Busca rostros

2001, verano (fecha aproximada). Paseo del Prado, La Habana. 21:34 h.

Bernardo se va con dos amigos. Él sigue caminando. Piensa en regresar a La Rampa, pero todavía tiene tiempo y la ciudad le produce esa forma de excitación que no es exactamente deseo sino disponibilidad: la impresión de que cualquier esquina puede convertirse en principio de algo. Llega casi hasta el Malecón y después regresa. Cerca de Prado ve otra vez al músico de las cubetas. O cree que es el mismo. Aquí está uno de esos errores que en el momento no parecen errores. Lleva una camisa distinta, pero podría habérsela cambiado. Toca el mismo patrón.

Tac.

Tac-tac.

Tac.

Hay un hombre de pie frente a él.

No escucha la música.

Fotografía a la gente.

Tiene una cámara pequeña, digital, parecida a la suya.

No sabe por qué lo observa. Quizá porque uno reconoce enseguida a quien mira de la misma manera. El hombre fotografía al músico. Después a una pareja. Después a un muchacho sentado en la base de una columna. No parece turista. No busca edificios.

Busca rostros.

Cuando gira hacia él baja la vista.

Le dice:

—Mira nada más aquí: el hombre a quien besó Yemayá. El que burló a la mafia.

Eso le hace reconocerse y lo avergüenza.

¿Por qué habría de esconderse de alguien que toma fotografías en una calle?

Sigue andando.

A los pocos metros mete la mano en el bolsillo y encuentra la estampa.

Peregrinos.

Está a punto de tirarla.

No lo hace.

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