Ella se rió y le dijo lo mismo que todos los griegos:
—Eso no existe —respondió con la insistencia de los griegos.
—Ven conmigo. Verás que sí existe —le respondió Farid.
Narumi mencionó que su madre la echaría de casa, pero Farid le aseguró que eso no tenía importancia. Luego ella sugirió que por qué no dormían juntos, a lo que él le explicó que para él era imposible tener relaciones sexuales.
—Me parece perfecto —respondió Narumi, sorprendiendo a Farid.
—Dormimos abrazados y tuve mucho cuidado de no pensar en el Hades griego, donde me convierto en Sísifo, para evitar cualquier sangrado que pudiera asustarla —recordó Farid.
A la mañana siguiente, Narumi se despertó temprano. Quedaron en encontrarse en el recibidor del hotel a las nueve de la mañana. La madre de Narumi no estaba, pero había un tipo rubio mal encarado presente. Farid le preguntó a Narumi si quería desayunar con él, a lo que ella accedió. Sin embargo, una vez afuera, Narumi le advirtió que no pensara que podría convencerla de ir a un lugar inexistente y lejano en Grecia.
—¿No vendrías conmigo si te lo pidiera por favor? —insistió Farid.
Narumi le respondió que no, ya que consideraba que no había nada menos sensual que un hombre que pedía las cosas por favor.
—¿A qué te dedicas? —preguntó Narumi. Farid le contestó que era historiador, aunque no era del todo una mentira, ya que escribía su propia historia. Aunque quemaba regularmente su manuscrito cuando llegaba a las quinientas o seiscientas páginas, ya que le parecía absurdo pensar que algún día podría entregarle un texto tan extenso. Estaba seguro de que ella no lo leería.
Durante la conversación, Farid le reveló a Narumi algo que era completamente cierto:
—¿Sabes que cuando era niño deseaba ser un esclavo?
Ella se rió mucho y le hizo muchas preguntas, como las que suelen hacer las personas de estos tiempos que no entienden la forma de esclavitud que están experimentando.
—Me hubiera gustado ser esclavo porque pensaba que así podría vivir en casa de una noble princesa. Y ¿sabes qué? Eso es exactamente lo que sucedió. Viví con una hermosa princesa que se parecía mucho a ti —le contó Farid a Narumi.
Narumi pensó que Farid le estaba inventando historias y continuaron charlando sobre diversos temas. A pesar de todo, disfrutaron mucho de su tiempo juntos, aunque tuvieron que apresurarse para pedir la cuenta, ya que a la una de la tarde la madre de Narumi regresaría.
Farid y Narumi continuaron saliendo juntos. Farid no estaba seguro si la madre de Narumi estaba al tanto de su relación. En ocasiones, se dejó llevar por fantasías y llegó a pensar que Narumi podría ser una prostituta, algo que no sería extraño en ese hotel. Sin embargo, nunca la había visto coquetear con ninguna otra persona que no fuera él. Por otro lado, Narumi no siempre estaba disponible.
Poco a poco, Farid y Narumi se fueron convirtiendo en amigos cercanos. A Narumi le encantaba escuchar las historias que Farid le contaba, creyendo que eran solo eso, historias ficticias. Farid se convirtió en una suerte de Sherezada, cautivándola con las mismas historias que quemaba en su manuscrito. Quizás fue por eso o tal vez porque encontraba su apariencia extraña, pero Narumi siempre pedía más relatos.
—No pareces ni niño ni hombre ni mujer —comentó Narumi un día.
Con toda seriedad, Farid le respondió:
—Si quieres, puedo llevarte al lugar donde nací y te contaré mi historia.
Narumi le dio un beso largo e inesperado y luego se marchó. Pero esta mañana, Farid le reveló algo más:
—Sabes, soy un cantante castrado.
Narumi se sorprendió mucho y quiso saber más. Le hizo muchas preguntas, como si eso explicaba por qué había escuchado a Farid cantar aquella vez en el hotel y quién había tocado el violín. Aprovechando la situación, Farid le propuso revelarle la verdad si lo acompañaba a Famaugusta, ya que cerca de allí se encontraba la Bahía del Apóstol, donde él nació. Narumi sonrió y aceptó la invitación, pero advirtió que debían partir de inmediato, sin maletas ni nada, ya que su madre no permitiría que se escapara con alguien tan peculiar como él.
Así, Miguel, es por esto que estoy aquí en esta cita contigo, pero prometo que regresaré a Pafos en unos quince días para volver a verte. Te echo de menos. Realmente siento que lo necesito, volver a verte y hacerte reír como aquel día en que nos conocimos en Jerusalén.