F1020 · El pintor y el laberinto

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El pintor y el laberinto

La madrugada llegó a La Habana como llegan las cosas inevitables: sin ruido.

En la casa de Rogelio Galés los policías cubanos seguían trabajando. Los flashes de las cámaras iluminaban la sala a intervalos irregulares, como relámpagos.

Macoy continuaba frente a la computadora.

Pili fumaba en la ventana.

Canchola miraba otra vez los cuadros.

David con la cabeza de Goliat. Tres veces.

Y al centro, la Madonna de los peregrinos.

—Esto no es decoración —dijo finalmente.

—¿Qué cosa? —preguntó Pili.

—La pared.

Macoy levantó la vista.

—¿Crees que es un código?

—No creo nada —respondió Canchola—. Pero ya aprendí una cosa: nadie cuelga cuatro Caravaggios por casualidad.

En ese momento sonó el teléfono.

Era el suyo.

—¿Bueno?

Del otro lado de la línea una voz tranquila respondió:

—Inspector Canchola.

Canchola frunció el ceño.

—¿Quién habla?

—Un amigo.

—No tengo amigos a estas horas.

La voz rió.

—No, claro que no. Usted tiene preguntas.

Pausa.

—¿Quién es?

—Mi nombre es Ivan Walsh.

Canchola miró a Macoy.

—¿El pintor?

—El mismo.

—¿Cómo consiguió este número?

—Digamos que cuando alguien abre cierto tipo de archivos… algunos de nosotros nos enteramos.

El silencio en la sala se volvió inmediato.

Macoy entendió.

—Nos están mirando.

Canchola volvió a hablar.

—¿Qué quiere?

—Ayudarlo.

—¿Con qué?

—Con los cuadros.

Canchola volvió a mirar la pared.

—¿Qué tienen los cuadros?

La voz de Walsh se volvió más lenta.

—Son una teología visual.

—Explíquese.

—David no mata a Goliat —dijo Walsh—. Lo contempla.

—¿Y eso qué significa?

—Que el poder siempre termina decapitado por la belleza.

Pili bufó.

—Este cabrón está loco.

Pero Walsh siguió hablando.

—El Alemán lo sabía. Por eso coleccionaba esas imágenes.

—¿Qué sabía?

—Que su imperio dependía de una sola cosa.

—¿Cuál?

—De que nadie mirara demasiado.

Canchola recordó el laberinto de imágenes en la computadora.

—Demasiado tarde.

—Exacto —dijo Walsh.

—Entonces dígame algo útil.

La voz del pintor se volvió más grave.

—El Alemán no creó esa red.

—Ya lo sospechábamos.

—El Alemán era un administrador.

Macoy dejó de escribir.

—¿Administrador de quién?

Hubo un silencio largo.

Cuando Walsh volvió a hablar, su voz era apenas un susurro.

—De Farid.

Pili soltó el cigarro.

—¿Qué dijiste?

Pero Walsh no respondió a ella.

—Inspector Canchola, ¿sabe usted qué significa Farid en árabe?

—No.

—Significa único.

Canchola cerró los ojos un segundo.

Alexandru. Culiacán. El rescate.

Todo comenzó a alinearse.

—¿Dónde está? —preguntó.

Walsh tardó en responder.

—Eso depende.

—¿De qué?

—De si quiere encontrarlo… o sobrevivir.

La línea quedó en silencio.

Canchola miró el teléfono unos segundos más y luego lo guardó.

—¿Qué dijo? —preguntó Pili.

—Que el Alemán no era el jefe.

—¿Entonces quién?

Canchola miró hacia la ventana.

La playa estaba completamente vacía.

—Farid.

Macoy respiró hondo.

—¿El mismo Farid de Culiacán?

—El mismo.

Pili negó con la cabeza.

—Esto ya se salió de madre.

En ese momento uno de los policías cubanos apareció desde el pasillo.

—Capitán Racmendi quiere verlo.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Por qué?

El policía dudó.

—Encontraron algo en la habitación del Alemán.

—¿Qué?

El hombre levantó una bolsa de evidencia.

Dentro había un cuaderno morado.

Canchola lo miró un segundo.

—¿Qué es eso?

El policía respondió:

—Un diario.

Canchola tomó la bolsa.

En la primera página se leía una frase escrita con tinta negra:

“Todo laberinto tiene un centro.”

Debajo había un nombre.

Isaac.

Pili miró a Canchola.

—¿Ese no es el muchacho de la playa?

Canchola no respondió.

Porque por primera vez entendía algo.

El caso Ferretis. El Alemán. Farid.

Todo estaba conectado.

Y ahora el nombre de Isaac estaba en el centro.

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