2001, mayo, 22. La Habana. 04:19 h.
Afuera empieza a haber pájaros.
Casey sigue al teléfono. Bernardo continúa en algún sitio que no puede localizar y en la pantalla de Casey hay una habitación donde aparecen cuadros que son expedientes y expedientes que quizá todavía no son crímenes. Ivan Walsh permanece sentado frente al cuaderno abierto, pero ya no está leyendo. Riverside Drive se ha instalado otra vez en la habitación: 1944, Bernardo junto al Hudson; 1999, Bernardo despertando después de una fiesta; 2001, él cubierto de polvo después de caminar desde el sur de Manhattan. Tres hombres en la misma avenida y uno de ellos es él. Quizá los tres. La tentación de unirlos es tan grande que casi puede ver la flecha y vuelve a recordar que las flechas son peligrosas.
—Ivan Walsh —dice Casey.
No contesta.
—Ivan Walsh.
—Aquí estoy.
—Encontré otro archivo.
—Qué archivo.
—Video.
Escucha clics.
—¿Fecha?
Casey tarda.
—Once de septiembre de 2001.
Se pone de pie.
No por sorpresa.
Por rechazo.
—No.
—¿Qué?
—No abras eso.
—Ya está abierto.
Camina hacia la ventana.
—Ciérralo.
—Ivan Walsh.
—Casey, ciérralo.
Él guarda silencio.
—¿Por qué?
La respuesta le parece tan evidente que le irrita tener que decirla.
—Porque es mío.
Ahora el silencio cambia.
—¿Qué quieres decir?
—Yo filmé ese día.
Casey deja de tocar el teclado.
—¿Tú estabas ahí?
—Sí.
—¿En Ground Zero?
—Sí.
Durante unos segundos ninguno habla.
—¿Subiste el material a Internet?
—Parte.
—¿Todo?
—No.
—¿Estás seguro?
Se vuelve hacia la mesa.
—Sí.
Casey respira.
—Entonces tenemos un problema.
No quiere escuchar la frase siguiente.
—Hay tomas que no están en ninguna de las versiones públicas.
Se sienta.
—Eso no puede ser.
—Ivan Walsh.
—Qué.
—¿Conservas los originales?
Piensa.
Cintas.
Discos.
Computadoras.
Mudanzas.
México.
Nueva York.
Cuba.
Años.
—No sé.
—¿Quién tuvo acceso?
—Mucha gente.
—¿Quién?
—Casey, han pasado veinticuatro años.
—Piensa.
No piensa.
Recuerda.
Un editor.
Un productor.
La gente de televisión.
Compañeros.
Alguien a quien prestó una copia.
Después aparecen nombres que no está seguro de que correspondan a esa época y deja de confiar.
—¿Qué sale en el video?
Casey tarda en contestar.
—El bombero.
Cierra los ojos.
—Cuál.
—Uno mirando hacia fuera de cuadro.
Sabe cuál.
No pregunta.
—Después la cámara baja.
—Yo no bajé la cámara.
—En este archivo sí.
—Entonces no es mío.
—Es la misma toma.
—No.
Casey continúa.
—El movimiento empieza después de donde termina tu corte.
Eso lo obliga a escuchar.
—¿Qué hay?
—Suelo.
—¿Y?
—Polvo. Botellas de agua. Una mochila.
—Casey.
—Y una fotografía.
No dice nada.
—Una estampa —corrige—. Pequeña.
La habitación desaparece.
No completamente. Ve la mesa, el cuaderno, la primera luz entrando por la ventana. Pero algo se retira dentro de él y deja un vacío.
—No digas Virgen.
Casey no responde.
—No lo digas.
—Ivan Walsh.
—Qué.
—Es la Virgen.
Se levanta.
Camina.
No sabe hacia dónde.
—Eso no estaba ahí.
—Está en la grabación.
—Entonces alguien la puso.
—Puede ser.
—¿Cuándo?
—No sé.
—¿Antes de que yo filmara?
—No sé.
—¿Después?
—Tampoco.
Golpea la mesa con la palma.
—Entonces no sabes nada.
—Exacto.
La palabra lo detiene.
Exacto.
Casey continúa con una calma que le da ganas de colgar.
—Lo único que sé es que alguien conservó una parte de tu grabación que tú no recuerdas haber conservado y ahora está dentro de La Madonna.
Mira el cuaderno.
—¿Qué nombre tiene?
—¿El archivo?
