7
El hombre que pintaba laberintos
La noche avanzaba lentamente sobre La Habana.
El comandante Racmendi esperaba en la habitación del Alemán con la calma fatigada de quien ya ha visto demasiados cadáveres. Sobre la mesa, iluminado por una lámpara portátil, estaba el cuaderno morado dentro de la bolsa de evidencia.
Cuando Canchola entró, Racmendi levantó la vista.
—¿Este es el mexicano?
—El mismo.
Racmendi señaló la bolsa.
—Lo encontramos debajo del colchón.
Canchola tomó el cuaderno sin abrirlo todavía.
—¿Alguien lo leyó?
—No.
—¿Por qué?
—Porque está escrito en varias lenguas.
Macoy se acercó.
—¿Qué lenguas?
Racmendi levantó los hombros.
—Español, griego, latín… y algo más raro.
Canchola abrió la primera página.
La misma frase:
Todo laberinto tiene un centro.
Debajo:
Pero ahora vio algo más.
Un dibujo.
Un niño frente a un toro.
—El Minotauro —dijo Macoy.
Canchola pasó la página.
Había fragmentos de texto, frases sueltas.
“Los monstruos no nacen. Se organizan.”
Otra página.
Un esquema.
Una red.
Nombres. Flechas.
Y en el centro de todo:
Pili se inclinó sobre la mesa.
—Ya valimos madre.
Racmendi encendió un cigarro.
—¿Ese es el hombre que buscan ustedes?
Canchola no respondió.
Seguía pasando páginas.
De pronto se detuvo.
Un nombre nuevo aparecía repetido varias veces.
Ivan Walsh.
Macoy levantó la vista.
—El pintor.
—Sí.
Racmendi frunció el ceño.
—¿Quién es ese?
Canchola respondió sin mirar:
—El único hombre que ya sabía todo esto.
Pili golpeó la mesa.
—Entonces ¿por qué no está aquí?
—Porque la gente como Walsh no habla con policías —dijo Macoy.
En ese momento sonó el teléfono de Racmendi.
Contestó. Escuchó unos segundos.
Luego miró a Canchola.
—Inspector.
—¿Sí?
—Hay un hombre en la puerta.
—¿Quién?
Racmendi exhaló el humo lentamente.
—Dice que viene por el cuaderno.
Silencio.
—¿Nombre? —preguntó Canchola.
—Ivan Walsh.
Cinco minutos después Walsh entró en la casa.
No parecía el tipo de hombre que llega a una escena del crimen.
Traía ropa sencilla, un saco oscuro manchado de pintura, y el cabello un poco húmedo por la brisa del mar.
Miró primero el cadáver cubierto junto a la piscina. Luego la pared con los Caravaggio. Finalmente el cuaderno.
—Sabía que lo encontrarían —dijo.
Canchola lo observó con atención.
—¿Por qué?
—Porque Isaac lo dejó ahí.
—¿Quién es Isaac?
Walsh lo miró con curiosidad.
—El único que todavía cree que todo esto puede entenderse.
Pili cruzó los brazos.
—Pues que venga a explicarlo.
Walsh negó con la cabeza.
—No puede.
—¿Por qué?
—Porque si aparece, lo matan.
Canchola cerró el cuaderno.
—Explíqueme algo, Walsh.
—¿Qué cosa?
—¿Quién es Farid?
Walsh caminó hacia la ventana.
La playa estaba oscura.
—Farid —dijo lentamente— no es un hombre.
Canchola apretó la mandíbula.
—No tengo paciencia para acertijos.
Walsh lo miró por primera vez directamente.
—Farid es un sistema.
Macoy dejó escapar el aire.
Pili murmuró:
—Chingado.
Canchola volvió a abrir el cuaderno.
—Entonces empecemos desde el principio.
Walsh sonrió apenas.
—El principio no está aquí.
—¿Dónde?
Walsh señaló el cuaderno.
—En el niño que lo escribió.
—Isaac.
—Exactamente.
—¿Y dónde está?
Walsh tardó en responder.
—En San Miguel.
Canchola levantó la mirada.
—Entonces vamos a tener que ir a México.
Walsh negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si ustedes van…
Se detuvo un segundo.
—…van a destruirlo todo.
Silencio.
El mar golpeaba suavemente la playa.
Y por primera vez Canchola sintió algo que no era miedo.
Era otra cosa.
La sensación de que la investigación ya no era un caso policial.
Era un laberinto.
Y el centro…
era Isaac.
§OM La Habana. Casa de la playa del Alemán. Noche.
Rogelio Galés comenzó su diario de campo con la paciencia de los antropólogos que saben que el primer dato siempre es inútil.
La casa estaba llena de policías.
La piscina todavía tenía el agua azul, demasiado azul para una casa abandonada.
Galés anotó:
“El cadáver no es lo importante. Lo importante es quién limpió la piscina.”
Luego levantó la mirada hacia el mar.
Tony debía llegar en cualquier momento.
Tony —según todos— era el Virgilio de los bajos fondos de La Habana.
El único hombre capaz de explicar cómo funcionaba la ciudad cuando la policía no estaba mirando.
Galés escribió otra línea:
“La Habana es una ciudad doble. La visible y la que funciona de noche.”
Apagó el cigarro.
Esperó.
§OM El mundo que viene
Rogelio Galés no era sólo periodista.
Era un hombre obsesionado con algo que llamaba la nueva configuración mundial.
Según él, el siglo XXI no se organizaría por ideologías sino por redes invisibles:
tráfico pornografía dinero digital arte niños perdidos dioses falsos
Galés escribía:
“Los Estados creen que gobiernan. Pero el verdadero poder se mueve por túneles.”
