No detrás. Dentro.

2001, mayo, 22. La Habana. 01:41 h.

Aquí Ivan Walsh deja de leer.

No porque no haya más.

Porque hay demasiado.

Tiene la sensación física de que alguien ha entrado en la habitación aunque la puerta sigue cerrada. Camina hasta el balcón. La calle está casi vacía. Una ventana permanece iluminada enfrente. Más arriba hay ropa tendida que alguien olvidó recoger y se mueve apenas.

Cimarrón.

Ahora sí recuerda.

O cree recordar.

Cuetzalan.

La hacienda.

No ha pensado en ella durante años.

Eso es mentira.

Uno no deja de pensar en ciertos lugares. Aprende únicamente a no pronunciar sus nombres.

Regresa a la mesa.

Escribe:

Virgen de los Peregrinos → Virgen de la Tribulación → Cimarrón.

Después dibuja una flecha.

La tacha.

No.

Precisamente eso no.

No hay flechas.

Las flechas implican que una cosa conduce limpiamente a otra.

Hace círculos.

Tampoco.

Finalmente escribe las tres palabras una debajo de otra.

Las mira.

PEREGRINOS.

TRIBULACIÓN.

CIMARRÓN.

El teléfono vibra.

Mensaje de Bernardo.

Una fotografía.

La abre.

Al principio cree que es una pared negra. Amplía.

Es una pintura.

Una mujer sostiene un niño.

No tiene rostro.

Donde debería estar el rostro hay una abertura oscura, una especie de pasillo pintado con una perspectiva demasiado profunda para el tamaño del cuadro.

Debajo Bernardo ha escrito:

Juan Diego dice que ésta es la original.

Escribe inmediatamente:

¿Dónde estás?

Borra.

Escribe:

¿Quién la pintó?

Borra también.

Espera.

Aparecen los tres puntos.

Desaparecen.

Vuelven.

Finalmente llega otro mensaje.

Walsh.

Se queda mirando el nombre.

Casey.

Rogelio Galés.

Walsh.

Por supuesto.

Tres nombres.

Se ríe.

No debería, pero se ríe.

Bernardo.

Ivan Walsh.

Fernando.

Bernardo.

Todos cambiándose el nombre como si hacerlo pudiera cambiar lo que hicieron.

Escribe a Bernardo:

¿Y qué hay detrás?

Esta vez la respuesta llega enseguida.

No detrás. Dentro.

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