00.14 — Hakim busca a la Virgen — capítulo 13

CAPÍTULO 13

Fecha incierta · Cuetzalan / Ciudad de México

La neblina borra primero las distancias. Después empieza a borrar los nombres.

Isaac falló el tiro.

La bola blanca tocó apenas la roja y siguió hacia una banda con una lentitud casi ofensiva, como si el billar obedeciera a una física privada.

Casey Walsh no levantó la cabeza.

Dibujaba.

Tenía el cuaderno apoyado sobre las piernas y repetía una línea que no conseguía quedarse donde él quería. Rostro, hombro, vacío. Volvía a empezar.

—Mi problema comenzó cuando quise volverme figurativo.

Isaac rodeó la mesa.

—Pensé que tu problema era el alcohol.

—Ése funciona perfectamente.

Otro tiro.

Peor.

Walsh borró con el pulgar lo que acababa de hacer.

—Una mancha nunca se queja porque no se parece a ella misma. Una cara sí.

Isaac iba a contestar, pero se quedó mirando el dibujo.

Un niño.

O algo que empezaba a parecer un niño.

Walsh cerró el cuaderno.

Demasiado tarde.

—¿Quién es?

—Nadie.

—Todos tus nadie se parecen a alguien.

Casey se sirvió ron.

No dijo más.

Isaac volvió al billar.

Desde hacía días pensaba en una cifra que no conseguía sentir como cifra: trece mil ochocientos millones de años. Podía repetirla. Podía escribirla. No podía imaginarla.

Entre aquel primer instante y esa bola detenida sobre el paño verde cabía todo.

Eso tampoco significaba nada.

Hakim había tenido demasiados nombres.

Ése era el primero de los problemas.

En un manuscrito de Antioquía aparecía como un muchacho. En El Cairo, como un hombre que caminaba de noche sobre los tejados. Un cronista lo consideraba loco. Otro aseguraba que hablaba con seres que nadie más podía ver. Los drusos terminaron haciendo de él algo que quizá nunca quiso ser.

Después desapareció.

No murió.

Desapareció.

La diferencia terminó importando más que todas las demás cosas escritas sobre él.

No había cadáver.

No había sepulcro.

No existía siquiera una versión suficientemente aburrida de su muerte para que los historiadores pudieran aceptarla.

Tony decía que eso bastaba para fabricar una religión.

Casey decía que bastaba para fabricar una pintura.

Isaac todavía no sabía qué bastaba para fabricar un recuerdo.

Los manuscritos tampoco ayudaban.

París conservaba una variante.

Oxford otra.

En una, Hakim bebía agua aromatizada con durazno.

En otra perseguía astrólogos.

En otra salía de noche vestido como cualquiera para escuchar qué decía la gente acerca de él.

Pequeñas contradicciones.

Precisamente las que sobreviven.

Las grandes pueden corregirse.

Las pequeñas se meten debajo de la piel.

Walsh había empezado a dibujarlo sin proponérselo.

Eso dijo.

Quería pintar a su hijo muerto.

La frase quedó suspendida y nadie preguntó nada.

Pero el niño que aparecía sobre el papel no era un retrato.

Tampoco era exactamente Hakim.

Tenía algo peor.

Parecía estar esperando que alguien lo reconociera.

Narumi dormía en la casa del palafrenero.

La neblina había descendido temprano y desde el Sitio apenas se distinguía la luz de su habitación.

Soñó con un niño junto a la piscina.

No hacía nada.

Eso era lo inquietante.

Otros niños del sueño corrían alrededor. Se arrojaban al agua. Gritaban. Salían y volvían a entrar.

Él permanecía debajo.

Los ojos abiertos.

Mirándolos desde el fondo.

Narumi quiso avisarles.

Nadie podía oírla.

El niño levantó entonces una mano y tocó algo que no estaba en el agua.

Una superficie.

El sueño cambió.

Había un lienzo.

El dedo lo atravesó.

No como quien rompe una tela.

Como quien toca agua.

La pintura onduló.

Del otro lado había una mujer.

Narumi despertó.

No gritó.

Permaneció acostada escuchando las ranas.

