometido una estupidez. A las diez comienza el ensayo; más tarde habrá un descanso y después tendrán que continuar trabajando. El director espera a que todos guarden silencio.
—Desde el principio, maestro.
II
La palabra comienza a circular entre los músicos. Al principio Isaac piensa que se trata de una broma, porque algunos violinistas la repiten imitando el tono afectuoso del director. Después descubre que otros la utilizan con absoluta naturalidad. Un violonchelista mayor lo saluda diciendo «Buenos días, maestro», y una mujer que trabaja en la administración le pregunta si el maestro necesita algo antes del ensayo. Isaac se siente incómodo cuando escucha la palabra delante de personas que no lo conocen, pero también empieza a esperar que la utilicen. Le gusta especialmente cuando alguien la pronuncia sin ironía, como si hubiera olvidado que está hablando con un muchacho de quince años.
En Bellas Artes ocurre algo semejante. Un técnico le informa que el piano está preparado y le indica por dónde debe entrar al escenario. Lo llama maestro. Una mujer encargada de los programas utiliza la misma palabra y un tramoyista se dirige a él de esa manera mientras comprueba la posición del banco. Isaac comienza a sospechar que en los teatros llaman maestro a cualquiera que lleve un instrumento o tenga que subir al escenario, pero no deja de sentir cierta satisfacción. Hasta hace poco los adultos lo trataban como a un niño extraordinariamente aplicado al que había que felicitar por sus progresos. Ahora algunos parecen haber decidido que pertenece al mismo mundo que los músicos profesionales.
Roberto también lo ha llamado maestro, pero de una manera completamente distinta. Isaac recuerda la tarde en que su profesor le preguntó si se consideraba un genio. Había respondido que sí, después de pensarlo cuidadosamente, y Roberto negó con la cabeza antes de decirle que no era un genio, sino un maestro. Isaac todavía no comprende del todo aquella distinción. Para Roberto, ser maestro parece tener menos relación con el talento que con la obligación de trabajar, estudiar y comprender lo que se interpreta. No le importa demasiado que Isaac pueda tocar una obra difícil si no sabe explicar qué hace con ella. Le pregunta por los compositores, por los poemas que inspiraron determinadas piezas y por las diferencias entre interpretar una partitura y limitarse a reproducir sus notas. En ocasiones Isaac sospecha que Roberto exige demasiado, aunque también sabe que ninguna de las felicitaciones que recibe en la orquesta le produce la misma satisfacción que conseguir que su profesor escuche una obra completa sin interrumpirlo.
El director de la Carlos Chávez, en cambio, parece haber encontrado en la palabra una manera de decirle que está contento de tenerlo de regreso. No vuelve a mencionar su hospitalización y tampoco permite que nadie convierta el episodio en motivo de conversación durante los ensayos. Cuando Isaac toca bien lo felicita y, si se equivoca, lo corrige con la misma severidad que antes. Esto último le produce un alivio considerable. No quiere que le perdonen las notas equivocadas porque ha estado enfermo. Mucho menos porque haya sido responsable de lo ocurrido.
Hay algo más que lo desconcierta. Algunos músicos parecen quererlo sinceramente. Isaac está acostumbrado a que lo admiren por su facilidad para tocar, pero no sabe muy bien qué hacer con el afecto de personas que podrían ser sus padres. A veces, cuando alguno le ofrece llevarlo a su departamento o le pregunta si ya ha comido, responde con una brusquedad que después le avergüenza. Le parece que aceptar demasiadas atenciones pondría en duda su independencia. Sin embargo, cuando el director lo abraza siente algo que no consigue explicar y que recuerda durante varios días.
III
El Pequeño Samurái no lo llama maestro.
Isaac se ha dado cuenta de ello desde el primer ensayo. Yoshiaki escucha a los demás utilizar la palabra, pero cuando necesita hablarle lo llama Isaac, exactamente como antes. Tampoco le pregunta qué ocurrió en el hospital. Durante los primeros días se limita a observarlo desde su lugar entre los violines, con una expresión que Isaac no consigue interpretar. A veces parece que está preocupado; otras, que simplemente espera a que el pianista termine de tocar para poder continuar con su parte.
A Isaac le molesta aquella tranquilidad. Yoshiaki tiene una manera de permanecer inmóvil que parece corresponder a la imagen que su compañero se ha formado de los antiguos samuráis japoneses. Sabe que es una asociación absurda. Los muchachos japoneses no tienen por qué parecerse a los guerreros de las películas, y Yoshiaki es un adolescente que se sienta con los pies sobre los bancos, olvida los cuadernos y en ocasiones llega tarde a las clases. Sin embargo, cuando sostiene el violín bajo la barbilla y escucha al director parece incapaz de experimentar alguna emoción que los demás puedan reconocer.
Durante un descanso Isaac lo encuentra junto a una ventana. Está afinando una cuerda y no levanta la cabeza cuando se acerca. Isaac espera que le pregunte cómo se siente o que haga algún comentario sobre su regreso. Yoshiaki continúa ocupado con el instrumento.
—¿Qué? —pregunta Isaac.
El muchacho levanta ligeramente los ojos.
—Nada.
—Me estás viendo.
—Sí.
—¿Por qué?
Yoshiaki deja de mover la clavija y lo mira. Isaac se pregunta si va a sonreír, pero el otro parece considerar que la respuesta es demasiado evidente.
—Porque volviste.
Después apoya otra vez el violín bajo la barbilla y comprueba la afinación.
Isaac permanece junto a la ventana sin saber si la conversación ha terminado. Quisiera preguntarle si se preocupó cuando supo que estaba en urgencias, si alguien le contó lo que había ocurrido y si fue él quien lo vio perder el conocimiento. También quisiera explicarle que no pasó nada demasiado grave, que los médicos exageraron y que ahora está perfectamente bien. Pero no sabe qué ha escuchado Yoshiaki ni cuánto le importa.