—La Virgen.
Escucha el teclado.
—Peregrinos.
Por supuesto.
En 2001 todavía son peregrinos.
No dice eso.
Lo piensa y enseguida se avergüenza porque acaba de convertir el 11 de septiembre en una pieza de su propia mitología. Eso es precisamente lo que no quiere hacer. Miles de personas murieron allí. No murieron para que veinticuatro años después él encuentre una estructura narrativa.
Se sienta.
—Casey.
—Sí.
—No uses a los muertos.
Él no entiende.
—¿Cómo?
—En esto.
—Ivan Walsh, estoy investigando.
—Precisamente.
Mira la reproducción de la Virgen.
—No conviertas a esa gente en pistas.
Casey tarda.
—Entonces ¿qué hago?
La pregunta lo devuelve de golpe a 2001.
A la cámara.
A su amigo.
A la promesa.
No filmar cuerpos.
No apropiarse de aquello.
—Mira lo que hicieron los vivos —dice.
Casey permanece callado.
—Qué.
—Ese día. En el video. No busques muertos. Busca a quienes estaban ayudando.
—¿Por qué?
—Porque eso fue lo que yo filmé.
Abre el archivo otra vez.
Escucha el sonido a través del teléfono. Voces. Sirenas. Gente moviéndose.
Casey adelanta.
—Hay trabajadores.
—Sí.
—Bomberos.
—Sí.
—Policías.
—Sí.
Pasan unos segundos.
—Espera.
—Qué.
No responde.
—Casey.
—Hay un hombre.
—Hay miles.
—No.
Teclas.
—El mismo.
—¿El mismo qué?
—El mismo hombre aparece tres veces.
—Normal.
—No en el mismo lugar.
—Casey, todos estaban moviéndose.
—Ivan Walsh.
Su voz cambia.
—Mira.
Le manda un fotograma.
Abre la imagen.
Polvo.
Tres hombres cargan algo que queda fuera del cuadro. Al fondo, casi oculto detrás de un casco, hay un rostro.
Amplía.
No lo conoce.
O sí.
No.
Siente esa forma de reconocimiento que aparece antes del recuerdo.
Casey manda otra imagen.
El mismo hombre está varias calles más lejos. No trabaja. Mira hacia la cámara.
Tercera.
Esta vez aparece de espaldas junto a un vehículo.
—¿Quién es? —pregunta.
—Eso quiero saber.
Aumenta la tercera fotografía.
En la mano izquierda sostiene algo.
Una estampa.
No se distingue cuál.
—Casey.
—Sí.
—¿Por qué tienes esto?
—Estaba marcado.
—¿Marcado cómo?
—Como los otros expedientes.
—Pero ahí no hubo un crimen de la serie.
Silencio.
—Eso pensaba.
Siente frío.
—Qué encontraste.
Casey no responde inmediatamente.
—Un nombre.
—Cuál.
—Un estudiante de Columbia.
No puede respirar bien.
—Muerto ese día.
Cierra los ojos.
—Había muchos.
—Éste vivía en Riverside Drive.
La frase entra lentamente.
—Nombre.
Casey dice uno.
No lo reconoce.
Y eso, por alguna razón, es peor.
—¿Lo conocías?
—No.
—¿Seguro?
—No sé.
Otra vez.
No sabe.
La palabra que empieza a sustituir todas las demás.
Casey abre algo.
—Hay una fotografía de su habitación.
—¿Por qué?
—La familia hizo inventario después.
—¿Y?
—Hay una estampa encima del escritorio.
Ya no necesita preguntar.
—Peregrinos.
—Sí.
Mira hacia el amanecer.
Durante veinticuatro años ha contado el 11 de septiembre como el día en que aprende algo acerca de mirar: que una cámara puede estar frente a la muerte y aun así decidir no apropiarse de ella. Ahora alguien intenta devolverle esa misma mañana convertida en expediente.
Y por primera vez entiende la diferencia entre ellos.
Quien construyó La Madonna no colecciona muertos.
Colecciona miradas.
Personas que estuvieron allí.
Personas que vieron.
Personas que después contaron.
Él.
Casey.
Liliana.
Quizá Bernardo.
Quizá Bernardo.
Quizá los nombres no importen.
—Casey.
—Aquí.
—Busca fotógrafos.
—Qué.
—En todos los casos.
—No entiendo.
—Personas que hayan visto algo. Fotógrafos, periodistas, pintores, escritores, policías. Quien haya contado la historia después.
