F0410 · —Hijo del sol.

Atonatiuh sintió cómo el emperador caminaba hasta una de las meses, desenvolvía uno de los pergaminos y luego con voz amable e imperiosa le ordenó: levántate y cálzate.

—Hijo del sol.

—He dicho que te calces. No soy hijo del sol. Soy mortal como tú.

Atonatiuh se sintió muy sorprendido con semejante declaración.

—Un mortal como tú que trata de que sus hijos sobrevivan a la corrupción de una tierra que se desmiembra entre los demonios que vienen del este y los demonios que aquí crecieron alimentados de sangre inocente.

—No eran inocentes, padre. Eran héroes dispuestos al sacrificio.

—¿Alguna vez, dios de mayo —preguntó Moctezuma— has escuchado gritar a un muchacho el día anterior a su sacrificio?

Atonatiuh bajó los ojos. Por más que se había hecho el propósito de vivir el último día de su vida en la dignidad de la embriaguez ceremonial no deseaba perder el control como muchos de los dioses de mayo lo habían hecho.

—Nadie muere por voluntad. Eso son historias de sacerdotes que hemos tenido que creer para que nos gobiernen a todos.

Hubo un silencio largo.

—He seguido haciendo sacrificios todo este tiempo. Como juré el día que me coronaron rey de la triple alianza. No ha habido día en que mis manos no se manchen de la sangre de una virgen o un muchacho inocente. Ven conmigo.

El emperador llevó a Atonatiuh hasta la parte más alejada del palacio. Las ventanas se volvieron escasas y de las sombras emergían no ya esclavos sin lengua sino jóvenes sacerdotes en ropa de fiesta que con teas encendidas guiaban los pasos del rey de México Tenochtitlan.

Algunos de ellos, en las partes más oscuras, tomaban discretamente del brazo al emperador, como para demostrar que eran ellos, los sacerdotes, los que guiaban en realidad el imperio. Lo llevaron hasta la cámara más profunda de un palacio donde

La procesión de canoas con el estandarte rojo y negro de la familia de Moctezuma cruzó la frontera del mundo y entró al sitio sagrado, la ciudad que rodeada de canales y puentes emergía en un lago lleno de luz.

Atonatiuh fue guiado en goletas imperiales que marchaban seguras sobre un agua dorada, promesa de que todo volvería a ser como antaño. El muchacho iba al frente del cortejo y detrás de él, de pie, iba tocándole el hombro Ayauhtli, el gran sacerdote. Le murmuraba a cada golpe de remo, como un rezo en los oídos: joven dios, eres tú quien hace vivir la ciudad.

La canoa imperial lo condujo hacia las afueras de Tenochtitlan. Sobre una de las colinas alcanzaba a verse un hermoso palacio que parecía brillar en lo alto de Chapultepec. Era el palacio de Moctezuma y sus formas parecían esculpidas por dioses que habían nacido antes del principio del tiempo.

Atonatiuh bajó del esquife. Ácatl, el ceremoniero fue diciéndole todo lo que tenía que saber cuando me encontrase de rente con el padre de la ciudad en el lago. Trató de caminar con toda la dignidad que me era posible «para esto he nacido, padre, para esto me parió mi madre —se decía—, para encontrarme con el Dios mexicano.» Sus pensamientos, lejos de tranquilizarlo, lo ponían más nervioso. Tampoco ayudaba demasiado la voz insistente de Ácatl que procuraba que en aquel momento cambiase cada uno de los gestos que había aprendido durante un año de entrenamiento como dios de mayo en el palacio de Axayácatl.

Lo tranquilizaron los ahuehuetes; pensar que ahí estarían siempre, cuando él ya no estuviera y que habían estado antes de la creación del mundo, cuando Moctezuma era todavía una luz en el pensamiento de Ometecutli.

—Concéntrate joven Dios —gritó Ácatl.

Atonatiuh escuchó el ceremonial que tendría que seguir cuando tuviese frente a sus ojos al hombre por cuyas venas corría la sangre de Tenochtitlan. El camino de ahuehuetes era una invitación a levantar la vista para encontrarse con ese cielo insondable que el emperador en sus meditaciones había visto.

—Tenochtitlan —decía el ceremoniero— vive por él y para él. Vive con él. Moctezuma es nuestro padre en el sentido más profundo que puedas imaginar. Nuestros padres son sólo instrumentos materiales del prodigio espiritual que sucede en el corazón de este palacio de piedra que levantó Quetzalcóatl cuando fue un sol que vino del alto, un sol del oriente. Desgrana en tu corazón, Atonatiuh estas verdades que todo dios y todo joven devoto debe saber. Es a través del cuerpo del emperador, de su existencia misma que se derrama sobre todos nosotros el deseo de vivir.

