2001 septiembre 10 Nueva York. 10:41 h.
Cuando cuelga, Bernardo está feliz.
Eso es lo que más recuerda.
No Cuba.
No el dinero.
No Senel.
La sensación de que alguien acaba de abrir una puerta que él no sabía que estaba buscando.
Camina hasta la ventana.
Riverside Park está debajo.
Los árboles ya han perdido casi todas las hojas.
Hace frío.
Dentro del apartamento huele a tabaco, alcohol y a la noche anterior.
Le parece insoportable.
Decide irse.
No irse a Cuba.
Irse de aquí.
Es diferente.
Toma una ducha. Echa ropa dentro de una maleta sin doblarla. Luego saca la ropa y vuelve a guardarla porque hay ciertos límites incluso durante una crisis.
La ropa le hace pensar en lo que dejó en El Sitio, la hacienda de los Comneno, en Cuetzalan. Eran veintinueve cuadernos de tapa dura, de un púrpura tan oscuro que parecían negros hasta que la luz encontraba en los bordes un fondo violeta, denso, casi sin brillo. Las hojas eran color marfil; sobre ellas, la tinta tenía esa misma oscuridad púrpura. Sólo los distinguía una pegatina en el centro de una página, con un número del 1 al 29. Había salido con prisa. Era demasiado material para llevárselo todo y había escogido dos al azar. Los otros veintisiete se habían quedado en la hacienda.
Tiene que pasar por México.
Ver a su madre.
Ver a su hermano.
Arreglar documentos.
Decir que regresa.
Mentir.
Quizá despedirse.
No sabe.
Abre un cajón.
Pasaporte.
Tarjetas.
En el pasillo encuentra a Raquel con el perro.
—¿Te vas?
Mira la maleta.
—Parece.
—¿A dónde?
—Cuba.
Raquel parpadea.
—¿Hoy?
—Primero México.
—¿Y la Universidad de Columbia?
Se encoge de hombros.
—Supongo que seguirá aquí.
Bajan juntos en el elevador.
Raquel lo mira como si esperara alguna explicación.
No tiene ninguna.
En la calle el frío le golpea la cara.
Camina hacia Broadway.
Pasa junto a Sakura Park.
Se detiene.
Esto sí lo recuerda.
Los árboles.
La iglesia.
El cielo demasiado azul.
Y una sensación muy concreta: quiere desaparecer de la vida que lleva, pero no quiere morir.
No es lo mismo.
Quizá nunca ha sido lo mismo.
Durante meses los ha confundido.
Entra al deli.
El mexicano detrás del mostrador levanta la mano.
—Lo mismo.
—No.
Lo mira.
—¿No?
—Me voy.
—¿Vacation?
—No sé.
Él espera.
—A México —dice.
—Ah.
Sonríe.
—Entonces vas a comer bien.
Le prepara el sándwich de todos modos.
No le dice que quizá no vuelva.
Paga.
Sale.
A mitad de Broadway tiene una certeza que entonces interpreta como Providencia.
Hoy no está tan seguro.
Tal vez únicamente necesita escapar y cualquier llamada habría servido.
Cuba.
París.
Bangkok.
Un pueblo en Ohio.
Da igual.
Necesita que alguien diga su nombre desde otro lugar.
Eso es todo.
2001 septiembre 10 Nueva York. 10:41 h.
Cuando cuelga, Bernardo está feliz.
Eso es lo que más recuerda.
No Cuba.
No el dinero.
No Senel.
La sensación de que alguien acaba de abrir una puerta que él no sabía que estaba buscando.
Camina hasta la ventana.
Riverside Park está debajo.
Los árboles ya han perdido casi todas las hojas.
Hace frío.
Dentro del apartamento huele a tabaco, alcohol y a la noche anterior.
Le parece insoportable.
Decide irse.
No irse a Cuba.
Irse de aquí.
Es diferente.
Toma una ducha. Echa ropa dentro de una maleta sin doblarla. Luego saca la ropa y vuelve a guardarla porque hay ciertos límites incluso durante una crisis.
La ropa le hace pensar en lo que dejó en El Sitio, la hacienda de los Comneno, en Cuetzalan. Eran veintinueve cuadernos de tapa dura, de un púrpura tan oscuro que parecían negros hasta que la luz encontraba en los bordes un fondo violeta, denso, casi sin brillo. Las hojas eran color marfil; sobre ellas, la tinta tenía esa misma oscuridad púrpura. Sólo los distinguía una pegatina en el centro de una página, con un número del 1 al 29. Había salido con prisa. Era demasiado material para llevárselo todo y había escogido dos al azar. Los otros veintisiete se habían quedado en la hacienda.