—Pues sí —dice finalmente—. Volví.
Yoshiaki asiente.
Isaac regresa al piano con la impresión de que acaba de perder una oportunidad importante. No sabe exactamente para qué. Le habría gustado que Yoshiaki le hiciera preguntas, aunque está seguro de que habría terminado por enfadarse si insistía demasiado. Lo que le resulta insoportable es que el muchacho pueda hablar de su hospitalización como si se tratara simplemente de una ausencia que ha terminado.
Durante el resto del ensayo intenta no mirarlo. Al principio lo consigue, pero cuando los violines comienzan uno de los pasajes más delicados vuelve a levantar la cabeza. Yoshiaki está concentrado en la partitura. Isaac observa sus manos y la manera en que sostiene el arco. Le parece que toca con una tranquilidad extraordinaria, sin preocuparse por demostrar nada. Roberto suele decir que los mejores intérpretes son aquellos que han aprendido a no interponerse entre la música y quienes la escuchan. Isaac nunca ha comprendido del todo esa afirmación, pero ahora cree descubrir algo semejante en los movimientos del Pequeño Samurái.
Cuando termina el pasaje, Yoshiaki levanta la vista y encuentra a Isaac observándolo.
Esta vez inclina apenas la cabeza.
Isaac baja los ojos hacia las teclas.
IV
Aquel día toca bien. El director lo felicita varias veces y algunos músicos hacen comentarios sobre la facilidad con la que ha recuperado el ritmo de los ensayos. Isaac está particularmente satisfecho porque temía que las drogas hubieran afectado su memoria o la precisión de sus manos. Durante las primeras horas después de salir del hospital había sentido cierto temblor y una dificultad para concentrarse que le resultaron desagradables, pero ahora consigue ejecutar los pasajes más difíciles sin cometer errores. Le parece una demostración suficiente de que no ha perdido ninguna de sus capacidades.
No se pregunta por qué ha terminado en urgencias. O, mejor dicho, se lo pregunta sin detenerse demasiado en la respuesta. Sabe que consumió más de lo habitual y que mezcló sustancias que no debería haber mezclado. También sabe que otros muchachos hacen lo mismo y no terminan en el hospital. Concluye que tuvo mala suerte. La próxima vez tendrá más cuidado.
Lo que más le preocupa es que alguien quiera intervenir en su vida. Sus padres ya han comenzado a hacer preguntas acerca de sus amigos y de las personas que visitan el departamento. Su madre insiste en que debería regresar a La Hacienda Comneno y su padre le recuerda que una beca no significa que haya dejado de ser un menor de edad. Isaac escucha aquellas observaciones con creciente impaciencia. No considera que sus padres tengan derecho a decidir con quién se reúne o qué hace después de estudiar. A veces piensa que habría sido preferible no aceptar la beca, porque entonces podría seguir viviendo en su casa sin tener que demostrar constantemente que merece cierta libertad. Pero inmediatamente recuerda a Yoshiaki, que vive en el mismo edificio, y abandona la idea de regresar.
Alejo tampoco consigue tranquilizarlo. Su hermano quiere saber qué ocurrió y por qué tuvieron que llevarlo al hospital. Isaac le cuenta lo indispensable. Alejo insiste en que las drogas pueden hacerle daño y le pregunta si no tiene miedo de volver a consumirlas. Isaac responde que sabe perfectamente lo que hace.
—Eso dijiste antes —observa Alejo.
—Porque es verdad.
—Entonces, ¿por qué terminaste en urgencias?
Isaac no responde. Le molesta que su hermano formule una pregunta tan evidente. Alejo se queda mirándolo durante un momento y después cambia de tema. Le habla de un libro que está leyendo sobre san Alejo y de un hombre que abandonó todas sus riquezas para vivir entre mendigos. Isaac aprovecha para burlarse de aquella historia y la conversación termina en una discusión sobre si tiene algún sentido hacer sufrir a la propia familia para demostrar que uno está dispuesto a renunciar al mundo.
Más tarde, cuando Alejo se marcha, Isaac vuelve a sentarse frente al piano. Estudia durante varias horas y consigue avanzar en una obra que le había resultado particularmente difícil la semana anterior. Está convencido de que esa tarde demuestra algo. Puede asistir a la preparatoria, cumplir con sus clases en la Nacional, ensayar con la Carlos Chávez, leer a Homero y continuar buscando las Ciprias. También puede vivir solo, tener amigos, salir por las noches y consumir drogas sin que todo lo demás se derrumbe.
No piensa que las cosas puedan deteriorarse lentamente.
Muchos años después pasará casi un año encerrado en una granja de rehabilitación, sin tocar el piano. Pero ahora no sabe nada de aquello. Tiene quince años, conserva su beca y está convencido de que los adultos se preocupan demasiado por cosas que él ha aprendido a resolver.
V
Al terminar el ensayo, el director deja la batuta sobre el atril y conversa unos momentos con el concertino. Isaac permanece sentado mientras los músicos comienzan a guardar los instrumentos. Está cansado, aunque satisfecho. Le parece que ha tocado mejor que antes de su hospitalización y espera que el director lo haya advertido.
—Muy bien, maestro —le dice cuando pasa junto al piano.
Isaac sonríe.
Un violonchelista repite la felicitación y alguien, desde el fondo de la sala, le pregunta si estará al día siguiente. Isaac responde que sí, naturalmente. No entiende por qué siguen preguntándole si piensa regresar. La Carlos Chávez tiene un calendario que debe cumplirse y él no considera que su ausencia haya modificado ninguna de sus obligaciones.