—No debes hablarle a menos que él te dirija primero la palabra. Cuando llegues al palacio te darán unas sandalias con las que podrás caminar hasta la biblioteca donde esperarás la llegada del Dios. ¿Entiendes?

—Entiendo, gran sacerdote.

—Una vez en la biblioteca, Atonatiuh, te quitarás las sandalias y esperaras al emperador en actitud meditativa. Cuando escuches el golpe del báculo imperial en la piedra, debes lanzarte al piso y poner la frente en el suelo.

El cortejo de canoas salió de la zona sagrada y siseó por los canales de la ciudad hasta el Cerro del Chapulín, donde Atonatiuh se vería aquella tarde con el emperador. Atonatiuh había tenido una noche larga. Se había despertado varias veces pensando en las razones que tendría el emperador para llamarlo. Se consolaba con este extraño pensamiento “la situación en la que me encuentro, de cualquier forma, no podría empeorar; de cualquier forma voy a morir.” El golpe de los remos hacía vibrar el agua azul que se fue haciendo verde conforme el cortejo se movía hacia Chapultepec. La multitud buscaba saber quién custodiado con todo ese boato.

—¡Es Moctezuma! —murmuraban el pueblo en éxtasis.

Era Atonatiuh, el joven dios que emergía del lago con cada remo. El bosque del Chapulín fue emergiendo muy poco a poco como extensión de una fuerza divina y, cuando descendieron en el puerto de Chapultepec, la magnificencia de los puestos de guardia le parecieron a Atonatiuh dignos de un dios teotihuacano.

Atonatiuh bajó del esquife. Ácatl, el ceremoniero, no había cesado de repetirle todo lo que tendría que hacer cuando se encontrase con el padre de la ciudad en el lago. El joven dios Atonatiuh caminó con la frente en alto, la capa verde, blanca y roja ondeaba con el viento que parecía susurrarle: “eres un dios, Atontitiuh, tú nunca morirás.”

“Para esto”, se decía Atonatiuh, “para esto he nacido. Para esto me parió mi madre, para dar vida, para que la ciudad muera conmigo y resucite conmigo todas las mañanas, de aquí hasta el fin de los tiempos”. Y la voz de Ácatl se perdía en los sueños de eternidad del joven dios.

Atonatiuh se tranquilizó mirando cómo se estremecían los ahuehuetes. La voz que emergía de ellos era la de un dios dios ambiguo y viejo cuya inaprensible sabiduría seguiría existiendo mucho más allá de la muerte de los dioses pequeños como Atonatiuh. La sensación de la nada, sin embargo, se apropió de cada uno de los dioses en su cuerpo y Atonatiuh fue feliz. Se sentía más lleno de humanidad que de misericordia. La certidumbre de toda esta fuerza

—Concéntrate joven Dios —gritó Ácatl.

Atonatiuh escuchó el ceremonial que tendría que seguir cuando tuviese frente a sus ojos al hombre por cuyas venas corría la sangre de Tenochtitlan. El camino de ahuehuetes era una invitación a levantar la vista para encontrarse con ese cielo insondable que el emperador en sus meditaciones había visto.

—Tenochtitlan —decía el ceremoniero— vive por él y para él. Vive con él. Moctezuma es nuestro padre en el sentido más profundo que puedas imaginar. Nuestros padres son sólo instrumentos materiales del prodigio espiritual que sucede en el corazón de este palacio de piedra que levantó Quetzalcóatl cuando fue un sol que vino del alto, un sol del oriente. Desgrana en tu corazón, Atonatiuh estas verdades que todo dios y todo joven devoto debe saber. Es a través del cuerpo del emperador, de su existencia misma que se derrama sobre todos nosotros el deseo de vivir.

—No debes hablarle a menos que él te dirija primero la palabra. Cuando llegues al palacio te darán unas sandalias con las que podrás caminar hasta la biblioteca donde esperarás la llegada del Dios. ¿Entiendes?

Los papagayos en el zoológico que atravesaron saltaban de madero en madero, de árbol en árbol. Los chapulines rasgaban sus patas llamando a sus amadas para dejarse devorar las cabezas. Atonatiuh miró un venado blanco que me recordó otro mundo un mundo que parecía hoy lejos, un año atrás cuando se despidió de Ilhuítl, ese muchacho cuyo nombre significa cielo, ese que nunca pudo vencer lealmente en batalla y que sin embargo murió el primero cuando llegó a la guerra de flores.

