01.05 — El maestro

ES · 01.05 · El Sitio / Los Cuadernos

Hacia 1985 (fecha aproximada). Isaac vuelve a los ensayos de la Carlos Chávez después de pasar por urgencias.

Apartados: I · II · III · IV · V

Sestina · Isaac y el Pequeño Samurái · The Tremor That Remains

Angel Comneno · Sestina – EP

I

Isaac tiene quince años cuando regresa a los ensayos de la Carlos Chávez después de haber pasado por urgencias. No ha ocurrido nada que pueda considerarse una conversión. En el hospital no ha prometido abandonar las drogas ni ha experimentado ninguna revelación acerca de la fragilidad de su cuerpo. Le han hecho preguntas, lo han examinado y finalmente le han permitido marcharse. Su familia está preocupada y algunos de sus profesores saben lo ocurrido, pero Isaac tiene la impresión de que todo ha sido un accidente que no tiene por qué repetirse. Hace tiempo que fuma marihuana y hachís, bebe con sus compañeros y ha comenzado a probar sustancias que ya no pertenecen a aquellas ceremonias relativamente inocentes en las que unos adolescentes se reúnen para escuchar música y descubrir que las cosas más vulgares pueden parecer extraordinarias. Ahora hay drogas más peligrosas, aunque Isaac está convencido de que sabe utilizarlas. Ha descubierto que puede consumir durante la noche y presentarse al día siguiente en la preparatoria, estudiar una partitura o sentarse frente al piano sin que nadie advierta nada. A veces le cuesta trabajo concentrarse y en otras ocasiones parece tocar mejor que nunca. Esto último lo tranquiliza, porque considera que mientras conserve su capacidad para tocar no hay ninguna razón para preocuparse demasiado.

Llega temprano al ensayo. La sala está casi vacía y algunos músicos conversan mientras sacan los instrumentos de sus estuches. Isaac coloca sus partituras sobre el piano y se pregunta si el director le hará algún comentario acerca de su ausencia. Sabe que la noticia de su hospitalización ha circulado entre los profesores y posiblemente entre los integrantes de la orquesta. Le preocupa que comiencen a tratarlo de manera distinta, que le hagan preguntas delante de todos o que alguien sugiera que debería dejar temporalmente los ensayos. La posibilidad de perder la beca le resulta particularmente desagradable. No necesita el dinero para vivir, aunque insiste en pagar con él su departamento y algunas de sus cosas, pero no soportaría que lo apartaran de la Carlos Chávez. Le parece que regresar a su casa sería admitir que su intento de independizarse ha fracasado.

El director entra cuando varios violinistas todavía están afinando. Saluda a los músicos y camina hacia el atril, pero al ver a Isaac se detiene. Durante unos segundos lo observa sin decir nada. Isaac cree reconocer la expresión severa con la que suele recibir a quienes llegan tarde o no han estudiado suficientemente. Se prepara para escuchar un reproche y baja los ojos hacia la partitura. Sin embargo, cuando vuelve a mirar, el director está sonriendo. Se acerca al piano y, antes de que Isaac consiga levantarse, lo toma por los hombros y lo abraza con una fuerza que lo sorprende.

—Maestro —dice.

Isaac no sabe qué responder.

El director se separa un poco y vuelve a mirarlo. Parece comprobar que realmente está bien, que puede sostenerse de pie y que no necesita nada. Después lo abraza otra vez, aunque más brevemente.

—Maestro.

Isaac siente una vergüenza que no había experimentado en el hospital. Allí todos estaban preocupados por averiguar qué había consumido, cuánto y en qué circunstancias. Ahora hay un hombre que parece simplemente contento de verlo. Isaac hubiera preferido una reprimenda. Habría sabido defenderse, explicar que no volverá a suceder y discutir si alguien exageraba las consecuencias de aquella noche. Pero el director no le pregunta nada. Se limita a señalar el banco del piano.

—Vamos, siéntate.

Isaac obedece. Abre la partitura, comprueba que tiene las páginas ordenadas y coloca las manos sobre las piernas para que nadie advierta que le tiemblan ligeramente. A su alrededor los músicos continúan afinando. Una silla se arrastra sobre el piso y alguien pregunta si comenzarán con el primer movimiento. El director conversa unos momentos con el concertino, revisa una anotación en su partitura y levanta la batuta. Todo parece exactamente igual que antes de la hospitalización. Isaac encuentra algo tranquilizador en aquella normalidad. La orquesta tiene horarios, descansos y obligaciones que no se modifican porque un adolescente haya cometido una estupidez. A las diez comienza el ensayo; más tarde habrá un descanso y después tendrán que continuar trabajando. El director espera a que todos guarden silencio.