Guarda las partituras y observa a Yoshiaki, que está cerrando el estuche del violín. Tiene el cabello ligeramente desordenado y se ha quitado la pequeña piedra azul de la oreja. Isaac se pregunta dónde la guarda mientras toca. Le parece extraño que haya comenzado a interesarse por detalles tan insignificantes. Hace unos meses habría considerado ridículo que alguien prestara atención a la manera en que otro muchacho guarda un pendiente o se acomoda el pelo.
Yoshiaki levanta la cabeza.
Durante un instante se miran.
Esta vez el Pequeño Samurái sonríe, aunque apenas lo suficiente para que Isaac pueda estar seguro de que lo ha hecho. Después se coloca el estuche sobre el hombro y camina hacia la salida.
Isaac termina de guardar sus cosas y lo sigue unos minutos más tarde. En el pasillo todavía escucha a algunos músicos conversar sobre el ensayo. Uno de ellos lo saluda desde lejos.
—Hasta mañana, maestro.
Isaac levanta la mano.
Le gusta que lo llamen de esa manera. Le gusta también que Roberto haya sido el primero en utilizar la palabra, aunque sabe que su profesor no estaba intentando felicitarlo. Pero lo que más le importa aquella tarde es que Yoshiaki haya sonreído.
Cuando sale, el muchacho ya no está.
Isaac piensa que podría alcanzarlo si camina deprisa, pero decide no hacerlo. Probablemente volverán a encontrarse en el edificio y quizá entonces puedan hablar sin que los demás estén escuchando. Imagina que Yoshiaki le preguntará cómo se encuentra y que él responderá con naturalidad. No quiere parecer demasiado interesado. Tampoco quiere que el Pequeño Samurái crea que necesita su compasión.
Camina hacia el departamento pensando en el ensayo. Ha conseguido tocar bien, ha recibido las felicitaciones del director y nadie ha vuelto a hablar del hospital. Todo parece haber regresado a su sitio.
Lo único que no consigue apartar de su cabeza es la frase de Yoshiaki.
Porque volviste.
Isaac no sabe por qué aquellas dos palabras le han producido tanta alegría. Le parece que contienen una preocupación que el muchacho no quiso manifestar y que, por alguna razón, todavía le avergüenza reconocer.
Piensa en lo poco que necesita para sentirse feliz cuando Yoshiaki le presta atención.
Después recuerda que, durante el ensayo, el director lo llamó maestro y todos los demás comenzaron a repetirlo.
Le parece que ha sido un día extraordinario.
Otros pasadizos: Frente al edificio · El genio · Yoshiaki · Alejo · El Sitio
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Hacia 1985 (fecha aproximada). Isaac vuelve a los ensayos de la Carlos Chávez después de pasar por urgencias.
Apartados: I · II · III · IV · V
Sestina · Isaac y el Pequeño Samurái · The Tremor That Remains
Angel Comneno · Sestina – EP
I
Isaac tiene quince años cuando regresa a los ensayos de la Carlos Chávez después de haber pasado por urgencias. No ha ocurrido nada que pueda considerarse una conversión. En el hospital no ha prometido abandonar las drogas ni ha experimentado ninguna revelación acerca de la fragilidad de su cuerpo. Le han hecho preguntas, lo han examinado y finalmente le han permitido marcharse. Su familia está preocupada y algunos de sus profesores saben lo ocurrido, pero Isaac tiene la impresión de que todo ha sido un accidente que no tiene por qué repetirse. Hace tiempo que fuma marihuana y hachís, bebe con sus compañeros y ha comenzado a probar sustancias que ya no pertenecen a aquellas ceremonias relativamente inocentes en las que unos adolescentes se reúnen para escuchar música y descubrir que las cosas más vulgares pueden parecer extraordinarias. Ahora hay drogas más peligrosas, aunque Isaac está convencido de que sabe utilizarlas. Ha descubierto que puede consumir durante la noche y presentarse al día siguiente en la preparatoria, estudiar una partitura o sentarse frente al piano sin que nadie advierta nada. A veces le cuesta trabajo concentrarse y en otras ocasiones parece tocar mejor que nunca. Esto último lo tranquiliza, porque considera que mientras conserve su capacidad para tocar no hay ninguna razón para preocuparse demasiado.
Llega temprano al ensayo. La sala está casi vacía y algunos músicos conversan mientras sacan los instrumentos de sus estuches. Isaac coloca sus partituras sobre el piano y se pregunta si el director le hará algún comentario acerca de su ausencia. Sabe que la noticia de su hospitalización ha circulado entre los profesores y posiblemente entre los integrantes de la orquesta. Le preocupa que comiencen a tratarlo de manera distinta, que le hagan preguntas delante de todos o que alguien sugiera que debería dejar temporalmente los ensayos. La posibilidad de perder la beca le resulta particularmente desagradable. No necesita el dinero para vivir, aunque insiste en pagar con él su departamento y algunas de sus cosas, pero no soportaría que lo apartaran de la Carlos Chávez. Le parece que regresar a su casa sería admitir que su intento de independizarse ha fracasado.
El director entra cuando varios violinistas todavía están afinando. Saluda a los músicos y camina hacia el atril, pero al ver a Isaac se detiene. Durante unos segundos lo observa sin decir nada. Isaac cree reconocer la expresión severa con la que suele recibir a quienes llegan tarde o no han estudiado suficientemente. Se prepara para escuchar un reproche y baja los ojos hacia la partitura. Sin embargo, cuando vuelve a mirar, el director está sonriendo. Se acerca al piano y, antes de que Isaac consiga levantarse, lo toma por los hombros y lo abraza con una fuerza que lo sorprende.
—Maestro —dice.
Isaac no sabe qué responder.
El director se separa un poco y vuelve a mirarlo. Parece comprobar que realmente está bien, que puede sostenerse de pie y que no necesita nada. Después lo abraza otra vez, aunque más brevemente.
—Maestro.
