Los testigos

2001, mayo, 22. La Habana. 04:19 h.

Afuera empieza a haber pájaros.

Casey sigue al teléfono. Bernardo continúa en algún sitio que no puede localizar y en la pantalla de Casey hay una habitación donde aparecen cuadros que son expedientes y expedientes que quizá todavía no son crímenes. Ivan Walsh permanece sentado frente al cuaderno abierto, pero ya no está leyendo. Riverside Drive se ha instalado otra vez en la habitación: 1944, Bernardo junto al Hudson; 1999, Bernardo despertando después de una fiesta; 2001, él cubierto de polvo después de caminar desde el sur de Manhattan. Tres hombres en la misma avenida y uno de ellos es él. Quizá los tres. La tentación de unirlos es tan grande que casi puede ver la flecha y vuelve a recordar que las flechas son peligrosas.

—Ivan Walsh —dice Casey.

No contesta.

—Ivan Walsh.

—Aquí estoy.

—Encontré otro archivo.

—Qué archivo.

—Video.

Escucha clics.

—¿Fecha?

Casey tarda.

—Once de septiembre de 2001.

Se pone de pie.

No por sorpresa.

Por rechazo.

—No.

—¿Qué?

—No abras eso.

—Ya está abierto.

Camina hacia la ventana.

—Ciérralo.

—Ivan Walsh.

—Casey, ciérralo.

Él guarda silencio.

—¿Por qué?

La respuesta le parece tan evidente que le irrita tener que decirla.

—Porque es mío.

Ahora el silencio cambia.

—¿Qué quieres decir?

—Yo filmé ese día.

Casey deja de tocar el teclado.

—¿Tú estabas ahí?

—Sí.

—¿En Ground Zero?

—Sí.

Durante unos segundos ninguno habla.

—¿Subiste el material a Internet?

—Parte.

—¿Todo?

—No.

—¿Estás seguro?

Se vuelve hacia la mesa.

—Sí.

Casey respira.

—Entonces tenemos un problema.

No quiere escuchar la frase siguiente.

—Hay tomas que no están en ninguna de las versiones públicas.

Se sienta.

—Eso no puede ser.

—Ivan Walsh.

—Qué.

—¿Conservas los originales?

Piensa.

Cintas.

Discos.

Computadoras.

Mudanzas.

México.

Nueva York.

Cuba.

Años.

—No sé.

—¿Quién tuvo acceso?

—Mucha gente.

—¿Quién?

—Casey, han pasado veinticuatro años.

—Piensa.

No piensa.

Recuerda.

Un editor.

Un productor.

La gente de televisión.

Compañeros.

Alguien a quien prestó una copia.

Después aparecen nombres que no está seguro de que correspondan a esa época y deja de confiar.

—¿Qué sale en el video?

Casey tarda en contestar.

—El bombero.

Cierra los ojos.

—Cuál.

—Uno mirando hacia fuera de cuadro.

Sabe cuál.

No pregunta.

—Después la cámara baja.

—Yo no bajé la cámara.

—En este archivo sí.

—Entonces no es mío.

—Es la misma toma.

—No.

Casey continúa.

—El movimiento empieza después de donde termina tu corte.

Eso lo obliga a escuchar.

—¿Qué hay?

—Suelo.

—¿Y?

—Polvo. Botellas de agua. Una mochila.

—Casey.

—Y una fotografía.

No dice nada.

—Una estampa —corrige—. Pequeña.

La habitación desaparece.

No completamente. Ve la mesa, el cuaderno, la primera luz entrando por la ventana. Pero algo se retira dentro de él y deja un vacío.

—No digas Virgen.

Casey no responde.

—No lo digas.

—Ivan Walsh.

—Qué.

—Es la Virgen.

Se levanta.

Camina.

No sabe hacia dónde.

—Eso no estaba ahí.

—Está en la grabación.

—Entonces alguien la puso.

—Puede ser.

—¿Cuándo?

—No sé.

—¿Antes de que yo filmara?

—No sé.

—¿Después?

—Tampoco.

Golpea la mesa con la palma.

—Entonces no sabes nada.

—Exacto.

La palabra lo detiene.

Exacto.

Casey continúa con una calma que le da ganas de colgar.

—Lo único que sé es que alguien conservó una parte de tu grabación que tú no recuerdas haber conservado y ahora está dentro de La Madonna.

Mira el cuaderno.

—¿Qué nombre tiene?

—¿El archivo?

—La Virgen.

Escucha el teclado.

—Peregrinos.

Por supuesto.

En 2001 todavía son peregrinos.

No dice eso.