—Desde el principio, maestro.

II

La palabra comienza a circular entre los músicos. Al principio Isaac piensa que se trata de una broma, porque algunos violinistas la repiten imitando el tono afectuoso del director. Después descubre que otros la utilizan con absoluta naturalidad. Un violonchelista mayor lo saluda diciendo «Buenos días, maestro», y una mujer que trabaja en la administración le pregunta si el maestro necesita algo antes del ensayo. Isaac se siente incómodo cuando escucha la palabra delante de personas que no lo conocen, pero también empieza a esperar que la utilicen. Le gusta especialmente cuando alguien la pronuncia sin ironía, como si hubiera olvidado que está hablando con un muchacho de quince años.

En Bellas Artes ocurre algo semejante. Un técnico le informa que el piano está preparado y le indica por dónde debe entrar al escenario. Lo llama maestro. Una mujer encargada de los programas utiliza la misma palabra y un tramoyista se dirige a él de esa manera mientras comprueba la posición del banco. Isaac comienza a sospechar que en los teatros llaman maestro a cualquiera que lleve un instrumento o tenga que subir al escenario, pero no deja de sentir cierta satisfacción. Hasta hace poco los adultos lo trataban como a un niño extraordinariamente aplicado al que había que felicitar por sus progresos. Ahora algunos parecen haber decidido que pertenece al mismo mundo que los músicos profesionales.

Roberto también lo ha llamado maestro, pero de una manera completamente distinta. Isaac recuerda la tarde en que su profesor le preguntó si se consideraba un genio. Había respondido que sí, después de pensarlo cuidadosamente, y Roberto negó con la cabeza antes de decirle que no era un genio, sino un maestro. Isaac todavía no comprende del todo aquella distinción. Para Roberto, ser maestro parece tener menos relación con el talento que con la obligación de trabajar, estudiar y comprender lo que se interpreta. No le importa demasiado que Isaac pueda tocar una obra difícil si no sabe explicar qué hace con ella. Le pregunta por los compositores, por los poemas que inspiraron determinadas piezas y por las diferencias entre interpretar una partitura y limitarse a reproducir sus notas. En ocasiones Isaac sospecha que Roberto exige demasiado, aunque también sabe que ninguna de las felicitaciones que recibe en la orquesta le produce la misma satisfacción que conseguir que su profesor escuche una obra completa sin interrumpirlo.

El director de la Carlos Chávez, en cambio, parece haber encontrado en la palabra una manera de decirle que está contento de tenerlo de regreso. No vuelve a mencionar su hospitalización y tampoco permite que nadie convierta el episodio en motivo de conversación durante los ensayos. Cuando Isaac toca bien lo felicita y, si se equivoca, lo corrige con la misma severidad que antes. Esto último le produce un alivio considerable. No quiere que le perdonen las notas equivocadas porque ha estado enfermo. Mucho menos porque haya sido responsable de lo ocurrido.

Hay algo más que lo desconcierta. Algunos músicos parecen quererlo sinceramente. Isaac está acostumbrado a que lo admiren por su facilidad para tocar, pero no sabe muy bien qué hacer con el afecto de personas que podrían ser sus padres. A veces, cuando alguno le ofrece llevarlo a su departamento o le pregunta si ya ha comido, responde con una brusquedad que después le avergüenza. Le parece que aceptar demasiadas atenciones pondría en duda su independencia. Sin embargo, cuando el director lo abraza siente algo que no consigue explicar y que recuerda durante varios días.

III

El Pequeño Samurái no lo llama maestro.

Isaac se ha dado cuenta de ello desde el primer ensayo. Yoshiaki escucha a los demás utilizar la palabra, pero cuando necesita hablarle lo llama Isaac, exactamente como antes. Tampoco le pregunta qué ocurrió en el hospital. Durante los primeros días se limita a observarlo desde su lugar entre los violines, con una expresión que Isaac no consigue interpretar. A veces parece que está preocupado; otras, que simplemente espera a que el pianista termine de tocar para poder continuar con su parte.

A Isaac le molesta aquella tranquilidad. Yoshiaki tiene una manera de permanecer inmóvil que parece corresponder a la imagen que su compañero se ha formado de los antiguos samuráis japoneses. Sabe que es una asociación absurda. Los muchachos japoneses no tienen por qué parecerse a los guerreros de las películas, y Yoshiaki es un adolescente que se sienta con los pies sobre los bancos, olvida los cuadernos y en ocasiones llega tarde a las clases. Sin embargo, cuando sostiene el violín bajo la barbilla y escucha al director parece incapaz de experimentar alguna emoción que los demás puedan reconocer.