Isaac siente una vergüenza que no había experimentado en el hospital. Allí todos estaban preocupados por averiguar qué había consumido, cuánto y en qué circunstancias. Ahora hay un hombre que parece simplemente contento de verlo. Isaac hubiera preferido una reprimenda. Habría sabido defenderse, explicar que no volverá a suceder y discutir si alguien exageraba las consecuencias de aquella noche. Pero el director no le pregunta nada. Se limita a señalar el banco del piano.
—Vamos, siéntate.
Isaac obedece. Abre la partitura, comprueba que tiene las páginas ordenadas y coloca las manos sobre las piernas para que nadie advierta que le tiemblan ligeramente. A su alrededor los músicos continúan afinando. Una silla se arrastra sobre el piso y alguien pregunta si comenzarán con el primer movimiento. El director conversa unos momentos con el concertino, revisa una anotación en su partitura y levanta la batuta. Todo parece exactamente igual que antes de la hospitalización. Isaac encuentra algo tranquilizador en aquella normalidad. La orquesta tiene horarios, descansos y obligaciones que no se modifican porque un adolescente haya cometido una estupidez. A las diez comienza el ensayo; más tarde habrá un descanso y después tendrán que continuar trabajando. El director espera a que todos guarden silencio.
—Desde el principio, maestro.
II
La palabra comienza a circular entre los músicos. Al principio Isaac piensa que se trata de una broma, porque algunos violinistas la repiten imitando el tono afectuoso del director. Después descubre que otros la utilizan con absoluta naturalidad. Un violonchelista mayor lo saluda diciendo «Buenos días, maestro», y una mujer que trabaja en la administración le pregunta si el maestro necesita algo antes del ensayo. Isaac se siente incómodo cuando escucha la palabra delante de personas que no lo conocen, pero también empieza a esperar que la utilicen. Le gusta especialmente cuando alguien la pronuncia sin ironía, como si hubiera olvidado que está hablando con un muchacho de quince años.
En Bellas Artes ocurre algo semejante. Un técnico le informa que el piano está preparado y le indica por dónde debe entrar al escenario. Lo llama maestro. Una mujer encargada de los programas utiliza la misma palabra y un tramoyista se dirige a él de esa manera mientras comprueba la posición del banco. Isaac comienza a sospechar que en los teatros llaman maestro a cualquiera que lleve un instrumento o tenga que subir al escenario, pero no deja de sentir cierta satisfacción. Hasta hace poco los adultos lo trataban como a un niño extraordinariamente aplicado al que había que felicitar por sus progresos. Ahora algunos parecen haber decidido que pertenece al mismo mundo que los músicos profesionales.
Roberto también lo ha llamado maestro, pero de una manera completamente distinta. Isaac recuerda la tarde en que su profesor le preguntó si se consideraba un genio. Había respondido que sí, después de pensarlo cuidadosamente, y Roberto negó con la cabeza antes de decirle que no era un genio, sino un maestro. Isaac todavía no comprende del todo aquella distinción. Para Roberto, ser maestro parece tener menos relación con el talento que con la obligación de trabajar, estudiar y comprender lo que se interpreta. No le importa demasiado que Isaac pueda tocar una obra difícil si no sabe explicar qué hace con ella. Le pregunta por los compositores, por los poemas que inspiraron determinadas piezas y por las diferencias entre interpretar una partitura y limitarse a reproducir sus notas. En ocasiones Isaac sospecha que Roberto exige demasiado, aunque también sabe que ninguna de las felicitaciones que recibe en la orquesta le produce la misma satisfacción que conseguir que su profesor escuche una obra completa sin interrumpirlo.
El director de la Carlos Chávez, en cambio, parece haber encontrado en la palabra una manera de decirle que está contento de tenerlo de regreso. No vuelve a mencionar su hospitalización y tampoco permite que nadie convierta el episodio en motivo de conversación durante los ensayos. Cuando Isaac toca bien lo felicita y, si se equivoca, lo corrige con la misma severidad que antes. Esto último le produce un alivio considerable. No quiere que le perdonen las notas equivocadas porque ha estado enfermo. Mucho menos porque haya sido responsable de lo ocurrido.
Hay algo más que lo desconcierta. Algunos músicos parecen quererlo sinceramente. Isaac está acostumbrado a que lo admiren por su facilidad para tocar, pero no sabe muy bien qué hacer con el afecto de personas que podrían ser sus padres. A veces, cuando alguno le ofrece llevarlo a su departamento o le pregunta si ya ha comido, responde con una brusquedad que después le avergüenza. Le parece que aceptar demasiadas atenciones pondría en duda su independencia. Sin embargo, cuando el director lo abraza siente algo que no consigue explicar y que recuerda durante varios días.
III
El Pequeño Samurái no lo llama maestro.
Isaac se ha dado cuenta de ello desde el primer ensayo. Yoshiaki escucha a los demás utilizar la palabra, pero cuando necesita hablarle lo llama Isaac, exactamente como antes. Tampoco le pregunta qué ocurrió en el hospital. Durante los primeros días se limita a observarlo desde su lugar entre los violines, con una expresión que Isaac no consigue interpretar. A veces parece que está preocupado; otras, que simplemente espera a que el pianista termine de tocar para poder continuar con su parte.
A Isaac le molesta aquella tranquilidad. Yoshiaki tiene una manera de permanecer inmóvil que parece corresponder a la imagen que su compañero se ha formado de los antiguos samuráis japoneses. Sabe que es una asociación absurda. Los muchachos japoneses no tienen por qué parecerse a los guerreros de las películas, y Yoshiaki es un adolescente que se sienta con los pies sobre los bancos, olvida los cuadernos y en ocasiones llega tarde a las clases. Sin embargo, cuando sostiene el violín bajo la barbilla y escucha al director parece incapaz de experimentar alguna emoción que los demás puedan reconocer.
