Mentir con paciencia

2001, mayo, 21. La Habana. 22:16 h.

Bernardo no contesta.

Eso es todo.

No está secuestrado. No hay un automóvil esperando debajo de un árbol, nadie sigue a Ivan Walsh, no existe todavía ninguna razón para pensar que ha ocurrido algo extraordinario. Un muchacho de veinte años se va con un hombre al que conoce y no le dice a Ivan Walsh adónde.

Ivan Walsh puede repetirlo así.

Un muchacho de veinte años se va.

Nada más.

María Julia lo mira mientras él marca por sexta vez.

—Ivan Walsh.

—Sí.

—Déjalo.

—Estoy dejándolo.

—No parece.

Guarda el teléfono.

Están todavía en San Antonio. La escuela comienza a vaciarse y desde algún lugar llega una música que no reconoce. Podría preguntar. Antes preguntaba estas cosas. Quién canta, quién escribió el libro, quién hizo aquella película. Como si ponerle nombre a algo impidiera que desapareciera.

—¿Quién era el mexicano? —pregunta.

María Julia se encoge de hombros.

—No lo vi.

—Los muchachos sí.

—Entonces pregúntales mañana.

—Puede ser tarde.

María Julia lo mira.

No dice nada.

Eso le irrita porque entiende lo que está pensando.

—No estoy dramatizando.

—No dije que estuvieras dramatizando.

—Lo pensaste.

—Tampoco.

Sonríe.

Bernardo le ha dicho exactamente lo mismo esta mañana.

Por un instante tiene la sensación desagradable de que todos empiezan a hablar con las mismas frases.

El teléfono vibra.

Lo saca demasiado rápido.

No es Bernardo.

JUAN DIEGO

No sabía que tenía guardado su número.

O sí.

Contesta.

—¿Dónde está?

Silencio.

Después una risa pequeña.

—Buenas noches a ti también.

—¿Dónde está Bernardo?

—Conmigo.

—Eso ya lo sé.

—Entonces para qué preguntas.

Otra vez.

La misma frase.

Mira a María Julia.

Ella ya no está mirando.

—Quiero hablar con él.

—No puede ahora.

—¿Por qué?

—Porque está ocupado.

—¿Haciendo qué?

Juan Diego tarda unos segundos.

—Mirando.

No sabe qué significa eso.

—Ponlo al teléfono.

—Ivan Walsh, no eres su padre.

—Ya sé que no soy su padre.

Lo dice demasiado fuerte.

Un estudiante que cruza frente a ellos vuelve la cabeza.

Bajo la voz.

—Sólo quiero saber si está bien.

—Está bien.

—Que me lo diga él.

Juan Diego suspira.

—Te va a llamar.

—¿Cuándo?

Ya ha colgado.

Se queda viendo la pantalla.

María Julia se acerca.

—¿Está bien?

—Eso dicen.

—Entonces vámonos.

No le dice que lo que le preocupa no es que Bernardo esté mal.

Lo que le preocupa es que esté bien sin él.

2001, mayo, 21. La Habana. 23:48 h.

Ivan Walsh regresa al Vedado cerca de medianoche.

La puerta está cerrada.

La abre.

Dice su nombre antes de encender la luz.

—Bernardo.

Nada.

La casa parece distinta cuando falta alguien que lleva viviendo en ella apenas unas semanas.

Eso le parece ridículo.

Entra al estudio.

Sobre la mesa sigue el cuaderno negro.

Lo había dejado abierto por la tarde cuando Liliana reconoció la Virgen.

Se sirve agua.

No vino.

Agua.

Ha aprendido algunas cosas.

O algunas cosas han aprendido a prescindir de él.

Se sienta.

La Virgen aparece entre las páginas como una mancha oscura.

Detrás encuentra varias hojas dobladas que lleva años trasladando de una casa a otra.

Roma.

No sabe por qué están aquí.

Claro que sabe.

Él mismo las puso.

Son fotocopias de unos diarios que escribió durante el tiempo del seminario. Intentó pasarlos en limpio hace unos meses y abandonó al tercer día. Son cientos de páginas. Horarios de misa, nombres que ya no significan nada, escrúpulos, hombres de los que estuvo enamorado sin saberlo, Dios apareciendo en cada tercer párrafo con una insistencia que ahora le parece sospechosa.

No tiene vocación de santo.

Tampoco de archivista.

Quizá ni siquiera de escritor.

Lee una página.

Después otra.

En algún momento encuentra una frase subrayada:

La Providencia consiste en descubrir después por qué era necesario estar exactamente allí.

Se ríe.

Qué imbécil.

Pasa la página.

Hay otra letra.

Suya, pero no igual.

Más inclinada.

Más joven.

Y después aparece un nombre que durante unos segundos no reconoce.

Bernardo.

Se queda mirándolo.

Sabe quién es.

Lo sabe perfectamente.

Y al mismo tiempo no.

2001, mayo, 22. La Habana. 00:07 h.

Ivan Walsh deja de leer.

La palabra queda ahí.

Ya.

No recuerda haber escrito esta versión.

Eso lo inquieta más de lo necesario.

Tiene otras.

Siempre ha tenido varias versiones de las mismas cosas.

En una, Senel llama por la mañana.

En otra, por la tarde.

En una está en Columbia estudiando cine.

En otra apenas da clases.

En una Javier dirige un instituto universitario.

En otra trabaja en televisión.

Cada vez que cuenta la historia corrige algo y, después de suficientes correcciones, la corrección se convierte en recuerdo.

Quizá eso sea escribir.

O mentir con paciencia.

Vuelve a las hojas.

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