No había nada que hacer. No quería ser libre. Sobre todo cargando a cuestas tantas cicatrices. Pero, pensó Farid, los cimarrones son libres. Encienden fuegos en todas partes y han hecho aquí su propia Roma. Han traído de esa Troya africana, otra historia de Eneas: un guerrero vaga los mares, baja al infierno, se vuelve caballero andante. Enloquece y descubre América. Funda este pueblo libre, feliz y salvaje en el lugar donde se pone el sol.
Bailaban todas las noches. Bebían mucho. Eran felices. Llenos de dulzura para comer y amarse, pero Farid, mientras más recordaba más quería beber. Todo el día quería estar sólo dedicado a pensar. Adoraba, eso sí, el olor dulzón de aquellas muchachas y lamentaba no atreverme a tocarlas. Se levantó y dijo: Tú no eres esto. Se largó del pueblo de los cimarrones cuando era muy de mañana.