Canchola

Archivo / Núcleo del personaje

Un frasco entre las manos. El campo deja de guardar silencio.

Canchola · Reloj de Ciudad de México

Emisión del día · 04/11/2026

¿Dónde está Omar ahora?

2001, mayo, 22. La Habana. 05:34 h.

Que todo fuera de él.

Ivan Walsh levanta la vista del cuaderno.

Casey sigue conectado, pero ninguno de los dos ha hablado durante varios minutos. Afuera ya es mañana y la ciudad ha perdido el aspecto extraordinario que adquiere cuando uno permanece despierto toda la noche. Pasan coches. Alguien levanta una cortina metálica. Una mujer barre una acera. Lo sorprende que el mundo continúe tan fácilmente después de ciertas ideas.

—Casey.

—Aquí.

—¿Te acuerdas de lo que dijiste de los centros?

—Qué cosa.

—Amatlán. La Madonna. Los lugares donde alguien decide que está en el centro.

Escucha cómo deja de teclear.

—Sí.

—Creo que no buscamos solamente lugares.

—¿Entonces?

Piensa en Omar.

En Chavita.

En cinco estudiantes acusados de robar comida y un hombre capaz de cambiar el significado del robo mediante una carcajada. No porque aquel episodio tenga relación con sus muertos. Se niega a hacer esa estupidez. Fidel no entra en su serie porque Omar le haya contado una anécdota. La relación, si existe, está en otra parte.

—Personas que se convierten en centro —dice.

—Eso es bastante amplio.

—Ya sé.

—Todo líder hace eso.

—No.

Se sirve café del que quedó ayer y lo prueba frío.

—No digo que quieran mandar. Digo que consiguen que las acciones de los demás sólo tengan significado en relación con ellos.

Casey guarda silencio.

—Explícate.

—El muchacho roba comida. Eso significa una cosa. Después llega alguien y dice que demuestra inteligencia. El director queda como idiota. El muchacho como héroe. El acto no cambió. Cambió quién tenía derecho a explicarlo.

Casey tarda.

—Y tú crees que La Madonna hace eso.

Mira la Virgen.

—Creo que alguien lo hace.

Un cadáver en una piscina deja de ser sólo un cadáver cuando aparece la Virgen.

Un muchacho muerto deja de pertenecer únicamente a su familia cuando alguien lo coloca dentro de una serie.

Un estudiante que muere el 11 de septiembre termina convertido, veinticuatro años después, en una pieza de su rompecabezas.

Y quizá ellos están ayudando.

—Casey.

—Qué.

—Cada vez que encontramos una relación, ¿es una relación de qué? ¿Quién gana resignificando las relaciones?

—No entiendo.

—Nosotros creemos que estamos descubriendo el patrón. Pero ¿y si el patrón existe únicamente porque alguien quiere que lo descubramos?

—Eso ya lo habíamos pensado.

—No exactamente.

Camina hacia el balcón.

—Hasta ahora hemos supuesto que el autor necesita a las víctimas.

—Sí.

—Quizá necesita más a los investigadores.

Silencio.

—Para qué.

—Para terminar el trabajo.

Ahora Casey no dice nada.

Piensa nuevamente en Chavita. En esa autoridad degradada delante de los alumnos hasta que sólo queda una. Todos miran al mismo hombre para saber si nadar es valentía o estupidez, si robar es delito o inteligencia, si un adolescente puede manejar un jeep.

No importa lo que ocurrió.

Importa quién lo narra.

—Nosotros hacemos que los muertos pertenezcan a la serie —dice.

—Ivan Walsh.

—Casey, piénsalo.

—Lo estoy pensando.

—Antes de encontrarlos son personas muertas en circunstancias distintas. Nosotros ponemos la Virgen, las fechas, los lugares, 3841, Walsh, Bernardo. Nosotros hacemos la flecha.

—Porque alguien dejó esas cosas.

—Exacto.

—Entonces no las inventamos.

—No.

Mira el cuaderno.

—Pero las obedecemos.

Casey vuelve al teclado.

—Voy a revisar algo.

—Qué.

—Los expedientes.

Escucha teclas durante casi un minuto.

—Hay una cosa rara.

—Cuál.

—Algunos no tienen nada en común hasta después de que alguien investiga.

Se sienta en el sofá. Agotado de tratar de reescribir La Virgen de la Tribulación. 

—¿Después cómo?

—El primer archivo sólo contiene nombre, imagen y lugar. La Virgen aparece en una actualización posterior.

—Cuánto después.

—Depende.

—¿Después de la muerte?

—Algunas veces.

Eso cambia algo.

—¿Y otras?

—Después de que la policía conecta el caso con otro.

Se queda quieto. Piensa en un sitio web. 

—¿Quién actualiza La Madonna?

—No sabemos.

—¿Puede estar observando la investigación?

—Claro.

—No. Quiero decir…

Ya sabe lo que quiere decir.

—¿Puede estar aprendiendo de nosotros?

Casey no responde.

—Casey.

—Sí.

—¿Puede estar incorporando nuestras propias hipótesis?

Vuelve a teclear.

—Dame un minuto.

Mientras espera regresa al cuaderno.

Hay una última línea debajo de la historia de Omar.

No estaba en el relato anterior.

Toda autoridad necesita un testigo que acepte la nueva versión.

Debajo aparece otra frase, más pequeña:

Y el criminal también.

No le gusta.

Es demasiado perfecta.

Pasa el dedo.

La tinta está seca.

Eso, inexplicablemente, lo tranquiliza.

—Ivan Walsh.

Casey vuelve.

—Qué.

—Tengo un ejemplo.

—Dime.

—El cuerpo de la piscina.

—Sí.

—La primera entrada no menciona a la Virgen.

—Pero estaba allí.

—Eso creemos ahora.

—Tenemos la fotografía.

—La fotografía apareció después.

Siente que algo se mueve.

—Después de qué.

—Después de que Canchola dijo que había visto una reproducción parecida en otro expediente.

—Entonces alguien añadió la imagen.

—O subió una foto que ya tenía.

—¿Cuánto tardó?

—Veintisiete minutos.

No dice nada.

—Casey.

—Sí.

—¿Quién estaba presente cuando Canchola lo dijo?

Empieza a buscar.

Mientras espera piensa en Omar otra vez, aunque ahora la historia ha dejado de hacerle gracia. No por Fidel. No por Chavita. Por la estructura.

Una autoridad pronuncia una interpretación.

Los demás la aceptan.

A partir de ese instante todos recuerdan el acto bajo esa forma.

Tal vez un sistema criminal pueda funcionar igual.

No necesita falsificar el pasado entero.

Sólo necesita intervenir en el instante en que alguien está tratando de comprenderlo.

Casey deja de teclear.

—Tengo la lista.

—Quiénes.

Le da cuatro nombres.

Canchola.

Pili.

Don Isidro.

Y un técnico.

—¿Cuál técnico?

—No hay apellido.

—Nombre.

Casey tarda.

—Bernardo.

Siente inmediatamente la estampa en el bolsillo aunque han pasado veinticuatro años.

—Repite.

—Bernardo.

No quiere hacer la inducción. Aparece sola.

Paseo del Prado.

La Virgen.

La estación abandonada.

Peregrinos.

—¿Edad?

—En 2023, cuarenta y tantos.

Hace la cuenta.

Veintitantos en 2001.

Podría ser.

Eso no significa nada.

Puede haber diez mil Bernardos.

—Foto.

—No hay.

—Busca.

Casey intenta algo.

—Hay una credencial vencida, pero la imagen no carga.

—Mándamela.

—No hay imagen.

—Casey.

—Espera.

Escucha clics.

Después deja de hablar.

—Qué.

No responde.

—Casey.

—La página cambió.

Se pone de pie.

—Qué página.

—La Madonna.

—Qué cambió.

—Hay una fotografía nueva.

Ya sabe antes de preguntar.

—De quién.

—Omar.

No entiende.

—Omar quién.

—No tiene apellido.

Le falta aire.

—Dónde está.

—Sentado en un coche.

—Fecha.

Casey tarda.

—2001.

—Eso no significa que sea él.

—Hay texto debajo.

—Qué dice.

Casey lee:

EL CHOFER.

Nada más.

Mira el cuaderno abierto en la historia de la Escuela Lenin.

—¿Está muerto? —pregunta.

—No sé.

—Busca.

—Estoy buscando.

—Casey.

—Ivan Walsh.

—Qué.

—La foto se acaba de subir.

Ahora sí comprende.

No están sólo leyendo su investigación.

Alguien está leyendo con él.

Mira la página.

Omar se ríe aún en 2001, maneja hacia San Antonio. Él va a su lado. Le cuenta la historia de Chavita y él abraza su mochila. Le habla de Fidel, de un muchacho de catorce años al volante de un jeep que cree que una aspirina le da la inmortalidad y de aquella regla sencillísima que parecía sustituir a todas las demás:

Eres un hijo de la Revolución.

En la pantalla de Casey, veinticuatro años después, aparece el hombre que le contó la historia.

Y por primera vez ya no se pregunta qué significa.

Pregunta algo mucho más sencillo.

—¿Dónde está Omar ahora?

Guía de Canales / Lectura A–B–C

1 capítulos · Orden del manuscrito

Las fechas orientan; la secuencia sigue Scrivener.

  1. Los 109 frascos

Guía general de la saga →