60
El hombre que pintaba laberintos
La noche avanzaba lentamente sobre La Habana.
El comandante Racmendi esperaba en la habitación del Alemán con la calma fatigada de quien ya ha visto demasiados cadáveres. Sobre la mesa, iluminado por una lámpara portátil, estaba el cuaderno morado dentro de la bolsa de evidencia.
Cuando Canchola entró, Racmendi levantó la vista.
—¿Este es el mexicano?
—El mismo.
Racmendi señaló la bolsa.
—Lo encontramos debajo del colchón.
Canchola tomó el cuaderno sin abrirlo todavía.
—¿Alguien lo leyó?
—No.
—¿Por qué?
—Porque está escrito en varias lenguas.
Macoy se acercó.
—¿Qué lenguas?
Racmendi levantó los hombros.
—Español, griego, latín… y algo más raro.
Canchola abrió la primera página.
La misma frase:
Todo laberinto tiene un centro.
Debajo:
Pero ahora vio algo más.
Un dibujo.
Un niño frente a un toro.
—El Minotauro —dijo Macoy.
Canchola pasó la página.
Había fragmentos de texto, frases sueltas.
“Los monstruos no nacen. Se organizan.”
Otra página.
Un esquema.
Una red.
Nombres.
Flechas.
Y en el centro de todo:
Pili se inclinó sobre la mesa.
—Ya valimos madre.
Racmendi encendió un cigarro.
—¿Ese es el hombre que buscan ustedes?
Canchola no respondió.
Seguía pasando páginas.
De pronto se detuvo.
Un nombre nuevo aparecía repetido varias veces.
Ivan Walsh
Macoy levantó la vista.
—El pintor.
—Sí.
Racmendi frunció el ceño.
—¿Quién es ese?
Canchola respondió sin mirar:
—El único hombre que ya sabía todo esto.
Pili golpeó la mesa.
—Entonces ¿por qué no está aquí?
—Porque la gente como Walsh no habla con policías —dijo Macoy.
En ese momento sonó el teléfono de Racmendi.
Contestó.
Escuchó unos segundos.
Luego miró a Canchola.
—Inspector.
—¿Sí?
—Hay un hombre en la puerta.
—¿Quién?
Racmendi exhaló el humo lentamente.
—Dice que viene por el cuaderno.
Silencio.
—¿Nombre? —preguntó Canchola.
—Ivan Walsh.
Cinco minutos después Walsh entró en la casa.
No parecía el tipo de hombre que llega a una escena del crimen.
Traía ropa sencilla, un saco oscuro manchado de pintura, y el cabello un poco húmedo por la brisa del mar.
Miró primero el cadáver cubierto junto a la piscina.
Luego la pared con los Caravaggio.
Finalmente el cuaderno.
—Sabía que lo encontrarían —dijo.
Canchola lo observó con atención.
—¿Por qué?
—Porque Isaac lo dejó ahí.
—¿Quién es Isaac?
Walsh lo miró con curiosidad.
—El único que todavía cree que todo esto puede entenderse.
Pili cruzó los brazos.
—Pues que venga a explicarlo.
Walsh negó con la cabeza.
—No puede.
—¿Por qué?
—Porque si aparece, lo matan.
Canchola cerró el cuaderno.
—Explíqueme algo, Walsh.
—¿Qué cosa?
—¿Quién es Farid?
Walsh caminó hacia la ventana.
La playa estaba oscura.
—Farid —dijo lentamente— no es un hombre.
Canchola apretó la mandíbula.
—No tengo paciencia para acertijos.
Walsh lo miró por primera vez directamente.
—Farid es un sistema.
Macoy dejó escapar el aire.
Pili murmuró:
—Chingado.
Canchola volvió a abrir el cuaderno.
—Entonces empecemos desde el principio.
Walsh sonrió apenas.
—El principio no está aquí.
—¿Dónde?
Walsh señaló el cuaderno.
—En el niño que lo escribió.
—Isaac.
—Exactamente.
—¿Y dónde está?
Walsh tardó en responder.
—En San Miguel.
Canchola levantó la mirada.
—Entonces vamos a tener que ir a México.
Walsh negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si ustedes van…
se detuvo un segundo.
—…van a destruirlo todo.
Silencio.
El mar golpeaba suavemente la playa.
Y por primera vez Canchola sintió algo que no era miedo.
Era otra cosa.
La sensación de que la investigación ya no era un caso policial.
Era un laberinto.
Y el centro… era Isaac.