Durante un descanso Isaac lo encuentra junto a una ventana. Está afinando una cuerda y no levanta la cabeza cuando se acerca. Isaac espera que le pregunte cómo se siente o que haga algún comentario sobre su regreso. Yoshiaki continúa ocupado con el instrumento.
—¿Qué? —pregunta Isaac.
El muchacho levanta ligeramente los ojos.
—Nada.
—Me estás viendo.
—Sí.
—¿Por qué?
Yoshiaki deja de mover la clavija y lo mira. Isaac se pregunta si va a sonreír, pero el otro parece considerar que la respuesta es demasiado evidente.
—Porque volviste.
Después apoya otra vez el violín bajo la barbilla y comprueba la afinación.
Isaac permanece junto a la ventana sin saber si la conversación ha terminado. Quisiera preguntarle si se preocupó cuando supo que estaba en urgencias, si alguien le contó lo que había ocurrido y si fue él quien lo vio perder el conocimiento. También quisiera explicarle que no pasó nada demasiado grave, que los médicos exageraron y que ahora está perfectamente bien. Pero no sabe qué ha escuchado Yoshiaki ni cuánto le importa.
—Pues sí —dice finalmente—. Volví.
Yoshiaki asiente.
Isaac regresa al piano con la impresión de que acaba de perder una oportunidad importante. No sabe exactamente para qué. Le habría gustado que Yoshiaki le hiciera preguntas, aunque está seguro de que habría terminado por enfadarse si insistía demasiado. Lo que le resulta insoportable es que el muchacho pueda hablar de su hospitalización como si se tratara simplemente de una ausencia que ha terminado.
Durante el resto del ensayo intenta no mirarlo. Al principio lo consigue, pero cuando los violines comienzan uno de los pasajes más delicados vuelve a levantar la cabeza. Yoshiaki está concentrado en la partitura. Isaac observa sus manos y la manera en que sostiene el arco. Le parece que toca con una tranquilidad extraordinaria, sin preocuparse por demostrar nada. Roberto suele decir que los mejores intérpretes son aquellos que han aprendido a no interponerse entre la música y quienes la escuchan. Isaac nunca ha comprendido del todo esa afirmación, pero ahora cree descubrir algo semejante en los movimientos del Pequeño Samurái.
Cuando termina el pasaje, Yoshiaki levanta la vista y encuentra a Isaac observándolo.
Esta vez inclina apenas la cabeza.
Isaac baja los ojos hacia las teclas.
IV
Aquel día toca bien. El director lo felicita varias veces y algunos músicos hacen comentarios sobre la facilidad con la que ha recuperado el ritmo de los ensayos. Isaac está particularmente satisfecho porque temía que las drogas hubieran afectado su memoria o la precisión de sus manos. Durante las primeras horas después de salir del hospital había sentido cierto temblor y una dificultad para concentrarse que le resultaron desagradables, pero ahora consigue ejecutar los pasajes más difíciles sin cometer errores. Le parece una demostración suficiente de que no ha perdido ninguna de sus capacidades.
No se pregunta por qué ha terminado en urgencias. O, mejor dicho, se lo pregunta sin detenerse demasiado en la respuesta. Sabe que consumió más de lo habitual y que mezcló sustancias que no debería haber mezclado. También sabe que otros muchachos hacen lo mismo y no terminan en el hospital. Concluye que tuvo mala suerte. La próxima vez tendrá más cuidado.
Lo que más le preocupa es que alguien quiera intervenir en su vida. Sus padres ya han comenzado a hacer preguntas acerca de sus amigos y de las personas que visitan el departamento. Su madre insiste en que debería regresar a La Hacienda Comneno y su padre le recuerda que una beca no significa que haya dejado de ser un menor de edad. Isaac escucha aquellas observaciones con creciente impaciencia. No considera que sus padres tengan derecho a decidir con quién se reúne o qué hace después de estudiar. A veces piensa que habría sido preferible no aceptar la beca, porque entonces podría seguir viviendo en su casa sin tener que demostrar constantemente que merece cierta libertad. Pero inmediatamente recuerda a Yoshiaki, que vive en el mismo edificio, y abandona la idea de regresar.
Alejo tampoco consigue tranquilizarlo. Su hermano quiere saber qué ocurrió y por qué tuvieron que llevarlo al hospital. Isaac le cuenta lo indispensable. Alejo insiste en que las drogas pueden hacerle daño y le pregunta si no tiene miedo de volver a consumirlas. Isaac responde que sabe perfectamente lo que hace.
—Eso dijiste antes —observa Alejo.
—Porque es verdad.
—Entonces, ¿por qué terminaste en urgencias?
Isaac no responde. Le molesta que su hermano formule una pregunta tan evidente. Alejo se queda mirándolo durante un momento y después cambia de tema. Le habla de un libro que está leyendo sobre san Alejo y de un hombre que abandonó todas sus riquezas para vivir entre mendigos. Isaac aprovecha para burlarse de aquella historia y la conversación termina en una discusión sobre si tiene algún sentido hacer sufrir a la propia familia para demostrar que uno está dispuesto a renunciar al mundo.
Más tarde, cuando Alejo se marcha, Isaac vuelve a sentarse frente al piano. Estudia durante varias horas y consigue avanzar en una obra que le había resultado particularmente difícil la semana anterior. Está convencido de que esa tarde demuestra algo. Puede asistir a la preparatoria, cumplir con sus clases en la Nacional, ensayar con la Carlos Chávez, leer a Homero y continuar buscando las Ciprias. También puede vivir solo, tener amigos, salir por las noches y consumir drogas sin que todo lo demás se derrumbe.
No piensa que las cosas puedan deteriorarse lentamente.
Muchos años después pasará casi un año encerrado en una granja de rehabilitación, sin tocar el piano. Pero ahora no sabe nada de aquello. Tiene quince años, conserva su beca y está convencido de que los adultos se preocupan demasiado por cosas que él ha aprendido a resolver.
V
Al terminar el ensayo, el director deja la batuta sobre el atril y conversa unos momentos con el concertino. Isaac permanece sentado mientras los músicos comienzan a guardar los instrumentos. Está cansado, aunque satisfecho. Le parece que ha tocado mejor que antes de su hospitalización y espera que el director lo haya advertido.
—Muy bien, maestro —le dice cuando pasa junto al piano.
Isaac sonríe.
Un violonchelista repite la felicitación y alguien, desde el fondo de la sala, le pregunta si estará al día siguiente. Isaac responde que sí, naturalmente. No entiende por qué siguen preguntándole si piensa regresar. La Carlos Chávez tiene un calendario que debe cumplirse y él no considera que su ausencia haya modificado ninguna de sus obligaciones.
Guarda las partituras y observa a Yoshiaki, que está cerrando el estuche del violín. Tiene el cabello ligeramente desordenado y se ha quitado la pequeña piedra azul de la oreja. Isaac se pregunta dónde la guarda mientras toca. Le parece extraño que haya comenzado a interesarse por detalles tan insignificantes. Hace unos meses habría considerado ridículo que alguien prestara atención a la manera en que otro muchacho guarda un pendiente o se acomoda el pelo.
Yoshiaki levanta la cabeza.
Durante un instante se miran.
Esta vez el Pequeño Samurái sonríe, aunque apenas lo suficiente para que Isaac pueda estar seguro de que lo ha hecho. Después se coloca el estuche sobre el hombro y camina hacia la salida.
Isaac termina de guardar sus cosas y lo sigue unos minutos más tarde. En el pasillo todavía escucha a algunos músicos conversar sobre el ensayo. Uno de ellos lo saluda desde lejos.
—Hasta mañana, maestro.
Isaac levanta la mano.
Le gusta que lo llamen de esa manera. Le gusta también que Roberto haya sido el primero en utilizar la palabra, aunque sabe que su profesor no estaba intentando felicitarlo. Pero lo que más le importa aquella tarde es que Yoshiaki haya sonreído.
Cuando sale, el muchacho ya no está.
Isaac piensa que podría alcanzarlo si camina deprisa, pero decide no hacerlo. Probablemente volverán a encontrarse en el edificio y quizá entonces puedan hablar sin que los demás estén escuchando. Imagina que Yoshiaki le preguntará cómo se encuentra y que él responderá con naturalidad. No quiere parecer demasiado interesado. Tampoco quiere que el Pequeño Samurái crea que necesita su compasión.
Camina hacia el departamento pensando en el ensayo. Ha conseguido tocar bien, ha recibido las felicitaciones del director y nadie ha vuelto a hablar del hospital. Todo parece haber regresado a su sitio.
Lo único que no consigue apartar de su cabeza es la frase de Yoshiaki.
Porque volviste.
Isaac no sabe por qué aquellas dos palabras le han producido tanta alegría. Le parece que contienen una preocupación que el muchacho no quiso manifestar y que, por alguna razón, todavía le avergüenza reconocer.
Piensa en lo poco que necesita para sentirse feliz cuando Yoshiaki le presta atención.
Después recuerda que, durante el ensayo, el director lo llamó maestro y todos los demás comenzaron a repetirlo.
Le parece que ha sido un día extraordinario.
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Around 1985 (approximate date). Isaac returns to rehearsals with the Carlos Chávez after a visit to the emergency room.
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Angel Comneno · Sestina – EP
I
Isaac is fifteen when he returns to rehearsals with the Carlos Chávez after a visit to the emergency room. Nothing that could be called a conversion has taken place. In the hospital he has not promised to give up drugs or experienced any revelation about the fragility of his body. They have asked him questions, examined him, and finally allowed him to leave. His family is worried, and some of his teachers know what happened, but Isaac has the impression that it was all an accident that need not happen again. He has been smoking marijuana and hashish for some time, drinking with his friends, and has begun trying substances that no longer belong to those relatively innocent ceremonies in which adolescents gather to listen to music and discover that the most ordinary things can seem extraordinary. Now there are more dangerous drugs, though Isaac is convinced he knows how to use them. He has discovered that he can use drugs through the night and turn up at school the next day, study a score, or sit down at the piano without anyone noticing anything. Sometimes he has trouble concentrating, and at other times he seems to play better than ever. This reassures him, because he believes that as long as he retains his ability to play there is no reason to worry too much.
He arrives early for rehearsal. The room is almost empty, and a few musicians are talking as they take their instruments out of their cases. Isaac places his scores on the piano and wonders whether the conductor will say anything about his absence. He knows that news of his hospitalization has spread among the teachers and probably among the members of the orchestra. He is afraid they will begin treating him differently, asking him questions in front of everyone, or suggesting that he should take a temporary break from rehearsals. The possibility of losing his scholarship is particularly unpleasant. He does not need the money to live, though he insists on using it to pay for his apartment and some of his things, but he could not bear being removed from the Carlos Chávez. Going back home would feel like admitting that his attempt at independence has failed.
The conductor comes in while several violinists are still tuning. He greets the musicians and walks toward the stand, but stops when he sees Isaac. For a few seconds he looks at him without saying anything. Isaac thinks he recognizes the stern expression with which he usually receives those who arrive late or have not practiced enough. He prepares himself for a reprimand and lowers his eyes to the score. When he looks up again, however, the conductor is smiling. He comes over to the piano and, before Isaac can stand up, takes him by the shoulders and hugs him with a force that surprises him.
“Maestro,” he says.
Isaac does not know what to say.
The conductor draws back a little and looks at him again. He seems to be making sure that he really is all right, that he can stand on his own and does not need anything. Then he hugs him again, more briefly this time.
“Maestro.”
