Quién está mirando

2001, mayo, 21. San Antonio de los Baños. 17:53 h.

A esta hora la escuela cambia.

Durante el día todo parece provisional: estudiantes entrando y saliendo de los salones, cables, cámaras, alguien corriendo porque falta una batería, alguien sentado en el suelo corrigiendo un guion que debería haber entregado hace tres días.

Al final de la tarde queda otra cosa.

Ivan Walsh camina junto a María Julia.

Han terminado las asesorías.

Bernardo se quedó con tres estudiantes colombianos que discuten frente al edificio de edición. Ivan Walsh lo ve a lo lejos. Habla poco, pero escucha.

—Le caíste bien —dice María Julia.

—¿Quién?

—El muchacho.

—No sé.

—Entonces te cayó bien a ti.

Ivan Walsh la mira.

—Sigues haciendo eso.

—¿Qué?

—Decidir lo que pienso.

—Alguien tiene que hacerlo.

Caminan.

La tierra sigue siendo roja.

Eso Ivan Walsh lo recordaba.

Hay lugares que cambian mediante sustituciones pequeñas: un edificio pintado, otro abandonado, una antena nueva, un árbol que ya no está. Pero el camino conserva el mismo color.

—Hoy les hablaste de Historia —dice María Julia.

—Me preguntaron.

—No. Tú llevaste la conversación allí.

Ivan Walsh acepta la corrección.

—Puede ser.

—Siempre terminas allí.

Se sientan en una banca.

Ivan Walsh mira hacia el campo.

—Antes pensaba que era una pregunta intelectual.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que tenía miedo.

—¿De qué?

Ivan Walsh piensa en Bernardo.

Después en Liliana.

Después en la fotografía que no ha visto.

—De que las cosas que me pasaban no significaran nada.

María Julia tarda en contestar.

—Eso es bastante común.

—Ya.

—Y bastante narcisista.

Ivan Walsh sonríe.

—También.

Una luz se enciende en uno de los edificios.

Ivan Walsh recuerda otra tarde. O cree recordarla. Algunas memorias poseen demasiados detalles y por eso comienza a desconfiar de ellas.

—Pensaba que tenía que existir una relación entre Napoleón y el hombre que perdió una pierna en Borodinó.

—Tolstói.

—Claro.

—Sigues leyéndolo.

—Menos.

—¿Y ahora qué piensas?

Ivan Walsh mira a Bernardo.

Uno de los estudiantes le ha dado una cámara. Bernardo la sostiene torpemente, pregunta algo y todos se ríen.

—Que quizá el hombre que perdió la pierna no necesita a Napoleón para que le duela.

María Julia permanece callada.

—Eso sí es nuevo —dice finalmente.

Ivan Walsh asiente.

El teléfono vibra.

Es Liliana.

Hay una fotografía.

Ivan Walsh la abre.

Durante unos segundos no entiende qué está mirando.

Es la reproducción de la Virgen.

No la de su cuaderno.

Otra.

Debajo aparece un mensaje.

«Ésta es la que te decía.»

Ivan Walsh amplía la imagen.

La estrella.

El manto.

La posición de las manos.

Después mira hacia donde estaba Bernardo.

Los estudiantes siguen allí.

Bernardo no.

Ivan Walsh se pone de pie.

—¿Qué pasa?

No responde.

Camina hacia ellos.

—¿Dónde está Bernardo?

Uno de los colombianos señala hacia los dormitorios.

—Se fue con el mexicano.

Ivan Walsh se detiene.

—¿Qué mexicano?

El muchacho no entiende la pregunta.

—El señor que vino por él.

Ivan Walsh saca el teléfono.

Marca a Bernardo.

Una vez.

Dos.

Tres.

No contesta.

Marca otra vez.

María Julia llega hasta él.

—Ivan Walsh.

Levanta una mano.

Necesita escuchar.

Cuarta llamada.

Nada.

Entonces mira otra vez la fotografía enviada por Liliana.

La Virgen.

Piensa en David.

Piensa en Goliat.

Piensa en el muchacho sentado mientras un hombre permanece detrás.

Durante años ha creído que el problema de la Historia consiste en saber quién mueve a quién.

Ahora comprende que quizá ha formulado mal la pregunta.

No es quién mueve a quién.

Es quién está mirando.

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