En La Habana

2001, septiembre. 12:18 h.

Ivan Walsh está limpiando un pincel cuando suena el teléfono.

No reconoce el número.

Lo deja sonar dos veces.

—¿Sí?

—¿Ivan Walsh?

La voz le resulta conocida, aunque tarda unos segundos en colocarla.

—Depende.

El hombre se ríe.

Entonces Ivan Walsh recuerda.

—Senel.

—Coño, todavía reconoces mi voz.

—Reconozco la risa.

Ivan Walsh deja el pincel dentro del frasco.

Bernardo está en el otro extremo del estudio, sentado en el piso. Tiene un libro abierto sobre las piernas, pero Ivan Walsh sabe que escucha.

—¿Dónde estás? —pregunta Senel.

—En La Habana.

—Eso ya es una ventaja.

—¿Para quién?

—Para mí.

Ivan Walsh sonríe.

Senel necesita que vaya al día siguiente a San Antonio de los Baños. Un profesor español ha cancelado a última hora y quedan seis proyectos de fin de curso que alguien debe leer antes de que entren a producción.

—Yo pinto —dice Ivan Walsh.

—También hablas.

—Ése es precisamente el problema.

—Juan Diego dice que eres bueno leyendo historias.

Ivan Walsh deja de sonreír.

—¿Juan Diego?

Bernardo levanta la cabeza.

Ivan Walsh camina hacia la ventana.

—Sí. El mexicano.

—Ya sé quién es.

—Entonces mañana. Diez de la mañana.

—No he dicho que sí.

—Tampoco has dicho que no.

Senel cuelga.

Ivan Walsh mantiene el teléfono junto al oído unos segundos.

Bernardo cierra el libro.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Dijo Juan Diego.

Ivan Walsh se vuelve.

—¿Lo conoces?

Bernardo tarda.

Demasiado.

—De vista.

—Eso no significa nada.

—Pues eso.

Ivan Walsh deja el teléfono sobre la mesa.

Afuera alguien vende aguacates. La voz sube desde la calle, repetida, casi musical. Ivan Walsh espera a que se aleje.

—¿Dónde lo has visto?

—Por ahí.

—Bernardo.

—En casa de don Isidro.

Ahora Ivan Walsh entiende menos.

—¿Cuándo?

—Hace tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

Bernardo vuelve a abrir el libro.

—No sé.

Ivan Walsh tiene ganas de seguir preguntando.

No lo hace.

Durante las últimas semanas comienza a entender que proteger a alguien puede parecerse demasiado a interrogarlo.

Regresa al caballete.

El cuadro sigue igual.

Un rostro a medias.

Dos ojos que todavía no existen.

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