Isaac feels an embarrassment he did not experience in the hospital. There everyone was concerned with finding out what he had taken, how much, and under what circumstances. Now there is a man who seems simply glad to see him. Isaac would have preferred a scolding. He would have known how to defend himself, explain that it would not happen again, and argue if anyone exaggerated the consequences of that night. But the conductor asks him nothing. He merely points to the piano bench.
“Come on, sit down.”
Isaac obeys. He opens the score, checks that the pages are in order, and rests his hands on his legs so that no one will notice their slight trembling. Around him the musicians go on tuning. A chair scrapes across the floor, and someone asks whether they will begin with the first movement. The conductor talks to the concertmaster for a moment, checks an annotation in his score, and raises the baton. Everything seems exactly as it was before the hospitalization. Isaac finds something reassuring in that normality. The orchestra has schedules, breaks, and obligations that do not change because an adolescent has done something stupid. Rehearsal begins at ten; later there will be a break, and then they will have to go on working. The conductor waits for everyone to fall silent.
“From the beginning, maestro.”
II
The word begins to circulate among the musicians. At first Isaac thinks it is a joke, because some of the violinists repeat it in imitation of the conductor’s affectionate tone. Then he discovers that others use it quite naturally. An older cellist greets him with “Good morning, maestro,” and a woman who works in the office asks whether the maestro needs anything before rehearsal. Isaac feels uncomfortable when he hears the word in front of people who do not know him, but he also begins to expect them to use it. He especially likes it when someone says it without irony, as though they have forgotten they are speaking to a fifteen-year-old boy.
Something similar happens at Bellas Artes. A technician tells him the piano is ready and shows him where to enter the stage. He calls him maestro. A woman in charge of the programs uses the same word, and a stagehand addresses him that way while checking the position of the bench. Isaac begins to suspect that in theaters they call anyone who carries an instrument or has to go onstage maestro, but he cannot help feeling a certain satisfaction. Until recently adults treated him as an extraordinarily diligent child who needed to be congratulated on his progress. Now some of them seem to have decided that he belongs to the same world as professional musicians.
Roberto has also called him maestro, but in a completely different way. Isaac remembers the afternoon when his teacher asked whether he considered himself a genius. After thinking about it carefully, he answered yes, and Roberto shook his head before telling him he was not a genius but a maestro. Isaac still does not entirely understand the distinction. For Roberto, being a maestro seems to have less to do with talent than with the obligation to work, study, and understand what one is performing. It does not matter much to him that Isaac can play a difficult piece if he cannot explain what he is doing with it. He asks him about the composers, the poems that inspired certain pieces, and the differences between interpreting a score and merely reproducing its notes. Sometimes Isaac suspects that Roberto demands too much, though he also knows that none of the congratulations he receives in the orchestra gives him the same satisfaction as getting his teacher to listen to an entire piece without interrupting him.
The conductor of the Carlos Chávez, on the other hand, seems to have found in the word a way of telling him he is glad to have him back. He never mentions his hospitalization again, nor does he allow anyone to make the episode a topic of conversation during rehearsals. When Isaac plays well he congratulates him, and when he makes a mistake he corrects him with the same severity as before. This last fact is a considerable relief. He does not want them to forgive wrong notes because he has been ill. Much less because he was responsible for what happened.
Something else puzzles him. Some of the musicians seem genuinely fond of him. Isaac is used to being admired for his ease at the piano, but he does not quite know what to do with the affection of people old enough to be his parents. Sometimes, when one of them offers him a ride to his apartment or asks whether he has eaten, he answers with a brusqueness that later embarrasses him. He feels that accepting too much attention would call his independence into question. Yet when the conductor hugs him, he feels something he cannot explain and remembers for several days.
III
The Little Samurai does not call him maestro.
Isaac has noticed this since the first rehearsal. Yoshiaki hears the others use the word, but when he needs to speak to him he calls him Isaac, exactly as before. Nor does he ask what happened in the hospital. For the first few days he merely watches him from his place among the violins, with an expression Isaac cannot interpret. Sometimes he seems worried; at other times he seems simply to be waiting for the pianist to finish playing so that he can go on with his own part.
That calm bothers Isaac. Yoshiaki has a way of remaining motionless that seems to fit his friend’s image of the ancient Japanese samurai. He knows it is an absurd association. Japanese boys have no reason to resemble the warriors in films, and Yoshiaki is an adolescent who puts his feet up on benches, forgets his notebooks, and sometimes arrives late for class. Yet when he holds the violin under his chin and listens to the conductor, he seems incapable of experiencing any emotion the others could recognize.
During a break Isaac finds him beside a window. He is tuning a string and does not raise his head when he approaches. Isaac waits for him to ask how he is feeling or say something about his return. Yoshiaki remains occupied with the instrument.
“What?” Isaac asks.
The boy lifts his eyes a little.
“Nothing.”
“You’re looking at me.”
“Yes.”
“Why?”
Yoshiaki stops turning the peg and looks at him. Isaac wonders whether he is going to smile, but the other boy seems to think the answer is too obvious.
“Because you came back.”
Then he rests the violin under his chin again and checks the tuning.
Isaac stays by the window, not knowing whether the conversation is over. He would like to ask whether he was worried when he heard he was in the emergency room, whether someone told him what happened, and whether he was the one who saw him lose consciousness. He would also like to explain that nothing very serious happened, that the doctors exaggerated, and that he is perfectly well now. But he does not know what Yoshiaki has heard or how much he cares.
“Well, yes,” he says at last. “I came back.”
Yoshiaki nods.
Isaac returns to the piano with the impression that he has just missed an important opportunity. He does not know exactly what for. He would have liked Yoshiaki to ask him questions, though he is sure he would have ended up getting angry if he pressed him too much. What he finds unbearable is that the boy can speak of his hospitalization as though it were simply an absence that has come to an end.