Durante varios minutos estuvo segura de que alguien se encontraba en la buhardilla.

Después dejó de estar segura.

Mucho peor.

Al volver del funeral, Bernardo quiso encender la Dell.

Nadie se lo pidió.

La computadora seguía sobre la mesa larga de las Papin, donde la familia acostumbraba dejar aquello que no sabía todavía si conservar o tirar.

Mi padre había escrito ahí durante años.

No únicamente memorias.

Eso lo descubrimos después.

Tony trajo una extensión.

—No la prendas todavía.

—¿Por qué?

—Porque se electrocutó frente a esa cosa.

—No fue la computadora.

—Precisamente por eso.

Bernardo se arrodilló.

Había aprendido en psiquiatría a aproximarse despacio a ciertas personas. Ahora utilizaba la misma cautela con una máquina.

—¿Cómo se llamaban sus archivos?

Mi madre contestó:

—Cascajo.

Nos miramos.

—¿Todos?

—Eso decía.

Bernardo encendió.

La pantalla parpadeó.

Por un instante apareció el logotipo.

Luego un chispazo.

Olor a quemado.

Negro.

Tony desconectó la corriente.

Nadie dijo nada.

Era casi cómico que una computadora pudiera morir dos veces.

El técnico llegó al día siguiente.

Desarmó la Dell, sacó los discos y los sostuvo frente a la ventana.

—Están pegados.

—¿Se puede recuperar algo?

—Aquí no.

—¿Dónde?

El hombre pensó.

—Suiza.

No sé por qué Suiza sonó entonces como otro planeta.

Mandamos los discos.

Esperamos.

Mientras tanto hicimos lo que hace toda familia después de una muerte: empezamos a disputarnos la versión del muerto.

Mi madre recordaba una cosa.

Tony otra.

Bernardo corregía fechas.

Alejo no discutía.

Yo quería estar en cualquier otro lugar.

Cada uno fabricaba su padre.

El correo de Suiza llegó semanas después.

Recuperación parcial.

Esa palabra resultó exacta.

Parcial.

Carpetas sin nombre.

Fotografías partidas en bandas.

Documentos que terminaban en mitad de una frase.

Caracteres sustituidos por signos.

Cientos de pedazos que quizá alguna vez formaron algo y ahora parecían los restos arqueológicos de una persona.

Cascajo.

Mi padre había elegido bien el nombre.

Abrimos archivos.

Nada.

Otro.

Una lista de libros.

Otro.

Geología.

Otro.

Una carta incompleta.

Después apareció una línea aislada.

No tenía fecha.

No había párrafo anterior ni posterior.

Decía:

La Virgen de la Tribulación llegó antes que nosotros.

Tony leyó sobre mi hombro.

—¿Qué significa?

—Pensé que tú sabías.

No respondió.

Bernardo pidió que buscáramos el archivo original.

No existía.

Sólo aquel fragmento recuperado de sectores dañados del disco.

Una frase sin contexto.

Podía ser una nota.

Una cita.

El comienzo de otra cosa.

Incluso un error del programa de recuperación.

Eso habría sido tranquilizador.

Tony volvió a leer.

Llegó antes que nosotros.

No dijo «existía».

No dijo «estaba».

Llegó.

Como si hubiera venido de alguna parte.

Esa noche soñé con la mesa de billar de Casey.

La bola blanca avanzaba sola.

Atravesaba una banda.

Después otra.

Cada vez que debía detenerse aparecía nuevamente del otro lado.

Casey seguía dibujando.

—Está mal —le dije.

—¿Qué?

—La mesa.

—No.

La bola volvió a cruzar.

—Entonces la bola.

Walsh levantó finalmente la cabeza.

—Tampoco.

Detrás de él estaba el niño.

No sabía si era Hakim.

No sabía si era el hijo de Casey.

No sabía si era alguien que todavía no había nacido.

El niño puso un dedo sobre los labios.

La bola siguió rodando.

Y comprendí, antes de despertar, que quizá nuestro error había sido creer que las cosas regresaban.

Algunas no regresaban.

Nunca habían terminado de irse.