Durante un descanso Isaac lo encuentra junto a una ventana. Está afinando una cuerda y no levanta la cabeza cuando se acerca. Isaac espera que le pregunte cómo se siente o que haga algún comentario sobre su regreso. Yoshiaki continúa ocupado con el instrumento.

—¿Qué? —pregunta Isaac.

El muchacho levanta ligeramente los ojos.

—Nada.

—Me estás viendo.

—Sí.

—¿Por qué?

Yoshiaki deja de mover la clavija y lo mira. Isaac se pregunta si va a sonreír, pero el otro parece considerar que la respuesta es demasiado evidente.

—Porque volviste.

Después apoya otra vez el violín bajo la barbilla y comprueba la afinación.

Isaac permanece junto a la ventana sin saber si la conversación ha terminado. Quisiera preguntarle si se preocupó cuando supo que estaba en urgencias, si alguien le contó lo que había ocurrido y si fue él quien lo vio perder el conocimiento. También quisiera explicarle que no pasó nada demasiado grave, que los médicos exageraron y que ahora está perfectamente bien. Pero no sabe qué ha escuchado Yoshiaki ni cuánto le importa.

—Pues sí —dice finalmente—. Volví.

Yoshiaki asiente.

Isaac regresa al piano con la impresión de que acaba de perder una oportunidad importante. No sabe exactamente para qué. Le habría gustado que Yoshiaki le hiciera preguntas, aunque está seguro de que habría terminado por enfadarse si insistía demasiado. Lo que le resulta insoportable es que el muchacho pueda hablar de su hospitalización como si se tratara simplemente de una ausencia que ha terminado.

Durante el resto del ensayo intenta no mirarlo. Al principio lo consigue, pero cuando los violines comienzan uno de los pasajes más delicados vuelve a levantar la cabeza. Yoshiaki está concentrado en la partitura. Isaac observa sus manos y la manera en que sostiene el arco. Le parece que toca con una tranquilidad extraordinaria, sin preocuparse por demostrar nada. Roberto suele decir que los mejores intérpretes son aquellos que han aprendido a no interponerse entre la música y quienes la escuchan. Isaac nunca ha comprendido del todo esa afirmación, pero ahora cree descubrir algo semejante en los movimientos del Pequeño Samurái.

Cuando termina el pasaje, Yoshiaki levanta la vista y encuentra a Isaac observándolo.

Esta vez inclina apenas la cabeza.

Isaac baja los ojos hacia las teclas.

IV

Aquel día toca bien. El director lo felicita varias veces y algunos músicos hacen comentarios sobre la facilidad con la que ha recuperado el ritmo de los ensayos. Isaac está particularmente satisfecho porque temía que las drogas hubieran afectado su memoria o la precisión de sus manos. Durante las primeras horas después de salir del hospital había sentido cierto temblor y una dificultad para concentrarse que le resultaron desagradables, pero ahora consigue ejecutar los pasajes más difíciles sin cometer errores. Le parece una demostración suficiente de que no ha perdido ninguna de sus capacidades.

No se pregunta por qué ha terminado en urgencias. O, mejor dicho, se lo pregunta sin detenerse demasiado en la respuesta. Sabe que consumió más de lo habitual y que mezcló sustancias que no debería haber mezclado. También sabe que otros muchachos hacen lo mismo y no terminan en el hospital. Concluye que tuvo mala suerte. La próxima vez tendrá más cuidado.

Lo que más le preocupa es que alguien quiera intervenir en su vida. Sus padres ya han comenzado a hacer preguntas acerca de sus amigos y de las personas que visitan el departamento. Su madre insiste en que debería regresar a La Hacienda Comneno y su padre le recuerda que una beca no significa que haya dejado de ser un menor de edad. Isaac escucha aquellas observaciones con creciente impaciencia. No considera que sus padres tengan derecho a decidir con quién se reúne o qué hace después de estudiar. A veces piensa que habría sido preferible no aceptar la beca, porque entonces podría seguir viviendo en su casa sin tener que demostrar constantemente que merece cierta libertad. Pero inmediatamente recuerda a Yoshiaki, que vive en el mismo edificio, y abandona la idea de regresar.

Alejo tampoco consigue tranquilizarlo. Su hermano quiere saber qué ocurrió y por qué tuvieron que llevarlo al hospital. Isaac le cuenta lo indispensable. Alejo insiste en que las drogas pueden hacerle daño y le pregunta si no tiene miedo de volver a consumirlas. Isaac responde que sabe perfectamente lo que hace.

—Eso dijiste antes —observa Alejo.

—Porque es verdad.

