F0158 · Después de todo, a pesar de que en este pueblo de…

Después de todo, a pesar de que en este pueblo de colonos malolientes, es posible que alguien pensase que ella, la princesa griega lo tenía todo. Nada más lejos de la realidad. La incomodidad de su lecho de rozas era tan cruel como el de un natural que arrancado de sus tierras allá afuera de su casa no tuviese qué comer. Lo pensaba así porque estaba convencida de que su sufrimiento no difería tanto de quienes verdaderamente luchaban por sobrevivir, pero no sabía muy bien por qué. 

Cuando descubrió que el amor humano lejos de complacerla le producía dolor y asco se había complacido pensando en que tal vez un hijo le daría felicidad. En este lugar alejado de Europa, de su familia, rodeado de bárbaros, un niño le daría sentido a su existencia. Había dejado de rezar después de su tercer aborto. Durante el cuarto pensó que Dios la estaba castigando por su falta de fe, pero en poco tiempo se acostumbró a pensar que Dios la había dejado sola, que Dios no se ocupaba de ella y, si es que existes, decía, por fin te ocupas de tus cosas y a mí me dejas en paz. Con esta idea, que Dios se ocupaba de sus propios asuntos ella vivía también en los suyos propios.

Su señoría reverendísima sube al púlpito. Lo mismo de siempre: vengan a misa en su catedral. Entierren a sus muertos aquí. A quién le importa. Agua, Farid. Te pierdes en el sermón y recuerdas la sed y todas las fuentes que has visto en el mundo. La fuente del genovés, la fuente en el patio de la mezquita. La fuente en el barrio náhuatl. Arcos y borbotones. Toda el agua del mundo. Después comienza la Liturgia Eucarística. El regreso del rabí que prometió volver y desde entonces, vuelve.

En la iglesia del aventino sigue el invitatorio y el salmo. Los hermanos siguen la música de Jorge quien vuelve al ataque y ama así cada voz y cada boca, con un amor primitivo que acaricia y parece besar.

La música no había dejado de interesarle, claro, pero le había transformado en un sentido completamente distinto al del maestro Nicolás, para él, lejos de separarlo del mundo, de sumergirlo en una realidad ultraterrena, la música le abría en mundo de sensualidad y deseo que había terminado por enfocarse en estas muchachas que iban y venían en estos baños cerca de los jardines de Nerón en los que ellas vagaban desnudas y susurraban el precio por el que estarían dispuestas a hacerlo todo. 

En aquellos años también tuvo lugar en Farid una mutación porque el aprendizaje del canto en el estilo occidental le había abierto una suerte de lenguaje con el que podía decirse o recordar incluso sucesos que antes habían permanecido ocultos en su memoria. Y aquello era justamente parte del poder de su voz porque en ella resonaba su vida, el nombre de sus hermanos, el lugar en el desierto en el que nació un 20 de mayo de 1481 cuando a lo lejos se escuchaba el simún del desierto y el ruido de los chacales. Sus hermanos, los hijos de su padre con otras mujeres corrían por entre las tiendas del oasis y como al interior de cada una de ellas estaba encendida una tienda de sebo, las tiendas parecían los globos cantoneses que muchos años después vería durante un festejo romano en la casa de Dante. Aprender a cantar en el modo de los europeos había sido en Farid un proceso similar al de aprender a hablar. En 1481, el único nombre que conocía Farid era el de su madre: Jamil.

Y en el mundo, Farid: Piri Reis, un turco, ha entregado a Solimán el mapa de Sudamérica. Hungría y Egipto son del turco. Turco, turco, en todas partes la palabra turco, incluso allá, bajo el ciprés donde Mi abuela Inés convida a sus mascotas dulces exóticos. El monito verde, Farid y tú. Qué placer tenderse y escuchar historias del mar y de América, del emperador que habita un palacio donde nunca se pone el sol.

Y Farid se cree un triunfador. Se cree en paz. Y Hákim lo mira. 

Hungría y Egipto son de los árabes, “el turco.” incluso allá, bajo el ciprés que plantaron para Mi abuela Inés y que en diez años ha crecido lo suficiente como para dar sombra, la palabra turco causa temor. Y a mí me da placer eso: el turco. Ensalza mi hombría. Me da potestad. Soy el turco y me tiendo a escuchar al esclavo que lee historias del mar. Cuentos viejos de caballeros andantes. Soy el turco, el caballero andante que habita el palacio en el lugar donde se pone el sol. Atonatiuh le cuenta a la princesa la historia del fin del mundo. Cómo el emperador mexicano se doblegó a Carlos V. De noche las dos historias se mezclan y me vuelvo un caballero que cruza el bosque de Nicosia, pero el bosque se vuelve selva y mi caballo cabalga escapando de un reino de serpientes aladas, águilas que caen al atardecer, en un jardín de tomates y agua de chía escucho la voz de Atonatiuh que cuenta la historia del fin de México mientras de comer al monito verde. La princesa lo acaricia. Soy yo. Estoy llorando. Me doy cuenta que estoy enamorado de la señora Mi abuela Inés.

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