Para calmar la nostalgia y su miedo, Farid comenzaba a rezar el rosario, un rezo poderoso que había comprobado en varias ocasiones. Sentía que se relajaba y cerraba los ojos, sintiendo una presencia cercana, casi respirándole en la nariz. Mientras repetía el Ave María, Farid se quedó dormido y en su sueño se veía a sí mismo de niño en aquella plaza de Damasco.
Narumi no creía en él y quería irse. Ella nunca le creía, habiendo comprendido que él era un paranoide. Sin embargo, las mujeres tenían esa extraña capacidad de enamorarse de un paranoide o de un loco, mientras que los hombres no. Ellos se encerraban (aquí todos los poemas) y él era una especie de sherezada que la mantenía encerrada, ya que ella deseaba escapar.
Ella investigaba diversas enfermedades psiquiátricas y se preguntaba por qué lo amaba. Una de sus dudas era que Farid sabía que ella dudaba de él, lo espiaba y no le creía. La situación se volvía macabra debido a los sueños apocalípticos y a la religiosidad enferma de Farid, lo cual generaba miedo en ella, especialmente por el hijo que llevaba en su vientre.
En un intento de escapar, ella se cae y el médico le indica que debe reposar. Hay sangrado y Farid decide encerrarla y darle polvos mágicos, como un alquimista (los polvos que vendrán después). Ella comienza a luchar contra ellos, pues teme que el bebé nazca con problemas debido a estos polvos. Farid afirma que el bebé no nacerá, pero en realidad sí nacerá.
La pregunta que surge ahora es: ¿quién es este hombre? En algún momento, ella lo pierde y la historia se convierte en la historia de Oliver Oliver… Todo termina con ella diciéndole que ha vuelto, mientras ella misma se vuelve completamente loca por haber escuchado una historia de amor tan inaudita.