—Entonces, ¿por qué terminaste en urgencias?

Isaac no responde. Le molesta que su hermano formule una pregunta tan evidente. Alejo se queda mirándolo durante un momento y después cambia de tema. Le habla de un libro que está leyendo sobre san Alejo y de un hombre que abandonó todas sus riquezas para vivir entre mendigos. Isaac aprovecha para burlarse de aquella historia y la conversación termina en una discusión sobre si tiene algún sentido hacer sufrir a la propia familia para demostrar que uno está dispuesto a renunciar al mundo.

Más tarde, cuando Alejo se marcha, Isaac vuelve a sentarse frente al piano. Estudia durante varias horas y consigue avanzar en una obra que le había resultado particularmente difícil la semana anterior. Está convencido de que esa tarde demuestra algo. Puede asistir a la preparatoria, cumplir con sus clases en la Nacional, ensayar con la Carlos Chávez, leer a Homero y continuar buscando las Ciprias. También puede vivir solo, tener amigos, salir por las noches y consumir drogas sin que todo lo demás se derrumbe.

No piensa que las cosas puedan deteriorarse lentamente.

Muchos años después pasará casi un año encerrado en una granja de rehabilitación, sin tocar el piano. Pero ahora no sabe nada de aquello. Tiene quince años, conserva su beca y está convencido de que los adultos se preocupan demasiado por cosas que él ha aprendido a resolver.

V

Al terminar el ensayo, el director deja la batuta sobre el atril y conversa unos momentos con el concertino. Isaac permanece sentado mientras los músicos comienzan a guardar los instrumentos. Está cansado, aunque satisfecho. Le parece que ha tocado mejor que antes de su hospitalización y espera que el director lo haya advertido.

—Muy bien, maestro —le dice cuando pasa junto al piano.

Isaac sonríe.

Un violonchelista repite la felicitación y alguien, desde el fondo de la sala, le pregunta si estará al día siguiente. Isaac responde que sí, naturalmente. No entiende por qué siguen preguntándole si piensa regresar. La Carlos Chávez tiene un calendario que debe cumplirse y él no considera que su ausencia haya modificado ninguna de sus obligaciones.

Guarda las partituras y observa a Yoshiaki, que está cerrando el estuche del violín. Tiene el cabello ligeramente desordenado y se ha quitado la pequeña piedra azul de la oreja. Isaac se pregunta dónde la guarda mientras toca. Le parece extraño que haya comenzado a interesarse por detalles tan insignificantes. Hace unos meses habría considerado ridículo que alguien prestara atención a la manera en que otro muchacho guarda un pendiente o se acomoda el pelo.

Yoshiaki levanta la cabeza.

Durante un instante se miran.

Esta vez el Pequeño Samurái sonríe, aunque apenas lo suficiente para que Isaac pueda estar seguro de que lo ha hecho. Después se coloca el estuche sobre el hombro y camina hacia la salida.

Isaac termina de guardar sus cosas y lo sigue unos minutos más tarde. En el pasillo todavía escucha a algunos músicos conversar sobre el ensayo. Uno de ellos lo saluda desde lejos.

—Hasta mañana, maestro.

Isaac levanta la mano.

Le gusta que lo llamen de esa manera. Le gusta también que Roberto haya sido el primero en utilizar la palabra, aunque sabe que su profesor no estaba intentando felicitarlo. Pero lo que más le importa aquella tarde es que Yoshiaki haya sonreído.

Cuando sale, el muchacho ya no está.

Isaac piensa que podría alcanzarlo si camina deprisa, pero decide no hacerlo. Probablemente volverán a encontrarse en el edificio y quizá entonces puedan hablar sin que los demás estén escuchando. Imagina que Yoshiaki le preguntará cómo se encuentra y que él responderá con naturalidad. No quiere parecer demasiado interesado. Tampoco quiere que el Pequeño Samurái crea que necesita su compasión.

Camina hacia el departamento pensando en el ensayo. Ha conseguido tocar bien, ha recibido las felicitaciones del director y nadie ha vuelto a hablar del hospital. Todo parece haber regresado a su sitio.

Lo único que no consigue apartar de su cabeza es la frase de Yoshiaki.

Porque volviste.

Isaac no sabe por qué aquellas dos palabras le han producido tanta alegría. Le parece que contienen una preocupación que el muchacho no quiso manifestar y que, por alguna razón, todavía le avergüenza reconocer.

Piensa en lo poco que necesita para sentirse feliz cuando Yoshiaki le presta atención.

Después recuerda que, durante el ensayo, el director lo llamó maestro y todos los demás comenzaron a repetirlo.

Le parece que ha sido un día extraordinario.

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