Habla Senel Paz

2001, diciembre 10 septiembre (día no determinado). Nueva York. 10:03 h.

—¿Hola? ¿Eres Bernardo?

Bernardo abre los ojos.

No entiende dónde está.

Eso es lo primero.

Hay un espejo frente a la cama y durante unos segundos lo utiliza como prueba.

Ahí está.

Flaco. Despeinado. Treinta todavía no. La cara hinchada por haber dormido mal y una marca en la mejilla porque ha pasado parte de la noche encima de una almohada que no es suya.

—¿Aló?

La voz insiste.

Mira el teléfono inalámbrico.

Luego vuelve al espejo.

—Sí.

Tiene que aclararse la garganta.

—Soy yo.

Afuera escucha niños.

Después campanas.

No son exactamente campanas. Es música que llega desde Riverside Church o quizá desde otra parte. Todavía tiene alcohol en la sangre y no confía demasiado en la geografía.

Está en Nueva York.

Eso sí.

Riverside Drive.

Columbia.

Se repite los nombres como quien recupera objetos después de un accidente.

Nueva York.

Columbia.

Bernardo.

—Habla Senel Paz.

La voz se detiene.

—Me dio tu número Javier Salinas.

—Ah.

Javier.

Por supuesto.

¿Quién demonios es Javier?

Mira la hora.

Diez de la mañana.

En la sala alguien ronca.

La fiesta terminó hace poco o quizá continúa en otra parte. Hay vasos en el piso, ceniceros, una chaqueta que no reconoce. Sobre la mesa quedan rastros de lo que durante meses han llamado diversión y que esta mañana le parece sólo suciedad.

La memoria empieza a regresar.

Javier.

Centro de Escritores.

Televisa.

Bufandas.

Su manera de entrar a cualquier sitio como si los demás hubieran sido convocados para verlo llegar.

—Claro —dice—. Javier.

—¿Te desperté?

—No.

Silencio.

—Bueno, sí.

Senel se ríe.

Le cae bien inmediatamente por haberse reído.

—¿Qué cuenta Javier? ¿Sigue vivo?

—Vivo. Pero me dejó plantado.

Se sienta en la cama.

—¿Plantado cómo?

—Plantado.

Ahora es él quien se ríe.

Senel le cuenta que Javier debía viajar a Cuba para trabajar con unos estudiantes. No va a hacerlo. Madrid, otro compromiso, más dinero, no sabe. Tampoco importa.

Necesitan a alguien.

—Y Javier te dio mi teléfono.

—Exactamente.

—Qué irresponsabilidad.

—Dice que eres bueno.

No sabe qué contestar a eso.

Las ganas de ir al baño terminan de despertarlo.

Camina por el pasillo con el teléfono.

Carl duerme con un brazo colgando del sofá.

Kim está en el suelo.

Hay algo desolador en las fiestas cuando todos han dejado de divertirse.

Piensa que los desprecia.

Después piensa que hace apenas tres horas estaba con ellos.

Eso lo tranquiliza menos.

—Necesito que leas seis proyectos —dice Senel—. Hablar con los alumnos. Ayudarlos a convertirlos en algo que se pueda filmar.

—Yo enseñaba telenovela.

—Me sirve.

—Eso dice muy poco de tu escuela.

Se ríe otra vez.

Abre la llave del agua.

—¿Cuánto tiempo?

—Una semana primero.

—¿Primero?

—Si funciona, vuelves.

Se mira en el espejo del baño.

La cara no mejora.

—Estoy estudiando aquí.

—Ya sé.

—Tengo clases.

—También sé.

—Estoy en Columbia, Senel.

—Felicidades.

Se ríe.

—No puedo desaparecer de pronto.

—Claro que puedes.

La frase le molesta porque inmediatamente sabe que tiene razón.

—¿Cuándo?

Senel suspira.

—Hermano.

Espera.

—Ya.

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