F0781 · —Farid.

Cuando sus hijos miren muerto a Cortés lo sentirán, pero serán incapaces de imaginar lo que tenía en mente cuando se lanzó a buscar México, cuando partió como un monarca a Las Hibueras, la primera noche que vio los ojos de Malinalli a punto de sucumbir al embate de sus caderas. No habría duelo ni desesperación. Más grande habrá sido la procesión para condenar a sus hijos que no podrán rezar en la ermita en que descansa en la ciudad de México, frente al sitio en que conoció a Moctezuma a quien, dice Bernal, amó como a un padre. Durante el largo ofertorio, Daniel supo que había cumplido su papel en este país. Era tiempo de volver a Grecia, encerrarse en el Olimpo entre la celda y la ermita, abandonar la vida y cuando llegara su momento que lo enterraran junto a su hermano Alexander en el cementerio de tumbas que no tienen nombre. La familia Cortés sería paseada por la ciudad. Martín sería amarrado a una mula con un pregón que los acusaba de infamia, traición. Desde una tribuna cubierta con terciopelos y brocados de oro, el segundo virrey venido de España contemplará la ceremonia y los naturales se aglutinarán para mirar el fin de aquellos hombres que se hicieron llamar orgullosamente conquistadores. La procesión paseará por la ciudad que Alonso García Bravo construirá tomando como modelo la urbe sagrada de Augusto, reflejo terreno de la música celestial. De la voz de Daniel emana la justicia, el pregón, la misericordia del rey que recordó durante unos segundos la cara de aquel niño mestizo que había venido tantos años atrás para jugar con él. Martín se salvaría, pero otros conquistadores serían quemados vivos. A dos se les cortarían las manos y los pies. Muchos otros serían remitidos a conventos en Europa donde pagarían la traición al rey trabajando como sirvientes. Otro día me miré reflejado en el oro de las imágenes que habían comenzado a dorar en la iglesia. Escuché entonces en la imagen la misma voz de aquel árbol, una vocación profunda como la voz de un barítono que, como aquel árbol que se estiraba hacia el cielo llamaba:

—Farid.

Miraba jugar a los vagos en la calle y escuché por tercera vez:

—Farid,  ¡Es tiempo de que te vayas! Es tiempo de que pierdas la mirada otra vez y así, la tercera noche de haber escuchado aquella misma voz en distintos lugares, enfrenté a la voz y dije:

—¿Qué quieres? Yo no me llamo Farid, pero si es así como quieres llamarme, aquí estoy. ¿Qué quieres?

La voz respondió claramente: 

—¡Vete! ¡Lárgate al este! Busca el Anáhuac. Encuentra a un muchacho marcado en el rostro. Busca a un muchacho que odia a su padre. Ellos te llevarán hasta el fin del mundo, donde te están llamando.

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