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VI

El 22 de mayo de 1520 en el calendario juliano, el 16 de mayo en el calendario gregoriano, fue el último día de Tóxcatl correspondiente con el 9 Tecpatl del año 2 tecpatl. En aquella ocasión tuvo lugar el inicio de la caída de la ciudad. Cuando comenzaron las luchas entre indígenas y españoles, ya nadie podía controlar nada. Ácatl, el ceremoniero de Moctezuma y Alvarado, el lugarteniente de Cortés, eran de los que deseaban que comenzara la última batalla, por eso Alvarado no había dicho nada cuando vio los preparativos para la fiesta y por eso Ácatl decidió realizarla por más que resultaba evidente que era una provocación. 

El fuego de olor aromático subía por todas partes en el Centro Ceremonial. Fue la preparación más imponente de las fiestas de mayo. Comenzó la procesión. Atonatiuh se vio a sí mismo vestido con el traje de emperador. Le pusieron frente a él un espejo de bronce. En su superficie bruñida brillaban las plumas. Era la imagen de Tenochtitlan, joven y deseosa de probar que era inmortal. Se abrieron las puertas y entró la parihuela con Ácatl al frente. Todos se inclinaron frente al dios que sería sacrificado, Atonatiuh subió a la silla que levantaron los hijos de los hombres más nobles de Tenochtitlan y a una orden de Ácatl, la procesión salió del Palacio.

 El 16 de mayo de 1520 tuvo lugar la Fiesta de Tóxcatl y la Matanza del Templo Mayor. Pedro de Alvarado quien se quedó al mando de la ciudad, ordenó que detuvieran lo que consideraba una provocación. Se discute si hubo o no sacrificados. Hay quien piensa que se trataba sólo de una ceremonia con bailes y flores. Lo cierto es que hubo una masacre que enardeció a los soldados mexicas. La situación se había hecho insostenible, los españoles tenían ya más de un año en la ciudad y lo habían puesto todo de cabeza, el emperador se encontraba encerrado en su propio palacio y no podía tomar ninguna decisión. Hubo anarquía. Frente al vacío de poder, se pensó  que tal vez la fiesta volvería a unir a los mexicanos. ¿Se pensó? ¿Quién lo pensó? La masacre precedió a la derrota de los españoles que se conoce como Noche Triste. 

Hay quien ha dicho que Pedro de Alvarado pensaba que las festividades eran una actividad de guerra, que anticipó un ataque sopresa contra su guarnición. Ante el ataque, la ciudad, completamente enloquecida se lanzó al Centro Ceremonial para acabar con los conquistadores y Alvarado consiguió que las multitudes se pusieran peor cuando se le ocurrió sacar a Moctezuma al balcón del Palacio de Axayácatl para calmar la multitud. Fue entonces que comenzaron a apedrear al tlatoani. El sujeto de cohesión de toda aquella sociedad no servía más. 

En el afán de dar coherencia a una serie de hechos que son muy difíciles de verificar a causa de la falta de fuentes indígenas y las mentiras escritas por los conquistadores, se ha dicho que durante aquellos disturbios murió Moctezuma. En realidad parece que murió unos días después. En un ridículo intento por hacer de aquel inicio de la historia de México un poco más románticos, se cuenta a los niños que la piedra que mató a Moctezuma fue lanzada por Cuauhtémoc. Se quiere hacer con ello, del último tlatoani una suerte de David que había vencido a Goliat, otra vez.

Esta mentira, la de que Cuauhtémoc mató a Moctezuma con una pedrada es un mito que surge con el intento de los evangelistas por equiparar la historia de la conquista española con la historia cristiana de la salvación. Trastocaron los personajes, Cuauhtémoc es un David y Moctezuma un Goliat. ¿Y Cortés? ¿Acaso Hernán Cortés, este aventurero sedicioso encantado con seducir mujeres, indígenas y españolas tenía las alturas de Moisés?

