F0047 · La llama de las velas oscilaba, proyectando sombras en las paredes…

F0047 · El Reino Cimarrón / Fuera del tiempo

La llama de las velas oscilaba, proyectando sombras en las paredes repletas de libros encuadernados en cuero. Isaac estaba de pie, su silueta envuelta en un aura de intensidad que parecía desbordar de su mirada fija. Bernardo, sentado frente a él, no apartaba los ojos del cáliz de vino en sus manos. Las palabras de Isaac flotaban en el aire, cargadas de una gravedad que parecía transformar incluso el silencio en algo tangible.

—La excelencia no es otra cosa que una danza entre el sacrificio y el placer, Bernardo. Como cuando un pianista enfrenta el enloquecido primer concierto de Prokofiev —dijo Isaac, su voz mezclando fervor y melancolía. Hizo una pausa, dejando que las palabras se asentaran antes de continuar—. Virtuosismo, resistencia… y algo de locura.

Bernardo sonrió débilmente, pero no respondió. Su mente divagaba, atravesando recuerdos. Recordó los dedos tensos de Narumi sobre las teclas, cómo se enfrentaba al instrumento como si de un campo de batalla se tratara. Pensó también en Farid, el esclavo árabe, que alguna vez había sido lector de la marquesa Inés. En aquel monasterio frío y severo, donde todos esperaban que Farid sucumbiera bajo el peso de sus diferencias, él había respondido con una elegancia que bordeaba lo divino. Aprendió no solo a leer con una dicción impecable, sino también a tocar el laúd con una precisión y pasión que parecían traídas de otro mundo.

Farid había sido, en más de un sentido, un reflejo de los pianistas que Isaac mencionaba. Aquellos a quienes los maestros envidiosos observaban con expectación malsana, esperando el error que justificara su resentimiento. Sin embargo, Farid no erraba. Cada nota, cada palabra, era un acto de resistencia, una declaración de existencia. En su mente, Bernardo podía ver al joven esclavo en el jardín de naranjos, sus dedos acariciando las cuerdas del laúd, su mirada desafiante dirigida al horizonte.

—En el arte y en la vida, lo difícil no es comenzar, sino resistir —había dicho Isaac esa noche, girando ligeramente el cáliz de vino entre sus dedos. Bernardo había asentido, sintiendo que las palabras se entrelazaban con sus propios pensamientos.

Al día siguiente, mientras el sol se derramaba perezoso sobre el jardín, Bernardo se encontró con Farid entre los naranjos. Una melodía melancólica emanaba del laúd, flotando en el aire como un eco de todas las almas que luchaban por un lugar en el mundo. Bernardo lo observó por un momento, dejando que la música llenara el silencio entre ellos antes de hablar.

—Tal vez no seas un virtuoso de la música todavía, pero tienes la misma fuerza que los grandes. Y eso es lo que te hará trascender —dijo, su voz baja, pero cargada de convicción.

Farid alzó la mirada, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de sorpresa y gratitud. Desde un rincón del jardín, Isaac, que observaba la escena, sonrió casi imperceptiblemente antes de volverse hacia sus escritos. La pluma rasgaba el papel con un ritmo constante, como si las palabras fluyeran desde alguna fuente profunda que ni siquiera él mismo comprendía del todo.

Bernardo se alejó unos pasos, dejando que la música de Farid lo envolviera. Pensó en las palabras de Isaac, en la resistencia de Narumi frente al piano, en la dureza de los caminos que todos transitaban. Al igual que los pianistas enfrentando piezas imposibles o los navegantes cruzando océanos desconocidos, ellos también luchaban, cada uno a su manera, por reclamar un espacio en un mundo que parecía negárselo.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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