La Providencia

2001, mayo, 20. La Habana. 14:42 h.

Liliana se queda.

Hablan de pintura.

O aparentan hablar de pintura.

Bernardo sale al balcón.

Ivan Walsh le enseña a Liliana la tela que lleva dos días sin avanzar.

—¿Quién es?

—Nadie.

—Todos tus cuadros son alguien.

—Éste todavía no.

Ella se acerca.

La figura está tendida. El rostro permanece incompleto.

—Parece muerto.

—Está dormido.

—Eso dices tú.

Ivan Walsh sonríe.

—Ahora eres tú quien explica.

Liliana observa las manchas alrededor de los ojos.

—¿Te acuerdas cuando hablabas de la Providencia?

Ivan Walsh se queda inmóvil.

Hace años que no escucha esa palabra en boca de ella.

—Vagamente.

—Mentira.

—Bueno. Me acuerdo.

—Decías que el problema era saber si la historia la hacen las personas o si las personas simplemente descubren después lo que la historia hizo con ellas.

Ivan Walsh busca un cigarro que ya no fuma.

Es un gesto antiguo. La mano va hacia el bolsillo y regresa vacía.

—Debía ser insoportable.

—Lo eras.

—Gracias.

—También eras más divertido.

—Eso es la edad.

Liliana se vuelve hacia él.

—¿Todavía crees en eso?

—¿En qué?

—En la Providencia.

Ivan Walsh piensa.

—Ahora creo menos cosas.

—Te hiciste religioso.

—Precisamente por eso.

Liliana se ríe.

Ivan Walsh camina hacia una mesa y aparta papeles, tubos de óleo, sobres sin abrir.

Debajo aparece un cuaderno negro.

Lo abre.

Entre dos páginas hay una reproducción pequeña de una Virgen bizantina.

El papel está doblado en las esquinas.

Liliana la reconoce.

—Todavía la tienes.

—Sí.

—¿Cuál era?

—La Virgen de la Tribulación.

—Pensé que era la de los Peregrinos.

Ivan Walsh mira la imagen.

—No.

Después duda.

La acerca a la ventana.

El dibujo está muy deteriorado. Una mujer sostiene al niño. En uno de los lados hay una estrella de ocho puntas.

—Aunque se parecen.

Liliana se aproxima.

—Juan Diego tiene una igual.

Ivan Walsh levanta los ojos.

—¿Dónde?

—En una foto.

—¿Qué foto?

Liliana se encoge de hombros.

—En su teléfono.

Ivan Walsh cierra el cuaderno.

—¿Te la enseñó?

—Sí.

—¿Por qué?

Liliana se queda pensando.

—No sé.

Ivan Walsh vuelve a mirar hacia el balcón.

Bernardo ya no está.

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