Cuando terminó la conquista de Tenochtitlan, unos meses después de la fiesta del Tóxcatl y los españoles comenzaron a educar a los indígenas de todo aquel imperio se trató de ofrecerles algo de dignidad. Pensemos en lo complicado que había sido para aquellos niños hijos de quienes murieron en la batalla contra los españoles. Los odiaban en Tlaxcala, los odiaban en Cempoala y Michoacán. Todo lo que hoy es México había odiado a los aztecas. Los evangelistas trataron de darles un poco de dignidad y esto, claro, convenía a los conquistadores, pero no. Cuauhtémoc no era David, ni Cortés fue nunca confundido con Dios.

En náhuatl, la palabra Tóxcatl significa cosa seca, falta de agua. En el calendario mexica es el quinto mes. Son veinte días dedicados a Tezcatlipoca y Huitzilopochtli; se le ofrecía al dios de la guerra maíz tostado engarzado a manera de collar que se colocaban en los hombros de las deidades que eran llevadas en hombros por danzantes. Las representaciones de los dioses eran hechas con amaranto mezclado con miel. La fiesta tuvo lugar en los patios del Templo Mayor para celebrar el final del mes seco. Estas representaciones de los dioses, por cierto, se han transformado en un dulce mexicano: la palanqueta. 

Atonatiuh iba cubierto por un palio el humo del copal al pie de la pirámide costras de sangre. Batía el corazón. Trató de entender lo que había aprendido en la cueva de las águilas cuando comenzó su entrenamiento guerero. Esta pirámide era el puente entre lo fugitivo y la eternidad. Atravesó el muro de incienso Subió el primer escalón de la pirámide. Futuro y pasado le arrancaron la paz que consistía en la frescura de la piedra. Cada uno de sus pasos Desde la que iba viendo la grandeza de la ciudad desde lo alto de la pirálos más hermosos pétalos pero el futuro lo estaba aplastando

      En una litera dorada, cubierto por un palio del color del cielo Atonatiuh penetraba la zona sagrada de la ciudad. Cruzó un muro de humo de copal y se aproximó caminando al primer peldaño de la pirámide. El corazón le batía. Era el tabernáculo donde yacía incierto el fuego que reiniciaría el ciclo del nuevo sol. En él había vuelto el temor primigenio, el temor a la muerte y pasado y futuro se agolpaban en su cabeza arrancándole la paz del presente.

      Iniciaron los cantos. Atonatiuh subió descalzo y niños y niñas parados en cada uno de los peldaños lanzaban a sus pies pétalos de flores.

      Llegado al primer descanso sentía ya que el futuro lo estaba aplastando, pero siguió adelante erguido, con la dignidad de un dios verdadero y conforme ascendía, la blancura de la ciudad se fue volviendo salvaje, era una brillantez que estaba a punto de deslumbrarlo y el llanto de las viejas, el grito de los niños, la admiración de los hombres hicieron que el miedo escapara y él en su ascenso se sintió contento con ese destino.

      En lo alto de la pirámide, tan cerca del sol, pensó que era digno morir así en un presente por siempre que reiniciaría por siempre el ciclo infinito que iniciaba en el batir de su corazón.

      Le quitaron la capa, un esclavo humedeció su pecho para que estuviese limpio. Lo condujeron a un trono de piedra y cuero y lo coronaron con plumas preciosas rojas y verdes. Comenzó la ceremonia.

Se quemaron fuegos y Atonatiuh acababa de entrar en la zona sagrada con cincuenta muchachos. Había habido música y bailes y, en lo alto de la pirámide, Atonatiuh se había sentado en el trono imperial. 

Se consumará el sacrificio. Por más que los conquistadores no quieran, había dicho Ácatl, el gran ceremoniero. Y Marina y Alvarado y todos aquellos que se habían quedado a cargo de la ciudad en ausencia de Cortés, sabían lo que iba a suceder. Hubo algunos en la corte de Moctezuma, que pidieron que la fiesta no tuviera lugar. Fue imposible. Comenzaron a extraer los corazones. Uno a uno iban cayendo los cuerpos desde lo alto de la pirámide. Lo único verdadero, pensaba Atonatiuh, es que todo morirá.

Desde la noche anterior, Alvarado había contravenido las órdenes de Cortés quien le había pedido que se mantuviera tranquilo. Ordenó a sus hombres que estuvieran listos para atacar.

