Año 2005, enero, 24. La Habana. 18:12h.
Las olas golpeaban la piedra con una suavidad inmunda. Canchola bajó del auto con la mirada en el horizonte y la pistola aún cargada. Alguien, desde lejos, gritaba “¡quítate los zapatos!”, pero él ya había metido el pie en la arena y no pensaba retroceder. La brisa lo envolvió como un olor antiguo. No a mar. A sangre.
A lo lejos, los muchachos jugaban a lanzarse una pelota vieja. Iban desnudos. Uno de ellos, el más pequeño, tenía en el cuello un collar brillante, probablemente robado. Canchola se lo quedó viendo. Pensó en su hija, en Maruca. Pensó en la vez que ella quiso tirarse al tren por un tipo de esos, igualito. Pensó en los rostros que se repiten.
Pili caminaba detrás de él, con un cigarro en la boca y una carpeta bajo el brazo. Abrió la carpeta y dijo: “Aquí está. El nombre verdadero del Alemán. Era diplomático. Encubierto. Pagado por la Embajada Alemana. Pero ya no importa, jefe. Está muerto”.
—¿Y el niño? —preguntó Canchola sin mirar atrás.
—David —dijo Pili—. Lo están buscando también los gringos. Y alguien más. Un tal Farid.
El sol bajaba. Canchola se acercó a los niños. Uno lo miró. Le preguntó sin palabras si lo iba a detener. Canchola siguió caminando.
Al fondo, Marcial lo esperaba en una palapa de bambú. Sonreía con esa boca torcida de los que saben más de lo que dicen. Canchola se sentó sin saludar.
—¿Y el cadáver?
—En la piscina.
—¿Y la Madonna?
Marcial señaló con la cabeza hacia la casa. Había un cuadro colgado justo frente a la puerta. Era la Virgen de los peregrinos. Pero no era una copia. Era una falsificación deliberada. Hecha para encubrir algo.
Canchola caminó hacia la pintura. La miró. Sabía lo que estaba buscando. Tocó el pie sucio del niño. Nada. Tocó otra vez. Esta vez sonó un clic. Un compartimento se abrió en la pared. Dentro, un disco duro envuelto en plástico negro.
—Niño Pedro lo va a querer ver —dijo Canchola, sin voltear.
Marcial no contestó.
—¿Dónde está David?
—En Roma.
—¿Seguro?
Marcial levantó la copa. Brindó con nadie.
—Estamos todos muertos, Canchola. Algunos todavía caminan, pero ya están podridos por dentro.
—¿Y el Alemán?
—El Alemán ya pagó.
—¿Y René?
—René es otro cuento. Está buscando al Principito. Pero creo que ya no lo va a encontrar.
Canchola guardó el disco en su saco. Salió de la casa. No se despidió. Al pasar junto a los niños les lanzó una mirada que era una plegaria. O una maldición.
Ya en la carretera, encendió la radio. Una canción vieja de bolero cubría el mundo. El mar, detrás, seguía batiendo sus aguas podridas. La Habana, pensó, no es lo que solía. Pero nada lo es.
Pausa.
—Pili, llévate a los niños. Yo tengo que ir a ver a Don Isidro.
Ella asintió. Se quedaron en silencio, como quien recuerda un crimen que aún no se ha cometido.