La casa del Alemán era uno de esos túneles.
§OM La página de La Madonna
Oficina improvisada.
Canchola, Casey y Macoy miraban la pantalla del portátil de Niño Pedro.
La página era elegante.
Un catálogo de arte.
Nada más.
Casey habló primero.
—El dios Gek no existe.
Canchola levantó la mirada.
—¿Entonces qué es?
—Una contraseña.
Pedro movía el ratón.
—Miren esto.
Las imágenes comenzaron a abrirse como muñecas rusas.
Cuadro. Otro cuadro. Otro.
Niños pescando. Niños durmiendo. Niños mirando el mar.
Y al fondo…
La muerte de Ganímedes.
Silencio.
Canchola murmuró:
—Zeus no mata a Ganímedes.
—Exacto —dijo Casey.
—Entonces ¿por qué alguien pintaría eso?
Casey respondió con calma:
—Porque alguien quiere imaginar lo que nunca se contó.
§OM Bobby Fischer
Pedro abrió otra ventana.
—Esto también apareció en el servidor.
Una partida de ajedrez.
Blancas: f3 Rey a f2
Canchola frunció el ceño.
—Eso es una estupidez.
Pedro sonrió.
—Se llama la Zorra Frita.
Macoy soltó una carcajada.
—¿Y quién juega así?
Pedro miró la pantalla.
—Guest3841.
—¿Quién es?
Pedro respondió:
—Dicen que Bobby Fischer.
Silencio.
Casey habló lentamente.
—La gente se pone nerviosa cuando alguien hace algo completamente absurdo.
Canchola entendió.
—Como el Alemán.
§OM Don Isidro
Más tarde.
Pippo. Costera de La Habana.
Don Isidro y Canchola comían camarones a la diabla mirando el atardecer.
Parecían una familia cualquiera.
—Necesito que encuentres a un niño —dijo Don Isidro.
Le pasó una fotografía.
David.
Canchola la miró.
—¿Qué hizo?
—Nada.
—Entonces ¿por qué lo buscan?
Don Isidro sonrió.
—Porque todos lo buscan.
Canchola guardó la foto.
—¿Quién puede ayudarme?
Don Isidro señaló al fondo del restaurante.
Un hombre alto bebía solo.
—Marcial.
§OM Marcial
Playa.
Marcial hablaba con Marcos Canchola mientras los muchachos jugaban futbol.
—Yo desciendo de la casa de David —decía.
Canchola no respondió.
Miraba al muchacho rubio que abrazaba al Alemán.
—¿Quién es?
—David.
—¿Qué hace?
Marcial sonrió.
—Es un chichifo.
Silencio.
—Aquí casi todos lo son.
Canchola repitió la palabra lentamente.
—Chichifos.
Marcial levantó el vaso.
—La economía invisible de La Habana.
§OM El emperador
El Alemán caminaba solo por la playa.
Pensaba.
“No creo en Dios. No creo en el destino. Sólo creo en la belleza.”
Recordó la primera vez que vio a David dormido en la arena.
Recordó el golpe.
La piedra de David contra Goliat.
“Estoy decapitado.”
Encendió un cigarro.
“Lo único que puede vencerme es la belleza.”
§OM Castillo Verdemar
En otro lugar de la ciudad.
Niño Pedro enviaba otro correo.
“Macoy: Encontré algo más. La página no vende cuadros. Vende acceso.”
Adjuntó una carpeta.
Fotos. Videos. Niños. Muchos niños.
—Esto ya no es arte —murmuró Canchola.
Casey cerró el portátil.
—No.
—Entonces ¿qué es?
Casey respondió:
—Un mercado.
§OM El ángel caído
Al día siguiente Casey pidió permiso.
—Necesito sacar algo de Cuba.
—¿Qué cosa?
—El dios Gek.
Canchola frunció el ceño.
—Pensé que dijiste que no existía.
Casey sonrió.
—Exacto.
—Entonces ¿qué vamos a sacar?
Casey señaló la pantalla.
—La clave.
§OM Rogelio Galés
Mientras tanto.
Tony llegó finalmente.
Galés cerró su cuaderno.
—¿Eres Tony?
—Sí.
—Necesito que me lleves al fondo de La Habana.
Tony lo miró con curiosidad.
—¿A qué fondo?
Galés respondió:
—Al que nadie quiere mirar.
Tony encendió un cigarro.
—Entonces ven.
§OM Nueva York
Pentecostés. 2008.
Casey terminó de leer el manuscrito.
Salió al jardín japonés. Encendió un cigarro. Llamó a su madre. Luego a su amigo.
Después entró al bar italiano.
Tres bourbons.
Cuando salió, caminó por Columbia.
Pensó:
“Las aventuras medievales comenzaban así. Un día de Pentecostés.”
Miró el manuscrito otra vez.
La historia era falsa.
Pero también verdadera.
Su especialidad.
§OM Narumi
La música del salón se expandía como una marea.
Bailaron.
Por un momento todo fue silencio.
Después Isaac pensó:
“Soy un pescador perdido en su tormenta.”
Narumi sonrió.
Isaac sintió que el mundo se abría y se cerraba al mismo tiempo.
“Quiero ser él. Pero no puedo.”
La música terminó.
Narumi se alejó.
Isaac quedó solo en el salón.
Y comprendió algo.
Que la historia de todos ellos —Canchola, David, el Alemán, Galés, Tony, Walsh— era la misma historia.
Una historia que todavía no sabía cómo contar.
Pero que ya había empezado.