El venado de cola blanca pareció reconocer al joven Dios quien tuvo la intuición de que era el mismo que había visto toda su vida. El mismo que no me dejaba de visitar cada que algo importante estaba a punto de suceder. Dio una patada en el suelo y volvió a desaparecer en el bosque donde imaginó que se transformaba en el Encantador de Serpientes.

Cuando llegaron frente al portón del palacio, dos enormes guardias cruzaron sus hachas sobre el pecho y Ácatl dijo:

—A partir de hoy, querido Atonatiuh, eres libre de todo lo que suceda. Espero haberte educado bien todo este año. Espero que reces un día en el cielo en el que te encuentres, sea el cielo de nuestros dioses o en el cielo de los cristianos por todas mis intenciones, por el bien de mi familia y el bien de todos mis muertos. 

Ácatl se descalzó ante Atonatiuh y él supo que era ya por fin el dios de mayo. Que en sus hombros descansaba la sucesión del ciclo infinito de renacimiento y muerte de Tenochtitlan. Hoy se discutiría la noción de los nuevos sacerdotes venidos del otro lado del mar y a Moctezuma el tema le interesaba porque existía la posibilidad de imponer a sus herederos por siempre en el legítimo trono de México, el lugar de la sabiduría, el lugar donde el sol tiene su biblioteca y donde viene a descansar.

Cuando llegaron frente al portón del palacio, dos enormes guardias cruzaron sus hachas sobre el pecho y Ácatl dijo:

—Estoy aquí por orden de Tepeyohtli, el gran senescal. El águila que asciende ha concertado una cita de este muchacho que es el dios de mayo con el gran Moctezuma.

Uno de los soldados entro al palacio y salió con un salvoconducto.

Ácatl se hincó frente a Atonatiuh.

—A partir de hoy, querido Atonatiuh, eres libre de todo lo que suceda. Espero haberte educado bien todo este año. Espero que reces un día en el cielo en el que te encuentres, sea el cielo de nuestros dioses o en el cielo de los cristianos por todas mis intenciones, por el bien de mi familia y el bien de todos mis muertos. ¡Qué similares son los deseos de los hombres en todas las lenguas! Ácatl se descalzó ante Atonatiuh y él supo que era ya por fin el dios de mayo. Que en sus hombros descansaba la sucesión del ciclo infinito de renacimiento y muerte de Tenochtitlan. Hoy se discutiría la noción de los nuevos sacerdotes venidos del otro lado del mar y a Moctezuma el tema le interesaba porque existía la posibilidad de imponer a sus herederos por siempre en el legítimo trono de México, el lugar de la sabiduría, el lugar donde el sol tiene su biblioteca y donde viene a descansar.

Dos guardias guiaron a Atonatiuh por un espacio amplio de techos altísimos en los que hacía mucho frío. Luego, uno de ellos se detuvo y le dijo marcial que había llegado el momento en que tendría que seguir solo. A partir de este punto sólo la familia imperial y sus invitados muy cercanos podían acercarse al emperador.

—¿Quiénes son entonces esos esclavos en las sombras? —pregunté— ¿Quiénes son esos que subidos en andamios cubren de cal blanca las pinturas con la historia de nuestros antepasados. El soldado no contestó, se dio la media vuelta y Atonatiuh continuó solo su marcha.

Dos guardias guiaron a Atonatiuh por un espacio amplio de techos altísimos en los que hacía mucho frío. Luego, uno de ellos se detuvo y le dijo marcial que había llegado el momento en que tendría que seguir solo. A partir de este punto sólo la familia imperial y sus invitados muy cercanos podían acercarse al emperador. Había hombres que subidos en andamios cubren de cal blanca las pinturas con la historia de nuestros antepasados. El soldado no contestó, se dio la media vuelta y Atonatiuh continuó solo su marcha.

fue hacia la entrada del palacio donde los guardias, sin apenas mirarlos, hicieron el saludo marcial y los dejaron entrar a un amplio jardín repleto de fuentes cuadradas con ranas y aves que Atonatiuh nunca había visto.

Atonatiuh miró impresionado cómo aquella colina que le dijeron que había sido tallada por los dioses desde el principio del tiempo

Cuando Atonatiuh era un niño, por casualidad escuchó a los profesores hablando de las reformas que había traído a la ciudad Moctezuma. El gran tlatoani estaba queriendo crear una nueva casta sacerdotal y una nueva casta militar. México estaba por volverse un reino en el que la familia del emperador heredaría el trono. Las conspiraciones comenzaron a girar en torno a la cabeza del pequeño Chimalpopoca que era el hijo preferido de Moctezuma. Atonatiuh hablaba de aquella nación que había perecido con culpa, ensombrecido.

el camino repleto de fuentes en las que nadaban pescados de colores y cantaban las ranas. Las copas de los árboles estaban pobladas de cenzontles y la luz se descomponía en los riachuelos que también producían un hermoso sonido. Entraron al palacio de techos altos. Era frío y oscuro. Esclavos marcados con el símbolo de la guerra colocaban estuco sobre los murales en los que se contaba la historia de Tenochtitlan. Trabajaban en silencio, pero le sorprendió escuchar entonces el llanto de un niño.

