Ext. Jardín de Inés. Amor de Jorge e Inés.
INT. SANTA CECILIA. ATARDECER.
La iglesia ha comenzado a llenarse de gente.
INT. SANTA CECILIA. ATARDECER.
Isaac se detiene frente a una tumba que dice: Isaac Ángel Conmeno, cantante novohispano. Damasco, 1516; que, 1556.
Isaac toca el pie del ángel que custodia la tumba y se besa la mano.
El señor Cornaro les pidió que fueran a casa de su amigo con una carta. Antes de salir, la señora Cornaro hizo en la frente de los niños la señal de la cruz.
Aquel primer año en Mi abuela Inés sucedió algo que me llenó de terror. Se embarazó del hombre a quien, en mi estupidez, había comenzado a sentir mi rival en los amores de la princesa bastarda. Y sin vergüenza, sin asomo de temor, me puse de hinojos frente al santísimo durante la adoración nocturna y ofrecí mi cansancio y las penas de mi vida por un crimen. Pedí que ella abortara. No creo que haya sido Dios quien me escuchó. Pero debe haberme escuchado un diablo. Uno de esos que me acecha desde niño, me confunde y torna bien por mal.
Jorge había estado yendo y viniendo durante tres meses a dar clases de canto al joven Farid. Sucedió entonces algo que lo llenó de terror. Inés estaba embarazada. Sin vergüenza, sin asomo de temor, esa noche se puso de hinojos frente a la Virgen de las Tribulaciones y le ofreció sus penas y su cansancio. No era consciente, claro, de que si en realidad hubiese creído en Dios no hubiese podido poner semejante sacrificio delante de él. Porque era un sacrificio de mí mismo, de mi alma inmortal.
Si en realidad hubiese creído en la existencia del Altísimo no me hubiesen interesado las vidas maritales de mis amos. Hubiese permanecido esclavo en espera del encuentro final. Pero otra vez. Si hubiese creído en El Altísimo no hubiese escapado de ti en busca de la inmortalidad pues hubiese sabido que desde que supe que era yo eran verdad las palabras de mi madre. Hubiese debido hacerle caso. Rezar para pedir a Dios que transformase mi miedo a la muerte en amor.
Aquel viernes no la vi. Ni el sábado. El domingo supe que estaba enferma y con Atonatiuh, nos permitieron ir a visitarla. Nos echamos al pie de su cama y yo le tomé la mano y la besé. Estaba ardiendo de fiebre. Supimos que había abortado. Me acarició la cara y el cabello. Hubiese querido besarla, pedirle perdón pero ella me dijo algo que me confundió toda vía más. Me dijo que no amaba a su marido. Sentí que era una confesión, un reconocimiento a mis amores y, aún, la prueba de que algo había sucedido en mi plegaria. Era yo un ladrón de milagros, había arrebatado de Dios el deseo de matar a la descendencia de los Villena. La sentí todavía más cerca de mí y volví a besarle la mano. Atonatiuh bajó la mirada como para no ver, pero me dijo quedito, al oído: me gusta tu orgullo, tu dignidad.