Casey no responde.
—¿Por qué?
Mira su cámara inexistente de 2001.
Recuerda el polvo.
Las manos.
El bombero.
Su padre entre las ruinas de México dieciséis años antes.
Entonces aparece otra estructura y trata de detenerla, pero ésta ya está allí.
1985
1986
1987
Escombros.
—Porque quizá los muertos no sean el centro —dice.
—¿Entonces?
—Nosotros.
—¿Quiénes somos nosotros?
No sabe responder inmediatamente.
Después sí.
—Los testigos.
2001, mayo, 22. La Habana. 04:19 h.
Afuera empieza a haber pájaros.
Casey sigue al teléfono. Bernardo continúa en algún sitio que no puede localizar y en la pantalla de Casey hay una habitación donde aparecen cuadros que son expedientes y expedientes que quizá todavía no son crímenes. Ivan Walsh permanece sentado frente al cuaderno abierto, pero ya no está leyendo. Riverside Drive se ha instalado otra vez en la habitación: 1944, Bernardo junto al Hudson; 1999, Bernardo despertando después de una fiesta; 2001, él cubierto de polvo después de caminar desde el sur de Manhattan. Tres hombres en la misma avenida y uno de ellos es él. Quizá los tres. La tentación de unirlos es tan grande que casi puede ver la flecha y vuelve a recordar que las flechas son peligrosas.
—Ivan Walsh —dice Casey.
No contesta.
—Ivan Walsh.
—Aquí estoy.
—Encontré otro archivo.
—Qué archivo.
—Video.
Escucha clics.
—¿Fecha?
Casey tarda.
—Once de septiembre de 2001.
Se pone de pie.
No por sorpresa.
Por rechazo.
—No.
—¿Qué?
—No abras eso.
—Ya está abierto.
Camina hacia la ventana.
—Ciérralo.
—Ivan Walsh.
—Casey, ciérralo.
Él guarda silencio.
—¿Por qué?
La respuesta le parece tan evidente que le irrita tener que decirla.
—Porque es mío.
Ahora el silencio cambia.
—¿Qué quieres decir?
—Yo filmé ese día.
Casey deja de tocar el teclado.
—¿Tú estabas ahí?
—Sí.
—¿En Ground Zero?
—Sí.
Durante unos segundos ninguno habla.
—¿Subiste el material a Internet?
—Parte.
—¿Todo?
—No.
—¿Estás seguro?
Se vuelve hacia la mesa.
—Sí.
Casey respira.
—Entonces tenemos un problema.
No quiere escuchar la frase siguiente.
—Hay tomas que no están en ninguna de las versiones públicas.
Se sienta.
—Eso no puede ser.
—Ivan Walsh.
—Qué.
—¿Conservas los originales?
Piensa.
Cintas.
Discos.
Computadoras.
Mudanzas.
México.
Nueva York.
Cuba.
Años.
—No sé.
—¿Quién tuvo acceso?
—Mucha gente.
—¿Quién?
—Casey, han pasado veinticuatro años.
—Piensa.
No piensa.
Recuerda.
Un editor.
Un productor.
La gente de televisión.
Compañeros.
Alguien a quien prestó una copia.
Después aparecen nombres que no está seguro de que correspondan a esa época y deja de confiar.
—¿Qué sale en el video?
Casey tarda en contestar.
—El bombero.
Cierra los ojos.
—Cuál.
—Uno mirando hacia fuera de cuadro.
Sabe cuál.
No pregunta.
—Después la cámara baja.
—Yo no bajé la cámara.
—En este archivo sí.
—Entonces no es mío.
—Es la misma toma.
—No.
Casey continúa.
—El movimiento empieza después de donde termina tu corte.
Eso lo obliga a escuchar.
—¿Qué hay?
—Suelo.
—¿Y?
—Polvo. Botellas de agua. Una mochila.
—Casey.
—Y una fotografía.
No dice nada.
—Una estampa —corrige—. Pequeña.
La habitación desaparece.
No completamente. Ve la mesa, el cuaderno, la primera luz entrando por la ventana. Pero algo se retira dentro de él y deja un vacío.
—No digas Virgen.
Casey no responde.
—No lo digas.
—Ivan Walsh.
—Qué.
—Es la Virgen.
Se levanta.
Camina.
No sabe hacia dónde.
—Eso no estaba ahí.
—Está en la grabación.
—Entonces alguien la puso.
