F1172 · —¡Miguel! Vino a descargar La Francesa.

En la fiesta, los travestis lucen galas chillantes. Hay locas de pelos rosas que visten trajes hechos de foquitos de colores y uno muy flaco que gira contoneando un montón de plumas pegadas en una corona de unicel. Plumas y pájaras: Pintores, poetas y músicos. Enanos y viejos piratas, infantes bastardos de Europa buscan sus bocas; se meten la mano junto al jardín. La fiesta de los pingueros revienta: Farándula habanera y tanto que ver que Miguel casi se siente colmado: aquellos dos se meten a los vagones. Ha entrado un tercero. Aquí otra desciende y otro se inclina. Allá uno pone polvos en la cerveza del aquél. Un español gira y se va de bruces. Un escultor grita que ha visto moverse a la estatua Rebelde en el Capitolio. Hendrix, se toma de la mano con otro pinguero por debajo de la mesa de plástico. Lo ha visto Miguel, qué placer verlo todo, disfrutarlo todo. De pronto María Julia le dice: 

         —¡Miguel! Vino a descargar La Francesa. 

Se levantó de su lecho de agujas. Viene vestida de reina. La conduce un cortejo de muchachitos completamente drogados. A su paso uno imagina que vuelan papelitos de colores que gritan: ¡Claudia! Todo es tal puchis punchis de felicidad que de pronto algo explota. En lo mejor de la fiesta, un auto viejo de cables cruzados se incendia y el fuego se corre. Un Lada, un Moskovich. El olor a gasolina cubre las hierbas y trepa hacia las palmeras; ha comenzado a saltar en las copas de los árboles encima de todo el estacionamiento. Es el escenario de un bacanal, pero, tan borrachos y drogados ¿a quién le importa? Corren los pingueros imitación Tommy Hilfigher, imitación Armani, imitación Versace, corren los travestis y pierden los tacones, las plumas. Se van quedando detrás los foquitos de colores. Los muchachitos en el vagón apuran el trámite. Suben el ritmo de sus besos. Un par de españoles flemáticos camina hacia la salida y fuman porros. Beben tragos cortos a sus cervezas. Las sandalias se les manchan de lodo, pero ellos no detienen su charla de futuro y revelación. 

         —¿Qué va a ser de este país cuando muera Fidel? 

         —Sin Fidel ya todo se lo llevó la mierda. 

Pirotecnia tropical. El verde azul muerde las ramas del árbol. Los taxistas tratan de controlar al fuego. Un Ford cuarenta y ocho estalla con desgano, como el orgasmo de un viejo. