2001, mayo, 22. La Habana. 05:21 h.
3841
Se queda mirando el número.
No necesita abrir La Madonna.
Lo recuerda.
guest3841.
El usuario que juega al ajedrez como Bobby Fischer.
La zorra frita.
f3.
e5.
Rey f2.
Ahora sí siente algo parecido al miedo, pero no porque haya demostrado nada. Al contrario. Una coincidencia demasiado perfecta es menos creíble que una imperfección. Si él estuviera escribiendo esta novela eliminaría el número. Sería excesivo. El lector sospecharía de inmediato que alguien está acomodando las piezas. Y sí, evidentemente, alguien lo está haciendo.
Busca entre los papeles la estampa original. La que ha tenido durante años dentro del cuaderno. Bajo la luz ya no parece una imagen sagrada sino un objeto maltratado que ha viajado demasiado. Le da vuelta.
No hay 3841.
Sólo una mancha.
Acerca la lupa.
La mancha tiene cuatro partes.
Podrían ser números.
También podrían ser humedad.
Se niega a decidir.
El teléfono vibra. Casey.
—Encontré algo del estudiante de Columbia —dice sin saludar.
Mira el reloj. Cinco veintiuno.
—Dime.
—Antes estuvo en Cuba.
—Quién.
—El muerto del once de septiembre. El de Riverside.
Se sienta.
—¿Cuándo?
Escucha teclas.
—Verano de 2001.
No dice nada.
—Ivan Walsh.
—Estoy aquí.
—Estuvo en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños.
Ahora sí levanta la cabeza.
—No.
—Sí.
—¿Alumno?
—No. Taller.
—Qué taller.
—Guion.
La palabra tarda un instante en llegar.
—¿Nombre?
Casey se lo dice otra vez.
Esta vez algo ocurre.
No recuerda al hombre.
Recuerda una silla.
Un aula.
Un muchacho que mueve el pie mientras los demás leen.
Después una pregunta.
¿Una historia puede empezar después de que termina?
No sabe si se la hizo él.
No sabe si alguien se la hizo.
No sabe siquiera si la pregunta ocurrió.
—Creo que lo conocí —dice.
—¿Seguro?
—No.
Casey ya ha aprendido a no insistir cuando dice eso.
—Hay otra cosa.
—Claro.
—En su expediente de Columbia aparece una fotografía tomada en Cuba.
Le manda la imagen.
La abre.
Cinco muchachos frente a un edificio de la escuela. Uno de ellos debe ser el estudiante muerto meses después en Nueva York. No sabe cuál.
Amplía.
En el extremo derecho aparece alguien que no pertenece al grupo.
Un hombre con una cámara.
El hombre del Prado aunque, a decir verdad, la foto tiene tan poca resolución que podría ser cualquier persona.
—Casey.
—Sí.
—¿Puedes identificar al fotógrafo?
—No está en los registros de la escuela.
—¿Juan Diego?
—No.
—¿Walsh?
Silencio.
—Ivan Walsh.
—Qué.
—Walsh tomó la foto.
Mira otra vez.
—¿Cómo sabes?
—Porque tengo el negativo digital.
—Eso no existe.
—Entiendo. En todo caso, tengo el archivo original.
—¿Y?
—Metadatos.
—Casey.
—Está firmado.
—¿Walsh?
—No.
Pausa.
—Bernardo.
No necesita preguntar qué Bernardo.
Afuera La Habana ya está completamente iluminada.
Sobre la mesa están la Virgen, el poema, sus diarios y la fotografía de unos estudiantes tomada meses antes de que uno de ellos muriera en Nueva York.
Piensa en la frase que acaba de recordar.
¿Una historia puede empezar después de que termina?
Y por primera vez se le ocurre que quizá ésa sea la pregunta equivocada.
Quizá algunas historias empiezan mucho antes de que sepan a qué criminal están mirando.
2001, mayo, 22. La Habana. 05:21 h.
3841
Se queda mirando el número.
No necesita abrir La Madonna.
Lo recuerda.
guest3841.
El usuario que juega al ajedrez como Bobby Fischer.
La zorra frita.
f3.
e5.
Rey f2.
Ahora sí siente algo parecido al miedo, pero no porque haya demostrado nada. Al contrario. Una coincidencia demasiado perfecta es menos creíble que una imperfección. Si él estuviera escribiendo esta novela eliminaría el número. Sería excesivo. El lector sospecharía de inmediato que alguien está acomodando las piezas. Y sí, evidentemente, alguien lo está haciendo.
Busca entre los papeles la estampa original. La que ha tenido durante años dentro del cuaderno. Bajo la luz ya no parece una imagen sagrada sino un objeto maltratado que ha viajado demasiado. Le da vuelta.
No hay 3841.
Sólo una mancha.
Acerca la lupa.
La mancha tiene cuatro partes.
Podrían ser números.
También podrían ser humedad.
Se niega a decidir.
El teléfono vibra. Casey.
—Encontré algo del estudiante de Columbia —dice sin saludar.
Mira el reloj. Cinco veintiuno.
—Dime.
—Antes estuvo en Cuba.
—Quién.
—El muerto del once de septiembre. El de Riverside.
Se sienta.
—¿Cuándo?
Escucha teclas.
—Verano de 2001.
No dice nada.
—Ivan Walsh.
—Estoy aquí.
—Estuvo en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños.