—Puede ser.
—¿Cuándo?
—No sé.
—¿Antes de que yo filmara?
—No sé.
—¿Después?
—Tampoco.
Golpea la mesa con la palma.
—Entonces no sabes nada.
—Exacto.
La palabra lo detiene.
Exacto.
Casey continúa con una calma que le da ganas de colgar.
—Lo único que sé es que alguien conservó una parte de tu grabación que tú no recuerdas haber conservado y ahora está dentro de La Madonna.
Mira el cuaderno.
—¿Qué nombre tiene?
—¿El archivo?
—La Virgen.
Escucha el teclado.
—Peregrinos.
Por supuesto.
En 2001 todavía son peregrinos.
No dice eso.
Lo piensa y enseguida se avergüenza porque acaba de convertir el 11 de septiembre en una pieza de su propia mitología. Eso es precisamente lo que no quiere hacer. Miles de personas murieron allí. No murieron para que veinticuatro años después él encuentre una estructura narrativa.
Se sienta.
—Casey.
—Sí.
—No uses a los muertos.
Él no entiende.
—¿Cómo?
—En esto.
—Ivan Walsh, estoy investigando.
—Precisamente.
Mira la reproducción de la Virgen.
—No conviertas a esa gente en pistas.
Casey tarda.
—Entonces ¿qué hago?
La pregunta lo devuelve de golpe a 2001.
A la cámara.
A su amigo.
A la promesa.
No filmar cuerpos.
No apropiarse de aquello.
—Mira lo que hicieron los vivos —dice.
Casey permanece callado.
—Qué.
—Ese día. En el video. No busques muertos. Busca a quienes estaban ayudando.
—¿Por qué?
—Porque eso fue lo que yo filmé.
Abre el archivo otra vez.
Escucha el sonido a través del teléfono. Voces. Sirenas. Gente moviéndose.
Casey adelanta.
—Hay trabajadores.
—Sí.
—Bomberos.
—Sí.
—Policías.
—Sí.
Pasan unos segundos.
—Espera.
—Qué.
No responde.
—Casey.
—Hay un hombre.
—Hay miles.
—No.
Teclas.
—El mismo.
—¿El mismo qué?
—El mismo hombre aparece tres veces.
—Normal.
—No en el mismo lugar.
—Casey, todos estaban moviéndose.
—Ivan Walsh.
Su voz cambia.
—Mira.
Le manda un fotograma.
Abre la imagen.
Polvo.
Tres hombres cargan algo que queda fuera del cuadro. Al fondo, casi oculto detrás de un casco, hay un rostro.
Amplía.
No lo conoce.
O sí.
No.
Siente esa forma de reconocimiento que aparece antes del recuerdo.
Casey manda otra imagen.
El mismo hombre está varias calles más lejos. No trabaja. Mira hacia la cámara.
Tercera.
Esta vez aparece de espaldas junto a un vehículo.
—¿Quién es? —pregunta.
—Eso quiero saber.
Aumenta la tercera fotografía.
En la mano izquierda sostiene algo.
Una estampa.
No se distingue cuál.
—Casey.
—Sí.
—¿Por qué tienes esto?
—Estaba marcado.
—¿Marcado cómo?
—Como los otros expedientes.
—Pero ahí no hubo un crimen de la serie.
Silencio.
—Eso pensaba.
Siente frío.
—Qué encontraste.
Casey no responde inmediatamente.
—Un nombre.
—Cuál.
—Un estudiante de Columbia.
No puede respirar bien.
—Muerto ese día.
Cierra los ojos.
—Había muchos.
—Éste vivía en Riverside Drive.
La frase entra lentamente.
—Nombre.
Casey dice uno.
No lo reconoce.
Y eso, por alguna razón, es peor.
—¿Lo conocías?
—No.
—¿Seguro?
—No sé.
Otra vez.
No sabe.
La palabra que empieza a sustituir todas las demás.
Casey abre algo.
—Hay una fotografía de su habitación.
—¿Por qué?
—La familia hizo inventario después.
—¿Y?
—Hay una estampa encima del escritorio.
Ya no necesita preguntar.
—Peregrinos.
—Sí.
Mira hacia el amanecer.
Durante veinticuatro años ha contado el 11 de septiembre como el día en que aprende algo acerca de mirar: que una cámara puede estar frente a la muerte y aun así decidir no apropiarse de ella. Ahora alguien intenta devolverle esa misma mañana convertida en expediente.
