Cantar, siempre cantar, desde el fondo de la tierra, desde la semilla invisible que vive bajo el barro oscuro, siguiendo la voz de la Virgen de la Tribulación que Paz, tan lejano a todo, jamás supo escuchar. Porque esta Virgen no habita en versos franceses, ni en símbolos vacíos; es madre, selva profunda, canto antiguo que navega desde la folía europea, desde la pasacaglia gallega, hasta el Anáhuac donde todo nace y todo muere una y otra vez.
Por el este camina Farid, con traje de ministril desgastado, sandalias rotas y cabello largo. Mira al horizonte, buscando entender qué hay más allá de la muerte, y se encuentra pueblos ebrios de pulque, sacerdotes borrachos de vino español y caminos llenos de geómetras y ladrones, monjes y prostitutas. Y en los mercados canta, y cuando canta todo se le ofrece, porque lleva consigo a la Virgen verdadera, patrona del aguasal, Tonantzin Guadalupe, madre del canto y la memoria. Porque Farid sabe que cantar es moverse hacia donde debe llegar.
En uno de esos mercados, bajo la sombra que dejan siglos de violencia, Farid encuentra a Atonatiuh, el mexicano hermoso con la cara marcada por la viruela y un corazón roto por Lucía, la castellana que ríe vulgarmente mientras juega cartas. El amante herido, con el niño Chimalpopoca de la mano, lleva el arete de perla como única reliquia del amor perdido. Se unen al qari que mendiga y canta a la Virgen; juntos toman pulque en honor al pequeño jaguar, al gato regalado como cortesía indígena.
Luego llega Martín, el español rebelde que ha renunciado al marqués y su tiranía, cansado de ser servidor de tiranos castellanos. Martín, loco, contrabandista y aventurero, invita a Farid a seguirlo sólo porque sabe cantar. Y Farid acepta, porque siempre hay alguien que lo llama cuando debe moverse. Se suben a la carreta y siguen hacia el mar, hacia el fin del mundo, hacia donde acaba la redondez de la tierra. Martín, exsoldado, excobrador de impuestos, avergonzado de haber ejercido un oficio tan odiado en las escrituras, ahora sólo busca el límite del mundo conocido, la línea final del horizonte.
Atonatiuh y Chimalpopoca murmuran en náhuatl sobre la locura de los europeos, y Martín responde en su propia lengua que tienen razón, porque todos, al final, están locos. Y ríen, y beben, y se mueven hacia el misterio. Allí van, una carreta, dos mulas, un niño descarado, un mexicano herido, un qari cantante y un loco contrabandista. Todos hacia el mar, hacia el olvido y la memoria, hacia el eclipse final donde Sor Juana, la Anti-Virgen según el imbécil de Paz, mira la luna sangrar sobre la pirámide del Anáhuac, en el año oscuro y sagrado de 1685.
Porque ella supo que cantar era la verdadera tribulación, que la poesía era carne viva, no metáfora vacía, que el Primero sueño era el texto más grande jamás escrito en español, la llave última del universo. Y allí está ella, despierta en la noche profunda, bajo la luna roja, mientras todos los tiempos se encuentran: Farid en el camino, Atonatiuh con la perla rota del amor, Martín huyendo de tiranos invisibles, y Chimalpopoca jugando con el gato pequeño que lleva semillas y fuego en el hatillo.
Todo converge en ese instante cósmico, donde Sor Juana canta en silencio el misterio último que Octavio jamás podría entender: que la Virgen es real, que la tribulación es vida, que México es un canto profundo que jamás se agota. Y desde ese eclipse, desde ese encuentro imposible entre mundos, tiempos y lenguas, sigue la voz cantando, para siempre, más allá de la muerte.