2001, mayo, 22. La Habana. 02:18 h.
—Ya entré.
Ivan Walsh no alcanza a preguntarle dónde porque la llamada se corta, pero durante algunos segundos continúa con el teléfono contra la oreja, esperando quizá que la voz regrese por sí sola, como regresan ciertas voces cuando uno despierta y todavía no ha salido enteramente del sueño. Después llama. Una vez. Dos. A la tercera entiende que no va a responder y deja el teléfono sobre la mesa junto a la Virgen. Lo lógico sería vestirse, llamar a Juan Diego, llamar a alguien, salir a buscar a Bernardo por una ciudad de dos millones de personas después de que él mismo le ha dicho que está en Cuetzalan, como si Cuetzalan pudiera caber dentro de La Habana o La Habana dentro de una pintura o una pintura dentro de una Virgen de papel. No hace nada de eso. Abre otra vez el cuaderno. Quizá porque comienza a sospechar que todo lo que le está ocurriendo ya ocurrió allí; no exactamente, ése es el problema, sino de esa manera en que una melodía regresa muchos años después transportada a otra tonalidad y uno tarda en reconocerla porque está seguro de no haberla escuchado nunca. Entre las hojas de Roma encuentra un papel doblado cuatro veces. No pertenece al cuaderno. Tiene manchas de humedad en uno de los bordes y una fecha que alguien borró con tanta fuerza que perforó el papel. Arriba, con una letra que reconoce y no reconoce, aparece un título: El Ferrocarril y la Ciudad de Cal. Debajo hay un poema.
Lo lee.
Poema: El Ferrocarril y la Ciudad de Cal
Cada noche escucho
tu voz
elevándome, hundiéndome.
Hay un ferrocarril,
una montaña,
una ciudad donde alguien me espera.
Pero nada queda.
Nada.
¿Ha valido la pena?
No lo sé.
Nada podría ser igual después de ti.
El amor es verbo,
y tú, tú eras creación.
Aquí me hundo,
en esta tierra sin movimiento,
con la pregunta:
¿y si nada cambia?
Te amaba.
Pensaba en tus ojos,
yo, el pescador
que perdió la tormenta.
Me dijo mi padre una vez:
«Silencio».
Y caigo,
y caigo.
Silencio.
Floto en el aire,
pero nada se mueve.
Todo fue ilusión.
La daga,
la sangre seca,
el edificio de trescientos pisos
que perdió la tormenta.
Me miro muerto.
Me siento,
pero no me muevo.
Nada cambia.
Nada se piensa.
La tierra es una daga
y yo, un eco del ayer.
En la estación de trenes
viajaba desde Perú
a Buenos Aires,
hipnotizado por el golpe de
Ahí termina.
No termina: se interrumpe. Es distinto. El papel está rasgado exactamente después de de, y le molesta de una manera absurda porque la frase exige algo. El golpe de qué. Las ruedas, supone. El metal. Los durmientes. El tren avanzando por una vía que ni siquiera sabe si existe. Perú a Buenos Aires. Piensa inmediatamente que no existe ese tren, o que no debió existir, y después piensa que ésa es una objeción idiota frente a un poema donde hay un edificio de trescientos pisos que pierde una tormenta. Le interesa más otra cosa: no recuerda haberlo escrito. Reconoce expresiones, cierta obstinación con el silencio, incluso esa manera un poco torpe de repetir «nada» hasta que la palabra deja de significar nada, pero no recuerda el poema y, sin embargo, sabe cómo continúa. No las palabras. El ritmo. Hipnotizado por el golpe de… Y entonces lo escucha. Tac. Tac. Tac. No afuera. Dentro de la memoria. Tac. Tac. Tac. La junta entre dos rieles, un vagón que se desplaza de noche, una luz amarilla entrando y desapareciendo por una ventana. Cierra los ojos y durante un instante ve su reflejo sobre el cristal. Es más joven. Mucho más joven. No sabe todavía cómo se llama.
2001, mayo, 22. La Habana. 02:18 h.
—Ya entré.
Ivan Walsh no alcanza a preguntarle dónde porque la llamada se corta, pero durante algunos segundos continúa con el teléfono contra la oreja, esperando quizá que la voz regrese por sí sola, como regresan ciertas voces cuando uno despierta y todavía no ha salido enteramente del sueño. Después llama. Una vez. Dos. A la tercera entiende que no va a responder y deja el teléfono sobre la mesa junto a la Virgen. Lo lógico sería vestirse, llamar a Juan Diego, llamar a alguien, salir a buscar a Bernardo por una ciudad de dos millones de personas después de que él mismo le ha dicho que está en Cuetzalan, como si Cuetzalan pudiera caber dentro de La Habana o La Habana dentro de una pintura o una pintura dentro de una Virgen de papel. No hace nada de eso. Abre otra vez el cuaderno. Quizá porque comienza a sospechar que todo lo que le está ocurriendo ya ocurrió allí; no exactamente, ése es el problema, sino de esa manera en que una melodía regresa muchos años después transportada a otra tonalidad y uno tarda en reconocerla porque está seguro de no haberla escuchado nunca. Entre las hojas de Roma encuentra un papel doblado cuatro veces. No pertenece al cuaderno. Tiene manchas de humedad en uno de los bordes y una fecha que alguien borró con tanta fuerza que perforó el papel. Arriba, con una letra que reconoce y no reconoce, aparece un título: El Ferrocarril y la Ciudad de Cal. Debajo hay un poema.
Lo lee.
Poema: El Ferrocarril y la Ciudad de Cal
Cada noche escucho
tu voz
elevándome, hundiéndome.
Hay un ferrocarril,
una montaña,
una ciudad donde alguien me espera.
Pero nada queda.
Nada.
¿Ha valido la pena?
No lo sé.
Nada podría ser igual después de ti.
El amor es verbo,
y tú, tú eras creación.
Aquí me hundo,
en esta tierra sin movimiento,
con la pregunta:
¿y si nada cambia?
Te amaba.
Pensaba en tus ojos,
yo, el pescador
que perdió la tormenta.
Me dijo mi padre una vez:
«Silencio».
Y caigo,
y caigo.
Silencio.
Floto en el aire,
pero nada se mueve.
Todo fue ilusión.
La daga,
la sangre seca,
el edificio de trescientos pisos
que perdió la tormenta.
Me miro muerto.
Me siento,
pero no me muevo.
Nada cambia.
Nada se piensa.
La tierra es una daga
y yo, un eco del ayer.
En la estación de trenes
viajaba desde Perú
a Buenos Aires,
hipnotizado por el golpe de
Ahí termina.
No termina: se interrumpe. Es distinto. El papel está rasgado exactamente después de de, y le molesta de una manera absurda porque la frase exige algo. El golpe de qué. Las ruedas, supone. El metal. Los durmientes. El tren avanzando por una vía que ni siquiera sabe si existe. Perú a Buenos Aires. Piensa inmediatamente que no existe ese tren, o que no debió existir, y después piensa que ésa es una objeción idiota frente a un poema donde hay un edificio de trescientos pisos que pierde una tormenta. Le interesa más otra cosa: no recuerda haberlo escrito. Reconoce expresiones, cierta obstinación con el silencio, incluso esa manera un poco torpe de repetir «nada» hasta que la palabra deja de significar nada, pero no recuerda el poema y, sin embargo, sabe cómo continúa. No las palabras. El ritmo. Hipnotizado por el golpe de… Y entonces lo escucha. Tac. Tac. Tac. No afuera. Dentro de la memoria. Tac. Tac. Tac. La junta entre dos rieles, un vagón que se desplaza de noche, una luz amarilla entrando y desapareciendo por una ventana. Cierra los ojos y durante un instante ve su reflejo sobre el cristal. Es más joven. Mucho más joven. No sabe todavía cómo se llama.
2001, May, 22. Havana. 02:18 h.
—I am in now.
Ivan Walsh does not get a chance to ask him where because the call cuts out, but for a few seconds he keeps the phone against his ear, perhaps waiting for the voice to return on its own, as certain voices return when one wakes and has not yet come entirely out of the dream. Then he calls. Once. Twice. By the third time he understands that he is not going to answer and leaves the phone on the table beside the Virgin. The logical thing would be to get dressed, call Juan Diego, call someone, go out looking for Bernardo through a city of two million people after he himself has told him that he is in Cuetzalan, as though Cuetzalan could fit inside Havana or Havana inside a painting or a painting inside a paper Virgin. He does none of that. He opens the notebook again. Perhaps because he is beginning to suspect that everything happening to him has already happened there; not exactly, that is the problem, but in the way a melody returns many years later transposed into another key and one takes time to recognize it because one is certain of never having heard it. Among the sheets from Rome he finds a piece of paper folded four times. It does not belong to the notebook. It has damp stains along one edge and a date someone erased so forcefully that they perforated the paper. At the top, in handwriting he recognizes and does not recognize, a title appears: The Railway and the City of Lime. Beneath it is a poem.
He reads it.
Poem: The Railway and the City of Lime
Every night I hear
your voice
lifting me, sinking me.
There is a railway,
a mountain,
a city where someone waits for me.
But nothing remains.
Nothing.
Has it been worth it?
I do not know.
Nothing could be the same after you.
Love is a verb,
and you, you were creation.
Here I sink,
in this motionless land,
with the question:
what if nothing changes?
I loved you.
I thought of your eyes,
I, the fisherman
who lost the storm.
My father once said to me:
«Silence».
And I fall,
and I fall.
Silence.
I float in the air,
but nothing moves.
Everything was illusion.
The dagger,
the dried blood,
the three-hundred-story building
that lost the storm.
I see myself dead.
I sit,
but I do not move.
Nothing changes.
Nothing is thought.
The earth is a dagger
and I, an echo of yesterday.
At the train station
I was traveling from Peru
to Buenos Aires,
hypnotized by the beat of
There it ends.
It does not end: it breaks off. It is different. The paper is torn exactly after of, and it bothers him absurdly because the phrase demands something. The beat of what. The wheels, he supposes. The metal. The sleepers. The train moving along a track he does not even know exists. Peru to Buenos Aires. He immediately thinks that this train does not exist, or that it should not have existed, and then he thinks that this is an idiotic objection to a poem in which a three-hundred-story building loses a storm. Something else interests him more: he does not remember writing it. He recognizes expressions, a certain stubbornness about silence, even that somewhat clumsy way of repeating «nothing» until the word ceases to mean anything, but he does not remember the poem and yet knows how it continues. Not the words. The rhythm. Hypnotized by the beat of… And then he hears it. Tac. Tac. Tac. Not outside. Inside memory. Tac. Tac. Tac. The joint between two rails, a carriage moving at night, a yellow light coming in and disappearing through a window. He closes his eyes and for an instant sees his reflection on the glass. He is younger. Much younger. He does not yet know his name.