Ahora sí levanta la cabeza.
—No.
—Sí.
—¿Alumno?
—No. Taller.
—Qué taller.
—Guion.
La palabra tarda un instante en llegar.
—¿Nombre?
Casey se lo dice otra vez.
Esta vez algo ocurre.
No recuerda al hombre.
Recuerda una silla.
Un aula.
Un muchacho que mueve el pie mientras los demás leen.
Después una pregunta.
¿Una historia puede empezar después de que termina?
No sabe si se la hizo él.
No sabe si alguien se la hizo.
No sabe siquiera si la pregunta ocurrió.
—Creo que lo conocí —dice.
—¿Seguro?
—No.
Casey ya ha aprendido a no insistir cuando dice eso.
—Hay otra cosa.
—Claro.
—En su expediente de Columbia aparece una fotografía tomada en Cuba.
Le manda la imagen.
La abre.
Cinco muchachos frente a un edificio de la escuela. Uno de ellos debe ser el estudiante muerto meses después en Nueva York. No sabe cuál.
Amplía.
En el extremo derecho aparece alguien que no pertenece al grupo.
Un hombre con una cámara.
El hombre del Prado aunque, a decir verdad, la foto tiene tan poca resolución que podría ser cualquier persona.
—Casey.
—Sí.
—¿Puedes identificar al fotógrafo?
—No está en los registros de la escuela.
—¿Juan Diego?
—No.
—¿Walsh?
Silencio.
—Ivan Walsh.
—Qué.
—Walsh tomó la foto.
Mira otra vez.
—¿Cómo sabes?
—Porque tengo el negativo digital.
—Eso no existe.
—Entiendo. En todo caso, tengo el archivo original.
—¿Y?
—Metadatos.
—Casey.
—Está firmado.
—¿Walsh?
—No.
Pausa.
—Bernardo.
No necesita preguntar qué Bernardo.
Afuera La Habana ya está completamente iluminada.
Sobre la mesa están la Virgen, el poema, sus diarios y la fotografía de unos estudiantes tomada meses antes de que uno de ellos muriera en Nueva York.
Piensa en la frase que acaba de recordar.
¿Una historia puede empezar después de que termina?
Y por primera vez se le ocurre que quizá ésa sea la pregunta equivocada.
Quizá algunas historias empiezan mucho antes de que sepan a qué criminal están mirando.
2001, May, 22. Havana. 05:21 h.
3841
He keeps staring at the number.
He does not need to open La Madonna.
He remembers it.
guest3841.
The user who plays chess like Bobby Fischer.
The fried fox.
f3.
e5.
King f2.
Now he does feel something like fear, but not because he has proved anything. On the contrary. A coincidence that is too perfect is less credible than an imperfection. If he were writing this novel, he would remove the number. It would be excessive. The reader would immediately suspect that someone was arranging the pieces. And yes, obviously, someone is doing just that.
He searches among the papers for the original print. The one he has kept in the notebook for years. In the light it no longer looks like a sacred image, but a battered object that has traveled too much. He turns it over.
There is no 3841.
Only a stain.
He brings the magnifying glass closer.
The stain has four parts.
They could be numbers.
They could also be moisture.
He refuses to decide.
The phone vibrates. Casey.
—I found something about the Columbia student —he says without a greeting.
He looks at the clock. Five twenty-one.
—Tell me.
—He was in Cuba before.
—Who.
—The man who died on September eleventh. The one from Riverside.
He sits down.
—When?
He hears keys.
—Summer of 2001.
He says nothing.
—Ivan Walsh.
—I’m here.
—He was at the San Antonio de los Baños Film School.
Now he does raise his head.
—No.
—Yes.
—A student?
—No. A workshop.
—What workshop.
—Screenwriting.
The word takes a moment to reach him.
—Name?
Casey tells him again.
This time something happens.
He does not remember the man.
He remembers a chair.
A classroom.
A young man moving his foot while the others read.
Then a question.
Can a story begin after it ends?
He does not know whether he was the one who asked it.
He does not know whether anyone asked it.
He does not even know whether the question ever came up.
—I think I knew him —he says.
—Are you sure?
—No.
Casey has learned not to press him when he says that.
—There’s something else.
—Of course.
—There’s a photograph taken in Cuba in his Columbia file.
He sends him the image.
He opens it.
Five young men in front of a building at the school. One of them must be the student who died months later in New York. He does not know which one.
He enlarges it.
At the far right is someone who does not belong to the group.
A man with a camera.
The man from the Prado, although, to tell the truth, the photo has so little resolution that it could be anyone.
—Casey.
—Yes.
—Can you identify the photographer?
—He isn’t in the school’s records.
—Juan Diego?
—No.
—Walsh?
Silence.
—Ivan Walsh.
—What.
—Walsh took the photo.
He looks again.
—How do you know?
—Because I have the digital negative.
—That doesn’t exist.
—I understand. In any case, I have the original file.
—And?
—Metadata.
—Casey.
—It’s signed.
—Walsh?
—No.
A pause.
—Bernardo.
He does not need to ask which Bernardo.
Outside, Havana is now fully lit.
On the table are the Virgin, the poem, his diaries and the photograph of some students taken months before one of them died in New York.
He thinks of the sentence he has just remembered.
Can a story begin after it ends?
And for the first time it occurs to him that perhaps that is the wrong question.
Perhaps some stories begin long before they know which criminal they are looking at.