A menudo se piensa que, en las religiones apocalípticas hay un solo final. Una gran batalla que tiene lugar y de cuyo resultado depende el destino de todos los hombres. El Apocalipsis sin embargo, tiene, como todas las dimensiones espirituales, tres niveles. En la dimensión histórica aquel era el inicio del apocalipsis. Una batalla que cambiaría el rumbo de todos los involucrados. Pero además está la dimensión personal. Para todos aquellos muchachos, morir de aquella manera implicó el encuentro con el final violento de un mundo en continuo cambio. Por último está la dimensión cósmica. En efecto, el Apocalipsis aún no ha sucedido, pero sucederá. Los españoles estaban preparados para atacar durante la fiesta de mayo desde el día 15 de mayo de 1521. Y los aztecas sabían que los iban a atacar. ¿Fue una provocación? Es posible. Como es posible que tanto aztecas como españoles estuvieran, coo Atonatiuh a nivel personal, borrachos ante el estupor de lo que estaba por suceder. La historia estaba frente a ellos.

Ácatl, el ceremoniero, estaba convencido de que, en el momento en que Atonatiuh fuese entregado a los dioses, algo sucedería. La revelación, el Apocalipsis tendría lugar y todo volvería a su centro. O no, tal vez todo se destruiría. Hay momentos en la historia del ser humano en que desea destruirlo todo, que se acabe todo, que todo acabe de una buena vez, que se acabe este mundo dicen quienes, fastidiados con la existencia, desean que todo termine para que, tal vez, vuelva a empezar. Es, quizás, la misma sensación que tiene un borracho cuando lanza una botella vacía contra un espejo o la del suicida que carga la pistola y se dice: cualquier cosa es mejor que seguir pensando. Cuando tenga en mis manos su corazón, se decía Ácatl, renacerá Tenochtitlan. O quizá morirá. Ya no es importante. Todo va a cambiar.

Y en efecto, cambió. El ceremoniero, pareció mirar por primera vez la cara de Atonatiuh y se sorprendió. El muchacho ni siquiera temblaba. Nunca había conocido un sacrificado tan propicio. 

Fue entonces que irrumpieron los españoles en la plaza y comenzó la carnicería. Los danzantes murieron a cañonazos, los tlaxcaltecas que estaban con los conquistadores se lanzaron a luchar contra los mexicanos. Unos y otros murieron con hachas clavadas en cráneos y pechos, sin sentido ni gloria. Murieron viejos y ancianos que habían venido a la celebración, los campesinos y los educados en el calmécac, los veteranos de guerra, los calpixques. Todo el mundo de Moctezuma se había dado cita en aquel centro ceremonial para asistir a la muerte de Atonatiuh, la muerte de México Tenochtitlan. 

Murieron los intérpretes de los códices y arriba en el bosque, Moctezuma alimentaba a los peces y jugaba con sus hijos. Huitzilopochtli y Tezcatlipoca se habían desatado. Desde el palacio de Axayácatl comenzaron a disparar los españoles. 

Cuando Atonatiuh se dio cuenta de que los conquistadores venían hasta el centro ceremonial para salvarlo, ordenó en una suerte de éxtasis. 

      —Sácame el corazón.

      El ceremoniero levantó el cuchillo de obsidiana. Abajo, la multitud se agolpaba en un rugido, en el éxtasis de la sangre. Se golpeaban, se mordían las lenguas hasta sangrarse. Era ya tal la embriaguez de la fiesta, que no entendieron que aquel sol no renacería nunca más.

Volvió a pensar que en cuanto aquel corazón, que sin duda sería hermoso, estuviera en sus manos todo habría de recomenzar. Tal vez se detendría la masacre o tal vez bajaría el mismo dios para librarlos a todos de los enemigos. Y lo sucedido ese día estaría inscrito en códices secretos que se leerían de generación en generación.

Un rayo de luz roja, tal vez el sol, tal vez la tea, tal vez el golpe de un arcabuz iluminó la cara de Atonatiuh y Ácatl temblando se dio cuenta de que aquí, en este muchacho estaba dios, el verdadero dios, el único dios. Atonatiuh se levantó y caminó voluntariamente, sin temblar hacia la piedra de sacrificios.