Tiene que pasar por México.
Ver a su madre.
Ver a su hermano.
Arreglar documentos.
Decir que regresa.
Mentir.
Quizá despedirse.
No sabe.
Abre un cajón.
Pasaporte.
Tarjetas.
En el pasillo encuentra a Raquel con el perro.
—¿Te vas?
Mira la maleta.
—Parece.
—¿A dónde?
—Cuba.
Raquel parpadea.
—¿Hoy?
—Primero México.
—¿Y la Universidad de Columbia?
Se encoge de hombros.
—Supongo que seguirá aquí.
Bajan juntos en el elevador.
Raquel lo mira como si esperara alguna explicación.
No tiene ninguna.
En la calle el frío le golpea la cara.
Camina hacia Broadway.
Pasa junto a Sakura Park.
Se detiene.
Esto sí lo recuerda.
Los árboles.
La iglesia.
El cielo demasiado azul.
Y una sensación muy concreta: quiere desaparecer de la vida que lleva, pero no quiere morir.
No es lo mismo.
Quizá nunca ha sido lo mismo.
Durante meses los ha confundido.
Entra al deli.
El mexicano detrás del mostrador levanta la mano.
—Lo mismo.
—No.
Lo mira.
—¿No?
—Me voy.
—¿Vacation?
—No sé.
Él espera.
—A México —dice.
—Ah.
Sonríe.
—Entonces vas a comer bien.
Le prepara el sándwich de todos modos.
No le dice que quizá no vuelva.
Paga.
Sale.
A mitad de Broadway tiene una certeza que entonces interpreta como Providencia.
Hoy no está tan seguro.
Tal vez únicamente necesita escapar y cualquier llamada habría servido.
Cuba.
París.
Bangkok.
Un pueblo en Ohio.
Da igual.
Necesita que alguien diga su nombre desde otro lugar.
Eso es todo.
2001 September 10 New York. 10:41 h.
When he hangs up, Bernardo is happy.
That is what he remembers most.
Not Cuba.
Not the money.
Not Senel.
The feeling that someone has just opened a door he did not know he was looking for.
He walks to the window.
Riverside Park is below.
The trees have already lost almost all their leaves.
It is cold.
Inside the apartment it smells of tobacco, alcohol and the night before.
He finds it unbearable.
He decides to leave.
Not to leave for Cuba.
To leave here.
It is different.
He takes a shower. Throws clothes into a suitcase without folding them. Then takes them out and packs them again, because there are certain limits even during a crisis.
The clothes make him think of what he left at El Sitio, the Comneno Estate, in Cuetzalan. There were twenty-nine hardcover notebooks, a purple so dark they looked black until the light found a violet depth along the edges, dense, almost without sheen. The pages were ivory; on them, the ink had that same purple darkness. Only a sticker in the middle of a page distinguished them, with a number from 1 to 29. He had left in a hurry. There was too much material to take it all, and he had picked two at random. The other twenty-seven had stayed at the estate.
He has to go through Mexico.
See his mother.
See his brother.
Sort out documents.
Say he is coming back.
Lie.
Perhaps say goodbye.
He does not know.
He opens a drawer.
Passport.
Cards.
In the hallway he finds Raquel with the dog.
“Are you leaving?”
He looks at the suitcase.
“Looks like it.”
“Where to?”
“Cuba.”
Raquel blinks.
“Today?”
“Mexico first.”
“And Columbia University?”
He shrugs.
“I suppose it will still be here.”
They go down together in the elevator.
Raquel looks at him as though she expects an explanation.
He has none.
In the street the cold hits his face.
He walks toward Broadway.
He passes Sakura Park.
He stops.
This he does remember.
The trees.
The church.
The sky too blue.
And a very definite feeling: he wants to disappear from the life he leads, but he does not want to die.
It is not the same thing.
Perhaps it has never been the same thing.
For months he has confused them.
He goes into the deli.
The Mexican behind the counter raises his hand.
“The usual.”
“No.”
He looks at him.
“No?”
“I’m leaving.”
“Vacation?”
“I don’t know.”
He waits.
“For Mexico,” he says.
“Ah.”
He smiles.
“Then you’re going to eat well.”
He makes him the sandwich anyway.
He does not tell him he might not come back.
He pays.
He leaves.
Halfway down Broadway he has a certainty he then interprets as Providence.
Today he is not so sure.
Perhaps he simply needs to escape, and any call would have done.
Cuba.
Paris.
Bangkok.
A town in Ohio.
It makes no difference.
He needs someone to say his name from somewhere else.
That is all.