Y por primera vez entiende la diferencia entre ellos.
Quien construyó La Madonna no colecciona muertos.
Colecciona miradas.
Personas que estuvieron allí.
Personas que vieron.
Personas que después contaron.
Él.
Casey.
Liliana.
Quizá Bernardo.
Quizá Bernardo.
Quizá los nombres no importen.
—Casey.
—Aquí.
—Busca fotógrafos.
—Qué.
—En todos los casos.
—No entiendo.
—Personas que hayan visto algo. Fotógrafos, periodistas, pintores, escritores, policías. Quien haya contado la historia después.
Casey no responde.
—¿Por qué?
Mira su cámara inexistente de 2001.
Recuerda el polvo.
Las manos.
El bombero.
Su padre entre las ruinas de México dieciséis años antes.
Entonces aparece otra estructura y trata de detenerla, pero ésta ya está allí.
1985
1986
1987
Escombros.
—Porque quizá los muertos no sean el centro —dice.
—¿Entonces?
—Nosotros.
—¿Quiénes somos nosotros?
No sabe responder inmediatamente.
Después sí.
—Los testigos.
2001, May, 22. Havana. 04:19 h.
Outside, birds are beginning to appear.
Casey is still on the phone. Bernardo is still somewhere he cannot locate, and on Casey’s screen there is a room where paintings appear that are files and files that perhaps are not yet crimes. Ivan Walsh remains seated before the open notebook, but he is no longer reading. Riverside Drive has settled into the room again: 1944, Bernardo beside the Hudson; 1999, Bernardo waking after a party; 2001, him covered in dust after walking from the south of Manhattan. Three men on the same avenue and one of them is him. Perhaps all three. The temptation to connect them is so great that he can almost see the arrow, and he remembers again that arrows are dangerous.
—Ivan Walsh —Casey says.
He does not answer.
—Ivan Walsh.
—I’m here.
—I found another file.
—What file.
—Video.
He hears clicks.
—Date?
Casey takes a while.
—September eleventh, 2001.
He stands up.
Not out of surprise.
Out of rejection.
—No.
—What?
—Don’t open that.
—It’s already open.
He walks towards the window.
—Close it.
—Ivan Walsh.
—Casey, close it.
He remains silent.
—Why?
The answer seems so obvious to him that having to say it irritates him.
—Because it’s mine.
Now the silence changes.
—What do you mean?
—I filmed that day.
Casey stops touching the keyboard.
—You were there?
—Yes.
—At Ground Zero?
—Yes.
For a few seconds neither speaks.
—Did you upload the material to the Internet?
—Part of it.
—All of it?
—No.
—Are you sure?
He turns towards the table.
—Yes.
Casey breathes.
—Then we have a problem.
He does not want to hear the next sentence.
—There are shots that aren’t in any of the public versions.
He sits down.
—That can’t be.
—Ivan Walsh.
—What.
—Do you still have the originals?
He thinks.
Tapes.
Discs.
Computers.
Moves.
Mexico.
New York.
Cuba.
Years.
—I don’t know.
—Who had access?
—A lot of people.
—Who?
—Casey, twenty-four years have passed.
—Think.
He does not think.
He remembers.
An editor.
A producer.
The television people.
Colleagues.
Someone he lent a copy to.
Then names appear that he is not sure belong to that time, and he stops trusting.
—What’s in the video?
Casey takes a while to answer.
—The firefighter.
He closes his eyes.
—Which one.
—One looking out of frame.
He knows which one.
He does not ask.
—Then the camera goes down.
—I didn’t lower the camera.
—In this file you did.
—Then it isn’t mine.
—It’s the same shot.
—No.
Casey goes on.
—The movement starts after the point where your cut ends.
That makes him listen.
—What’s there?
—Ground.
—And?
—Dust. Bottles of water. A backpack.
—Casey.
—And a photograph.
He says nothing.
—A print —he corrects himself—. A small one.
The room disappears.
Not completely. He sees the table, the notebook, the first light coming through the window. But something withdraws inside him and leaves a void.
—Don’t say Virgin.
Casey does not respond.
—Don’t say it.
—Ivan Walsh.
—What.
—It’s the Virgin.
He gets up.
He walks.
He does not know where he is going.
—That wasn’t there.
—It’s in the recording.
—Then someone put it there.
—Possibly.
—When?
—I don’t know.
—Before I filmed?
—I don’t know.
—Afterwards?