Este es el rostro del sol, que voluntariamente se deja amarrar en la piedra de sacrificio. Y es que, en el muchacho había tenido lugar un cambio singular. En cuanto vio la masacre, se convenció de que era su culpa. Había caído sobre de él todo el peso del universo. Él tenía que sacrificarse. Se acostó sobre la piedra de sacrificios y ahí se mantuvo hasta que los tlaxcaltecas subieron hasta lo alto de la pirámide donde también comenzaron a luchar. De un puñetazo, Ácatl fue lanzado por la escalinata. La multitud recibió su cuerpo desmembrado. Entonces, Atonatiuh cogió el cuchillo de obsidiana. Como no había realizado nunca un sacrificio, pensaba, como muchos, que los corazones se extraían por el pecho.

En el debate en torno a la verdad y la fantasía en todo lo relacionado con el México antiguo, ha habido investigadores que se han preguntado si es posible sacar un corazón como se dice que hacían los aztecas. Diversas fuentes, todas puestas en duda, han dicho que, por ejemplo, durante el nombramiento de Moctezuma como tlatoani de Tenochtitlan se sacrificaron a doscientos mil hombres y mujeres que habían sido hechos prisioneros para este propósito. ¿Cuánto tiempo llevaría semejante tarea? Extraer el corazón por el pecho es prácticamente imposible si no se realiza en verdad una tarea muy complicada porque es necesario romper la caja toráxica. Se ha sugerido, por tanto, una técnica que resulta muy sugerente. Los sacerdotes aztecas sacarían el corazón por la parte del estómago. Si se hace una incisión lo suficientemente grande y se tiene cuidado de no hacer estallar el corazón, es posible meter la mano por debajo de la caja toráxica y sacar el corazón mientras ún se encuentra batiendo. Pero esto, Atonatiuh no había llegado a saberlo.

Atonatiuh volvió a acostarse, miró al cielo. y se abrió el pecho, pero un soldado había venido a cortar los lazos que lo mantenían atado a la piedra de sacrificio. Cuando tuvo libre la mano, el joven dios le dio un puñetazo al soldado quien trató entonces de rebanar el cuello de su oponente, pero aún atado, Atonatiuh consiguió escivarlo. Con un nuevo golpe, que le permitió arrancarse la cuerda de la mano izquierda, y con los pies lo arrojó por el costado de la pirámide. Atonatiuh se sintió liberado y creyéndose un Dios cogió el hacha de pedernal. 

Atonatiuh, bajó lentamente, con el tlaxcalteca y la multitud azorada le abrió paso. Mirándolo con la reverencia de quien ha vuelto de entre los muertos.

 Atonatiuh despertó de madrugada. Lo despertó la muerte que desgarra y recordó haber soñado esas caras. En su sueño, esos hombres y mujeres eran los dioses del inframundo alimentándose del cuerpo inocente de muchachos como éste que había subido con la intención de salvarlo. Pensó en el hombre que había matado. Se arrepintió tanto que no por sus cualidades heroicas sino por odio a si mismo se recostó en la piedra de sacrificio, tomó el cuchillo de obsidiana que había blandido Ácatl y él mismo se lo encajó en el pecho.

Atonatiuh, bajó lentamente, con el tlaxcalteca y la multitud azorada le abrió paso. Mirándolo con la reverencia de quien ha vuelto de entre los muertos

Atonatiuh se había desvanecido en lo alto de la pirámide. La herida en el pecho no había sido lo suficientemente profunda. El dolor lo había desmayado antes de que la obsidiana tocara su corazón.

Se levantó mareado y triste. Desconcertado, enajenado, fuera de sí. Y le sorprendió, antes que cualquier otra cosa ver que la ciudad seguía en pie aunque parecía haberse vaciado de gente y el viento golpeaba con aullidos de miedo. Le pareció entonces que había despertado en el Mictlán y le sorprendió que no viniesen a recibirlo los dioses, ni su padre, ni su hermano, el pequeño Izcóatl.

