A veces mira

2001, . 14:06 h.

Liliana llega sin avisar.

Trae el cuaderno bajo el brazo.

Ivan Walsh la ve entrar y piensa primero que está más delgada. Después piensa que no debería pensar esas cosas. Hace años que se conocen y todavía conserva la costumbre absurda de registrar los cambios de su cara antes de escuchar lo que dice.

—Necesito que veas algo.

—Hola a ti también.

Liliana deja el cuaderno sobre una mesa.

Bernardo está preparando café en la cocina.

Ella lo mira.

Sólo un instante.

Ivan Walsh lo nota.

—Él es Bernardo.

—Ya sé.

Ahora Ivan Walsh vuelve a mirar a Liliana.

—¿Cómo que ya sabes?

—Juan Diego me habló de él.

Desde la cocina deja de escucharse el ruido de las tazas.

Ivan Walsh abre el cuaderno.

Hay dos figuras hechas con lápiz.

Una está sentada. La otra permanece de pie detrás.

No hay caras.

—Ésta es la idea que te contó —dice Ivan Walsh.

—Más o menos.

—¿Más o menos?

Liliana se sienta.

—Él me habló de un muchacho al que vigilan constantemente. Yo hice esto.

Ivan Walsh pasa la página.

Hay otra versión. Ahora la figura de pie tiene una mano sobre el hombro del muchacho.

En la siguiente ya no lo toca.

En la última, el muchacho está solo.

—Ésta es mejor —dice Ivan Walsh.

Liliana señala la primera.

—A mí me interesa ésta.

—Es demasiado clara.

—¿Clara en qué?

—En lo que quieres que piense quien la vea.

Liliana recoge el cuaderno.

—Siempre dices eso.

—Porque siempre haces lo mismo.

—¿Qué hago?

Ivan Walsh busca una palabra.

—Explicas.

Liliana lo mira con una irritación que él conoce bien.

—¿Y tú no?

—Todo el tiempo.

—Entonces.

—Por eso sé que estorba.

Bernardo entra con tres tazas.

Liliana vuelve a mirarlo.

Esta vez él también la mira.

—¿Tú eres pintora? —pregunta Bernardo.

—Lo intento.

—Ivan Walsh también dice eso.

Liliana sonríe.

—Los pintores somos muy modestos cuando hay otros pintores cerca.

Bernardo deja una taza frente a ella.

Entonces ve el dibujo.

No cambia de expresión.

Ésa es precisamente la expresión que cambia.

Ivan Walsh lo advierte.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—Nada.

Bernardo se aleja.

Liliana mira el dibujo y después a Ivan Walsh.

—Es él.

Ivan Walsh cierra el cuaderno.

—No.

—Ivan Walsh.

—No es él.

—No digo literalmente.

—Entonces no lo digas.

Liliana guarda silencio.

Ivan Walsh se arrepiente en el instante de haber levantado la voz.

Bernardo vuelve a sentarse junto a la ventana.

—Perdón —dice Ivan Walsh.

Liliana permanece quieta.

—Por eso vine.

—¿Por qué?

—Porque ayer, cuando Juan Diego me contó la historia, pensé en mi hijo.

—Ya.

—Y hoy lo veo a él.

Ivan Walsh mira a Bernardo.

El muchacho ha vuelto al libro.

O simula haber vuelto.

—Ése es el problema —dice Ivan Walsh.

Liliana frunce el ceño.

—¿Cuál?

—Que vemos a alguien y enseguida pensamos en otra cosa.

Liliana no responde.

Ivan Walsh abre nuevamente el cuaderno.

Observa el muchacho dibujado.

—Un hijo. Una víctima. Cuba. El poder. La inocencia. Lo que quieras.

—Eso hace el arte.

—A veces.

—¿Y las otras?

Ivan Walsh cierra el cuaderno.

—A veces mira.

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