Lo piensa y enseguida se avergüenza porque acaba de convertir el 11 de septiembre en una pieza de su propia mitología. Eso es precisamente lo que no quiere hacer. Miles de personas murieron allí. No murieron para que veinticuatro años después él encuentre una estructura narrativa.

Se sienta.

—Casey.

—Sí.

—No uses a los muertos.

Él no entiende.

—¿Cómo?

—En esto.

—Ivan Walsh, estoy investigando.

—Precisamente.

Mira la reproducción de la Virgen.

—No conviertas a esa gente en pistas.

Casey tarda.

—Entonces ¿qué hago?

La pregunta lo devuelve de golpe a 2001.

A la cámara.

A su amigo.

A la promesa.

No filmar cuerpos.

No apropiarse de aquello.

—Mira lo que hicieron los vivos —dice.

Casey permanece callado.

—Qué.

—Ese día. En el video. No busques muertos. Busca a quienes estaban ayudando.

—¿Por qué?

—Porque eso fue lo que yo filmé.

Abre el archivo otra vez.

Escucha el sonido a través del teléfono. Voces. Sirenas. Gente moviéndose.

Casey adelanta.

—Hay trabajadores.

—Sí.

—Bomberos.

—Sí.

—Policías.

—Sí.

Pasan unos segundos.

—Espera.

—Qué.

No responde.

—Casey.

—Hay un hombre.

—Hay miles.

—No.

Teclas.

—El mismo.

—¿El mismo qué?

—El mismo hombre aparece tres veces.

—Normal.

—No en el mismo lugar.

—Casey, todos estaban moviéndose.

—Ivan Walsh.

Su voz cambia.

—Mira.

Le manda un fotograma.

Abre la imagen.

Polvo.

Tres hombres cargan algo que queda fuera del cuadro. Al fondo, casi oculto detrás de un casco, hay un rostro.

Amplía.

No lo conoce.

O sí.

No.

Siente esa forma de reconocimiento que aparece antes del recuerdo.

Casey manda otra imagen.

El mismo hombre está varias calles más lejos. No trabaja. Mira hacia la cámara.

Tercera.

Esta vez aparece de espaldas junto a un vehículo.

—¿Quién es? —pregunta.

—Eso quiero saber.

Aumenta la tercera fotografía.

En la mano izquierda sostiene algo.

Una estampa.

No se distingue cuál.

—Casey.

—Sí.

—¿Por qué tienes esto?

—Estaba marcado.

—¿Marcado cómo?

—Como los otros expedientes.

—Pero ahí no hubo un crimen de la serie.

Silencio.

—Eso pensaba.

Siente frío.

—Qué encontraste.

Casey no responde inmediatamente.

—Un nombre.

—Cuál.

—Un estudiante de Columbia.

No puede respirar bien.

—Muerto ese día.

Cierra los ojos.

—Había muchos.

—Éste vivía en Riverside Drive.

La frase entra lentamente.

—Nombre.

Casey dice uno.

No lo reconoce.

Y eso, por alguna razón, es peor.

—¿Lo conocías?

—No.

—¿Seguro?

—No sé.

Otra vez.

No sabe.

La palabra que empieza a sustituir todas las demás.

Casey abre algo.

—Hay una fotografía de su habitación.

—¿Por qué?

—La familia hizo inventario después.

—¿Y?

—Hay una estampa encima del escritorio.

Ya no necesita preguntar.

—Peregrinos.

—Sí.

Mira hacia el amanecer.

Durante veinticuatro años ha contado el 11 de septiembre como el día en que aprende algo acerca de mirar: que una cámara puede estar frente a la muerte y aun así decidir no apropiarse de ella. Ahora alguien intenta devolverle esa misma mañana convertida en expediente.

Y por primera vez entiende la diferencia entre ellos.

Quien construyó La Madonna no colecciona muertos.

Colecciona miradas.

Personas que estuvieron allí.

Personas que vieron.

Personas que después contaron.

Él.

Casey.

Liliana.

Quizá Bernardo.

Quizá Bernardo.

Quizá los nombres no importen.

—Casey.

—Aquí.

—Busca fotógrafos.

—Qué.

—En todos los casos.

—No entiendo.

—Personas que hayan visto algo. Fotógrafos, periodistas, pintores, escritores, policías. Quien haya contado la historia después.

Casey no responde.

—¿Por qué?

Mira su cámara inexistente de 2001.

Recuerda el polvo.

Las manos.

El bombero.

Su padre entre las ruinas de México dieciséis años antes.

Entonces aparece otra estructura y trata de detenerla, pero ésta ya está allí.

1985

1986

1987

Escombros.

—Porque quizá los muertos no sean el centro —dice.

—¿Entonces?

—Nosotros.

—¿Quiénes somos nosotros?

No sabe responder inmediatamente.

Después sí.

—Los testigos.

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