La madrugada de la masacre del templo mayor, mientras los hombres se preparaban para la batalla, las madres se despedían de sus hijos. Gritaban llorando y les decían acariciando sus caras como si fuese la primera vez que las vieran: “¿Qué será de ti”.

      Atonatiuh vagó por una ciudad que ya sólo parecían estar habitando las prostitutas. Fue hacia el norte, hacia el puerto de Tenochtitlan y le crecían las ganas de unirse con los cadáveres que fue viendo, los despojos en la rivera. Le dolía el pecho. En su deseo de sacarse el mismo el corazón había conseguido apenas una pequeña cicatriz. El golpe no había sido ni siquiera lo suficientemente fuerte para romper el tórax.

      Cuando, exhausto, no pudo seguir caminando, se recostó sobre un árbol que miraba al este y con los ojos fijos en el lago se dijo: “que vengan, pues, los nuevos dioses por mí”.

      Lo despertó el sol radiante del sol de mayo. Era un sol extraño que iluminaba la ciudad con esta certeza: “hemos sido asesinos todo este tiempo, asesinos y nada más”.

Atonatiuh parecía muerto, pero la herida en el pecho no había sido lo suficientemente profunda. Viendo la zona sagrada destruida, se convenció de que el sol, para siempre se había apagado por culpa suya. Miró a la gente furiosa lanzarse contra el palacio. Sin saber que Moctezuma estaba prisionero en El Chapulín, fueron contra el palacio de Axayácatl y gritaban: ¡No somos más tus vasallos!

      «!Ah! Si el padre Moctezuma pudiera escucharlos, qué tristeza sentiría», pensó Atonatiuh. Pero el rey estaba prisionero en el palacio del Chapulín.

         Alrededor suyo se levantaban ardiendo las paravelas. Serpenteaban hacia el cielo. Se había acabado el ruido. Era de madrugada y en el Palacio de Axayácatl estaban encendidas las luces. Junto a él escuchó a un hombre llorando. Era Ácatl. Cuando Atonatiuh se incorporó sintió el dolor en el pecho. Tenía una costilla rota. Apenas había alcanzado a romperse una costilla con el golpe que se dio en el corazón. Ácatl lo miró como un enajenado.

      —Mira —le dijo—. Despierta para ver lo que has ocasionado.

      Desde lo alto de la pirámide vio el Templo Mayor en llamas. Los cañones de los castellanos habían alcanzado algunas de las esculturas y todo estaba lleno de cadáveres sobre los que volaban aves de carroña.

      —Pronto vendrán los chacales —dijo el gran sacerdote. 

      Escuchó que lo llamaban y Ácatl, malhumorado, se levantó. A pesar de haber llorado, aún se veía alto en dignidad. 

      —Ahí está. Viene por ti la mujer que te ama. Y te la puedes quedar. Ha terminado el sexto sol. No hemos sido dignos de darle vida. Has sido un pequeño dios cobarde que merece vivir aquí.

      El sacerdote comenzó a descender la escalinata de la pirámide. Se encontró en la base con Nauhtli quien se inclinó frente a él con la misma reverencia con la que lo había hecho siempre. Ácatl se aproximó a ella, la levantó por la barbilla y le dio un beso muy tierno. Cuando abrió los ojos descubrió que ella lo estaba mirando muy sorprendida. Le tenía miedo. Era innecesario. Había terminado su lugar en este mundo. Tampoco él merecía la eternidad. Esto era su futuro, la ciudad destruida, la ciudad demolida por aquellos tlaxcaltecas. 

      Nauhtli subió hasta lo alto de la pirámide. Atonatiuh se había incorporado sobre las costras de su sangre. Era mucho el dolor, pero se dejó abrazar por ella que se inclinó ante él y se echó a sus pies llorando y llorando le acarició sus pies desnudos, sus pies de príncipe. Los besó y le dijo hermosas palabras que antes lo hubiesen impulsado al amor, pero él había perdido demasiada sangre y ella tuvo que ayudarlo a desatarse y bajar de la piedra de sacrificios. Era mentira. Nadie conocía el día de su muerte. Ni siquiera el dios de mayo. 

      Bajaron la escalinata y cuando Nauhtli lo conducía hacia el Palacio, Atonatiuh se negó. Le pidió que fueran al muelle imperial. El muelle en el que él, Atonatiuh, había descendido el día que conoció la ciudad de los dioses. Se sentó para descansar y para ver cómo se reflejaba el cielo en el lago, como habían hecho la ocasión en que se amaron por primera vez. Luego dijo que tenía hambre y se dirigió al mercado donde comenzó a buscar comida entre la basura. Había enloquecido. No hacía otra cosa que murmurar que era su culpa la destrucción de la ciudad y sin embargo al día siguiente, cuando comenzaron los dolores de parto de Nauhtli, él la ayudó. El hijo del dios de mayo nació en los escombros de Tenochtitlan. 

En su camino, mareado, exaltado, sintiendo que se movía en un estado intermedio entre el tiempo de Dios y el tiempo del hombre, Atonatiuh caminó por la ciudad. Le sorprendió que sus sentidos comenzaran a abrirse, a escuchar, a ver y sobre todo a oler. Los muchachos, las vírgenes, los hombres derrotados, deformes. Había un gemido de tristeza, de Había muchachos y vírgenes, hombres deformes y príncipes de la cuna más noble. Creyó mirar a los sacrificados de la ciudad de los dioses, aquellos niños y niñas sobre las que se construyeron los templos del sol y la luna en la gran Teotihuacán.

Atonatiuh despertó en las ruinas del palacio de Axayácatl.

      —Conozco cada uno de tus miembros —decía Nauhtli—, por eso pude reconocerte en el mercado.

      Atonatiuh se revolvía como tratando de despertar de un sueño.

      —No soy un dios —decía.

      —Si lo eres —murmuraba la pequeña Nauhtli y le besaba los pies.

      Desilusionado constató que seguía en el mundo. Y fueron los cadáveres que devoraban los buitres los que lo convencieron de que seguía aquí.

      «El sol —pensó— debe haberse apagado». Se culpó de semejante desgracia. Era un asesino del sol.

Aquí se revela que Malinalli es la amante de Atonatiuh. 

      ¿Qué es la verdad? La muerte, el descenso del sol. El infortunio. Que todos los afanes que sobrevivimos día con día se acumulan en nuestros huesos. Cuauhtláhuac volvió a su habitación. No había querido celebrar con sus nobles y generales su coronación. Se sentía muy cansado, tanto que alterando todos los protocolos que unas horas antes había jurado obedecer, lo único que estaba deseando era volver a su habitación y dormir. Cerrar los ojos y no saber del miedo que lo estaba atormentando. El miedo de que no existiese tal cosa como una verdad. De que estuviese equivocado y que todas las guerras que había batallado se elevaran al cielo convertidas en humo, en nada. Ordenó que lo dejaran solo y que apagaran las antorchas. Ahí, en la oscuridad volvió a recordar la cara de aquel esclavo que le traía de comer cuando era prisionero de Hernán Cortés.

 Esa noche, antes de escapar de lo que evidentemente era una trampa, los españoles hicieron una misa y escogieron quien iría con ellos. 

—¡Reverentiam! —dijo el ceremoniero.

      La procesión se inclinó frente a la cruz de madera. Atonatiuh pensaba en la debilidad de su señor Moctezuma y en un Dios que en el acto infinito de su poder se hace débil y así débil mantiene al universo unido gracias al poder de sus débiles brazos.

      —Procetsio.

Emergió de entre el humo la cruz. El más pequeño de los niños e hizo sonar una campana. Atonatiuh se sintió consternado con el novedoso sonido del bronce.

El ceremoniero suspiró cuando escuchó arriba, en el coro, cómo la voz de Atonatiuh se enredaba en la voz de Farid. Emergieron las voces del humo y se hizo primero silencio en la mente de los reyes y los príncipes. Luego todo se les llenó de música. El tiempo se hizo Dios. Era la voz de bautismo del joven Chimalpopoca, de los viajes que estaba por iniciar, de un alma que no sabe si es por voluntad o justicia.   Era la voz del desierto del norte, de la peregrinación, de un pueblo de garzas blancas. La garganta de Atonatiuh no era más poseedora de esos sonidos que las nubes del color de los atardeceres.