For the rest of the rehearsal he tries not to look at him. At first he succeeds, but when the violins begin one of the more delicate passages he raises his head again. Yoshiaki is concentrating on the score. Isaac watches his hands and the way he holds the bow. He seems to play with extraordinary calm, without worrying about proving anything. Roberto often says that the best performers are those who have learned not to come between the music and those who listen to it. Isaac has never entirely understood that assertion, but now he thinks he can see something like it in the Little Samurai’s movements.
When the passage ends, Yoshiaki looks up and finds Isaac watching him.
This time he gives the slightest inclination of his head.
Isaac lowers his eyes to the keys.
IV
He plays well that day. The conductor congratulates him several times, and some of the musicians comment on how easily he has recovered the rhythm of rehearsals. Isaac is particularly pleased because he feared the drugs might have affected his memory or the precision of his hands. During the first few hours after leaving the hospital he had felt an unpleasant tremor and difficulty concentrating, but now he manages to play the most difficult passages without making mistakes. It seems sufficient proof that he has lost none of his abilities.
He does not ask himself why he ended up in the emergency room. Or rather, he asks himself without dwelling too long on the answer. He knows he took more than usual and mixed substances he should not have mixed. He also knows that other boys do the same thing without ending up in the hospital. He concludes that he was unlucky. Next time he will be more careful.
What worries him most is that someone might want to intervene in his life. His parents have already begun asking questions about his friends and the people who visit the apartment. His mother insists that he should return to The Comneno Estate, and his father reminds him that a scholarship does not mean he is no longer a minor. Isaac listens to these observations with growing impatience. He does not believe his parents have the right to decide whom he spends time with or what he does after studying. Sometimes he thinks it would have been better not to accept the scholarship, because then he could go on living at home without constantly having to prove he deserves a certain freedom. But he immediately remembers Yoshiaki, who lives in the same building, and abandons the idea of going back.
Alejo cannot reassure him either. His brother wants to know what happened and why they had to take him to the hospital. Isaac tells him only what is necessary. Alejo insists that drugs can harm him and asks whether he is not afraid to take them again. Isaac replies that he knows perfectly well what he is doing.
“That’s what you said before,” Alejo observes.
“Because it’s true.”
“Then why did you end up in the emergency room?”
Isaac does not answer. It bothers him that his brother should ask such an obvious question. Alejo looks at him for a moment and then changes the subject. He tells him about a book he is reading about Saint Alexius and a man who abandoned all his wealth to live among beggars. Isaac seizes the opportunity to make fun of the story, and the conversation ends in an argument about whether there is any point in making one’s own family suffer to prove that one is willing to renounce the world.
Later, after Alejo leaves, Isaac sits down at the piano again. He practices for several hours and makes progress on a piece he found particularly difficult the previous week. He is convinced that afternoon proves something. He can attend high school, keep up with his classes at the Nacional, rehearse with the Carlos Chávez, read Homer, and go on looking for the Cypria. He can also live alone, have friends, go out at night, and take drugs without everything else falling apart.
He does not think things might deteriorate slowly.
Many years later he will spend almost a year shut away in a rehabilitation farm, without playing the piano. But he knows nothing of that now. He is fifteen, he still has his scholarship, and he is convinced that adults worry too much about things he has learned to manage.
V
At the end of the rehearsal, the conductor puts the baton down on the stand and talks to the concertmaster for a moment. Isaac remains seated as the musicians begin putting away their instruments. He is tired but pleased. He feels he has played better than before his hospitalization and hopes the conductor has noticed.
“Very good, maestro,” he says as he passes the piano.
Isaac smiles.
A cellist repeats the compliment, and someone at the back of the room asks whether he will be there the next day. Isaac says yes, of course. He does not understand why they keep asking whether he intends to return. The Carlos Chávez has a calendar that must be followed, and he does not believe his absence has changed any of his obligations.
He puts away the scores and watches Yoshiaki, who is closing his violin case. His hair is slightly disheveled, and he has removed the little blue stone from his ear. Isaac wonders where he keeps it while he plays. It strikes him as odd that he has begun taking an interest in such insignificant details. A few months ago he would have thought it ridiculous for anyone to pay attention to the way another boy puts away an earring or arranges his hair.
Yoshiaki looks up.
For an instant they look at each other.
This time the Little Samurai smiles, though barely enough for Isaac to be sure he has done so. Then he puts the case over his shoulder and walks toward the exit.
Isaac finishes putting his things away and follows him a few minutes later. In the corridor he can still hear some musicians discussing the rehearsal. One of them greets him from a distance.
“See you tomorrow, maestro.”
Isaac raises his hand.
He likes being called that. He also likes the fact that Roberto was the first to use the word, though he knows his teacher was not trying to congratulate him. But what matters most to him that afternoon is that Yoshiaki smiled.
When he comes out, the boy is already gone.
Isaac thinks he could catch up with him if he walked quickly, but decides not to. They will probably meet again in the building, and perhaps then they can talk without the others listening. He imagines Yoshiaki asking how he is feeling and himself answering naturally. He does not want to seem too interested. Nor does he want the Little Samurai to think he needs his pity.
He walks toward the apartment thinking about the rehearsal. He has managed to play well, received the conductor’s congratulations, and no one has spoken of the hospital again. Everything seems to have returned to its place.
The one thing he cannot get out of his head is Yoshiaki’s phrase.
Because you came back.
Isaac does not know why that brief phrase has made him so happy. He feels it contains a concern the boy did not want to express and that, for some reason, he is still embarrassed to acknowledge.
He thinks how little it takes to make him happy when Yoshiaki pays attention to him.
Then he remembers that during rehearsal the conductor called him maestro and everyone else began repeating it.
It seems to him to have been an extraordinary day.
Other passages: Frente al edificio · El genio · Yoshiaki · Alejo · El Sitio