El pequeño esclavo despertó sobresaltado, durante un tiempo más o menos largo no supo donde estaba lo cual aumentó el temor que sentía. Recordó a su madre lo cual trajo consigo una serie de recuerdos desagradables que estaban a punto de desembocar en una crisis justamente ante Alberto a quien vió allá abajo en el jardín. Había llegado ante Isaac y algo le decía. Alberto sonrió y el antiguo monje volvió a la casa para seguir, pensó Farid, leyendo sus libros de alquimia, de la transmutación del plomo en oro y de tiempo en inmortalidad. Farid volvió a la cama para tratar de tranquilizarse. No se lo había puesto nunca de esa manera, pero en efecto, si Dios no existía no había razones para seguir viviendo porque estaba seguro que más que Alberto quien en sueños le decía que iba a matarlo era él mismo, Farid. Ya una vez había tratado de suicidarse. Lo había salvado Isaac a quien ahora miraba metido como siempre en sus sueños de alquimia. Eso pensó Farid, pero no. Lleno de una extraña paz, el geógrafo bizantino miraba, como si lo notara por primera vez un árbol al centro de la villa que les había prestado a él y a su pequeña corte, el marqués de las salinas. Era un pino albar que al centro del prado se levantaba como con ganas de tocar al azul. A unos metros, en el prado había otros árboles, sabinas y sobre todo muchas de aquellas flores de olor ámargo.
Era un olor a cuero que lo llenaba todo en aquella región de Castilla, la Jara de ládano era una yerba pringosa, pegajosa que producía hermosas flores blancas con manchas de color púrpura. Pero lo que llamaba la atención de Isaac era este árbol que imaginaba creciendo con una vocación. Trató de imaginarlo creciendo, más allá del espacio y el tiempo con un crujido. Le dolía pensar en lo relativo del tiempo. Se sentía viejo a pesar de que tenía poco más de treinta años y se recostó a mirar el árbol para meditar en todo lo que lo había traído hasta aquí, hasta este rincón de Hispania, de la tierra de los conejos, la tierra tumultuosa que ahora Cisneros quería lanzar a la conquista del mundo. Se dio cuenta de lo mucho que había cambiado el país en el poco tiempo en que Isabel había muerto.