—I don’t know that either.
He strikes the table with his palm.
—Then you don’t know anything.
—Exactly.
The word stops him.
Exactly.
Casey continues with a calm that makes him want to hang up.
—All I know is that someone kept a part of your recording that you don’t remember keeping, and now it’s inside La Madonna.
He looks at the notebook.
—What’s its name?
—The file?
—The Virgin.
He hears the keyboard.
—Pilgrims.
Of course.
In 2001 they are still pilgrims.
He does not say that.
He thinks it and immediately feels ashamed because he has just turned September eleventh into a piece of his own mythology. That is precisely what he does not want to do. Thousands of people died there. They did not die so that twenty-four years later he could find a narrative structure.
He sits down.
—Casey.
—Yes.
—Don’t use the dead.
He does not understand.
—What?
—In this.
—Ivan Walsh, I’m investigating.
—Precisely.
He looks at the reproduction of the Virgin.
—Don’t turn those people into clues.
Casey takes a while.
—Then what do I do?
The question throws him back to 2001.
To the camera.
To his friend.
To the promise.
Not to film bodies.
Not to appropriate any of it.
—Look at what the living did —he says.
Casey remains quiet.
—What.
—That day. In the video. Don’t look for the dead. Look for the people who were helping.
—Why?
—Because that’s what I filmed.
He opens the file again.
He hears the sound through the phone. Voices. Sirens. People moving.
Casey skips ahead.
—There are workers.
—Yes.
—Firefighters.
—Yes.
—Police officers.
—Yes.
A few seconds pass.
—Wait.
—What.
He does not answer.
—Casey.
—There’s a man.
—There are thousands.
—No.
Keys.
—The same one.
—The same what?
—The same man appears three times.
—Normal.
—Not in the same place.
—Casey, everyone was moving.
—Ivan Walsh.
His voice changes.
—Look.
He sends him a frame.
He opens the image.
Dust.
Three men are carrying something that remains outside the frame. In the background, almost hidden behind a helmet, there is a face.
He enlarges it.
He does not know him.
Or he does.
No.
He feels that form of recognition that appears before memory.
Casey sends another image.
The same man is several streets farther away. He is not working. He looks towards the camera.
Third.
This time he appears with his back turned beside a vehicle.
—Who is he? —he asks.
—That’s what I want to know.
He enlarges the third photograph.
In his left hand he is holding something.
A print.
It is not clear which one.
—Casey.
—Yes.
—Why do you have this?
—It was marked.
—Marked how?
—Like the other files.
—But there wasn’t a crime in the series there.
Silence.
—That’s what I thought.
He feels cold.
—What did you find.
Casey does not answer immediately.
—A name.
—Which one.
—A Columbia student.
He cannot breathe properly.
—Dead that day.
He closes his eyes.
—There were many.
—This one lived on Riverside Drive.
The sentence enters slowly.
—Name.
Casey says one.
He does not recognize it.
And that, for some reason, is worse.
—Did you know him?
—No.
—Are you sure?
—I don’t know.
Again.
He does not know.
The word that is beginning to replace all the others.
Casey opens something.
—There’s a photograph of his room.
—Why?
—The family made an inventory afterwards.
—And?
—There’s a print on top of the desk.
He no longer needs to ask.
—Pilgrims.
—Yes.
He looks towards the dawn.
For twenty-four years he has told September eleventh as the day he learns something about looking: that a camera can be facing death and still decide not to appropriate it. Now someone is trying to return that same morning to him turned into a file.
And for the first time he understands the difference between them.
Whoever built La Madonna does not collect the dead.
They collect gazes.
People who were there.
People who saw.
People who told afterwards.
Him.
Casey.
Liliana.
Perhaps Bernardo.
Perhaps Bernardo.
Perhaps the names do not matter.
—Casey.
—Here.
—Look for photographers.
—What.
—In all the cases.
—I don’t understand.
—People who have seen something. Photographers, journalists, painters, writers, police officers. Whoever told the story afterwards.
Casey does not respond.
—Why?
He looks at his nonexistent camera from 2001.
He remembers the dust.
The hands.
The firefighter.
His father amid the ruins of Mexico sixteen years earlier.
Then another structure appears and he tries to stop it, but this one is already there.
1985
1986
1987
Rubble.
—Because perhaps the dead aren’t the center —he says.
—Then?
—Us.
—Who are we?
He does not know how to answer immediately.
Then he does.
—The witnesses.