Uno a uno fueron bautizados los niños tlaxcaltecas, uno a uno los guerreros, las mujeres y Atonatiuh que había venido al Anáhuac para ser sacrificado se convirtió en el cantante del bautizo del rey.

1520 19 de mayo. Tras sobornar a algunos procuradores, Carlos I consigue que le voten el servicio las Cortes de La Coruña. Se oponen hasta el final los procuradores de Córdoba, Jaén, Madrid, Murcia y Toro. Se hallan ausentes los de Toledo y Salamanca.

 Carlos rezaba solo en la capilla de su palacio en Valladolid. Entró por la puerta un viento que parecía querer apagar los candelabros, pero uno de los sirvientes cerró discretamente la ventana para no interrumpir las meditaciones El emperador esperaba en la nave central de la catedral de Valladolid. Entró un hombre y el viento comenzó a dar vela tanto que parecía que iba a apagar todos aquellos candelabros. Volvió al rey español la inquietante sensación que tenía de niño, el miedo a la oscuridad que sólo alejaba su tía Margarita. Era de noche y a pesar de que estaba convencido de que estaba a salvo había en él la idea de que podía ser atacado. Hacía varias horas que estaba rezando por la salvación de su alma porque lo deseaba. Deseaba la muerte de aquel hombre. Había deseado la muerte de su tío. Había deseado la muerte de Francisco I. ¿Para qué quieres ser emperador? Se preguntaba. Se daba cuenta de que en lo que refiere a la gloria terrena la tenía toda desde que había nacido en Flandes. Desde que su abuela lo llamó el Matías sobre quien Dios había lanzado la muerte de la sucesión de los pueblos españoles. Pero además estaba la realidad de todas aquellas muertes. Había muerto su tío Miguel de la Paz siendo un niño, su madre había enloquecido. Había silo la desgracia la que lo había llevado al trono español y ahora era el dinero el que le estaba entregando ese trono. El trono del César, del custodio de la cristiandad. Dio gracias a Dios a pesar de que se sentía culpable. Al mismo tiempo entraban los muros de la ciudad un grupo de jinetes. Señores habían dicho, el rey nos espera. Habían explicado a los guardias que venían de Alemania. Para que la guardia del rey lo supiera hicieron sonar los cuernos. Carlos se levantó. Entraron diez caballeros armados a la catedral. Los tres más poderosos se adelantaron y pusieron la rodilla en el suelo. Salve, César dijeron. Nada más. El último elector había aceptado el soborno, Carlos había sido nombrado emperador del trono de Carlomagno, era el contrapeso del papa en asuntos humanos. Era el hombre más poderoso del mundo. Era Carlos V emperador del Sacro Imperio Romano-Alemán.  

Al día siguiente comenzaron los preparativos. Llevarían tanto tiempo que el emperador estaría ausente de España durante dos años. Nombró a su cuidador Adriano de Utrecht senescal. En poco tiempo sería coronado. El día de su cumpleaños. En la corte de Moctezuma, el otro emperador del mundo, estaban celebrando el fin del año Ce-Ácatl, el año de Quetzalcóatl. Pronto comenzaría el año dos Pedernal, y lo hacía por iniciativa de Ácatl pero a decir verdad ya no gobernaba nada y en Tenochtitlan por primera vez desde la fundación de Tenoch había anarquía. tenía que celebrarse en la capilla Palatina de Aquisgrán, la antigua 

1520 mayo 20 zarpa Carlos I desde La Coruña rumbo a la tierra alemana.

“El 11 de enero de 1519, murió su abuelo (Maximiliano, emperador de Alemania); como la sucesión era electiva, fue elegido Carlos V el 28 de junio de 1519; Carlos V logró la elección imperial (28 de junio de 1519) merced a la corrupción y los sobornos: usó cantidades enormes de dinero, prestadas por el banquero Jacobo Fugger, para pagar a los príncipes alemanes que debían designar al nuevo emperador. El 20 de mayo de 1520, dejando de regente al Cardenal Adriano, marchó para Alemania, donde fue coronado como emperador de Alemania el 22 de octubre de 1520 en Aquisgrán.

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