En todo caso, Farid pensó que había llegado a Chipre con dos semanas de anticipación, lo que le permitía darse el lujo de cruzar la frontera con Turquía y regresar al puerto donde comenzó su largo viaje hacia México. Sin embargo, notó algo extraño al observar su mapa turístico, el cual estaba muy bien señalizado en inglés. Toda la zona turca aparecía como una mancha gris. Decidió tomar la carretera en dirección a Nicosia, pensando en que volvería a Pafos más tarde.
Mientras tanto, Farid cambió de opinión y decidió escribir. Su principal objetivo era lidiar con el manuscrito que llevaba consigo y que pesaba mucho en su maleta Vitorinox. Su primer paso fue regresar al Centrum Hotel para pagar la cuenta. No es que le importara mucho, pero necesitaba extraer las seiscientas cuartillas del manuscrito en latín y arrojarlas a la bañera. Encendió fuego a las hojas con uno de esos encendedores que se encuentran en los hoteles, el cual tenía impresa una vaquita blanca. Había perdido la cuenta de cuántas veces había realizado este ritual. Recordaba que la vez anterior, si no se equivocaba, el manuscrito estaba escrito en griego o tal vez en francés. No estaba seguro. A Farid le gustaba escribir en español debido a las numerosas palabras agudas y sonoras que contenía, como “repercusión”, por ejemplo.
Cuando estaba saliendo de la habitación, comenzó a sonar la alarma contra incendios. Los kouros y los dioses micenos, que antes le provocaban excitación y miedo en su estado de embriaguez, ya no le afectaban. Subió a su jeep con una maleta en la que ya no pesaba toda esa historia que había cargado desde el Vaticano hasta ese lugar. Decidió que, aunque la cita era en Pafos, iría a Nicosia, la capital, y se dirigió hacia allá.