¿Me has olvidado? Preguntó repentinamente el recuerdo de mi madre. ¿Cómo voy a olvidarte? Ahora recuerdo claramente cuando íbamos a Damasco. El sabor de los pasteles de avellana y cómo me enseñaste a ser un buen musulmán. ¿Ahora te has vuelto cristiano? Preguntó consternada. No lo sé. Altísimo Jesucristo me salvó del dolor de los cuchillos. Y es indudable: Me sacó de ese lugar. No lo hizo como hubiese pensado, no vino una legión de sus ángeles, como hubiese dicho Farid, y me posó en otra parte, en tu regazo, tal vez. Pero me sacó de ahí. Es indudable, porque siguiendo su voz que a veces es música y a veces es fuego y a veces es miedo y a veces es paz. Siguiendo ese nombre, estoy aquí, delante de ti. No te olvides de mi, pidió mi madre, no te olvides de peregrinar a La Meca y morir como un buen musulmán. No lo haré, mamá. Y sigue rezándole al único Alá: que el miedo a la muerte, se transforme en amor.
—No lo hagas. No te olvides de mi. No te olvides de peregrinar a La Meca, si puedes. Por mi, en recuerdo del buen musulmán.
—Lo haré —dije— aunque pensé que mentía, porque nunca podría volver al Asia estando ya tan lejos de todo lugar.