Una pequeña lengua de fuego sube sobre la hierba y parece que lo seduce. Farid está más solo que nunca. Llora y el viento brama y parece que se levantara sonriendo. Isaac está atrapado entre el risco de piedra y el fuego que lo rodea.
Cristóbal se detuvo en un mirador. También él había encontrado el fuego, pero no me lo dijo. Y el pequeño Víctor también. Frente a nosotros estaba la cañada, muros de piedra en la que parecían mirarnos los antiguos dioses que poco a poco eran expulsados por los conquistadores que, como nosotros, se estaban moviendo hacia el oeste. Tratamos de bajar hacia el río tratando de no resbalarnos, la idea se me ocurrió a mí que había escuchado que los ríos conducen siempre hacia el mar y debe ser cierto, pero una enorme roca evitó nuestro camino. Atonatiuh me pidió entonces que callara. A lo lejos se escuchaban tambores. ¿Son tambores de guerra? Pregunté. No, son tambores y cascabeles que anuncian un sacrificio. Como un venado mi compañero olisqueó el aire. Por aquí cerca hay un poblado. Escapamos de aquella cañada y de los tambores para ir a buscar la ciudad.