Atonatiuh entró al palacio. Los techos eran muy altos y era más misterioso y sombrío. A diferencia del palacio de Axayácatl donde había estado viviendo aquel año, éste era todavía más majestuoso. No había en él todos aquellos guardias que en la Zona Sagrada esperaban delante de cada puerta, en cada pasillo. No había tampoco esculturas ni frescos. Atonatiuh caminó extasiado y su grande su sorpresa cuando escuchó un llanto en la parte alta del palacio. Era un niño, un bebé. En un primer piso, miró a la hija de Moctezuma. El llanto provenía de sus brazos, cargaba al bebé.

—¡Tú! —gritó la muchacha.

Atonatiuh se hincó y puso la frente en el suelo.

—Levántate —ordenó la hija de Moctezuma—. ¿Estás buscando al emperador? ¡Ven aquí!

El joven se levantó y sin saber si quitarse o no las sandalias, en la premura de obedecer la orden subió calzado por una escalinata de piedra que lo condujo hasta el primer piso.

—Estoy buscándolo —dijo Atonatiuh cuando lo tuvo de frente. El muchacho se enterneció mirando al bebé en los brazos de la princesa. Era un rollizo bebé completamente calvo que se había callado y miraba curioso todo lo que sucedía a su alrededor.

La hija de Moctezuma, viendo la curiosidad que producía en el joven príncipe el bebé en sus brazos, explicó:

—Es mi hermano, el hijo del emperador. Se llama Farid. Antes se llamaba Chimalpopoca y yo antes me llamaba Huenupa, pero ahora me llamo María porque ahora todos en la casa del emperador nos hemos bautizado, nos convertimos a la religión del único Dios. ¿Y tú quién eres?

—El joven dios —respondió Atonatiuh sintiéndose un poco tonto después de lo que acababa de escuchar.

María rió.

—Dios, si eres un dios por qué no vuelas y nos despiertas a todos del sueño que hemos estado viviendo. Dinos tú la verdad, joven dios. ¡Sálvate y sálvanos a nosotros de los extranjeros!

Atonatiuh bajó la mirada y se quedó en silencio.

—¿Cómo vas a ser un dios, si eres apenas un muchacho del campo?

Viendo que Atonatiuh no diría ya nada, María volvió a preguntarle:

—¿Y cuál es tu nombre?

—Atonatiuh —respondió el joven guerrero con simplicidad.

Espera al emperador allá en aquella habitación. Es su biblioteca personal. Ahora el rey está en el jardín, meditando

El niño en los brazos de María se movió incómodo.

—El príncipe quiere comer. Voy a llevarlo con la nodriza —dijo María.

—Allá esperaré —respondió Atonatiuh.

La hija del rey se despidió diciendo burlona:

—Nos veremos pronto ¡joven dios!

Atonatiuh penetró en la biblioteca del emperador. Todo lo miraba extasiado. Se sentó sobre una estera. A diferencia del resto del palacio, esta habitación estaba adornada con frescos en las paredes y el techo. El muchacho se aproximó a una enorme mesa de madera en la que había pergaminos. Sin atreverse a tocarlos, acercó los ojos para ver las miniaturas. Los rollos estaban ilustrados con signos y profecías. Una garza, un cometa, un espejo. Entonces, el emperador, solo y sin cortejos, entró por la puerta que conducía hacia el enorme jardín y así solo, el rey se veía más majestuoso de lo que el joven soldado hubiese pensado jamás. Se lanzó al suelo, su frente tocó el suelo, había olvidado, otra vez, descalzarse.

Me detuve a la mitad de un enorme salón de techos grises en el que cientos de obreros cubrían con cal la historia del trayecto desde la ciudad sagrada de Aztlán. Estaban cubriendo la historia. Tiempo habría de pasar para que Atonatiuh entendiese que un Dios es dueño de la historia y es capaz de cambiarla a su conveniencia. En esos muros se pintaría, supe después la historia de la coronación del pequeño Chimalpopoca, primer rey cristiano de México. Para ello sería necesario, primero asesinar a todos los sacerdotes, matar a todos los soldados y Moctezuma, tal vez no tenía ya la fuerza para proeza semejante.

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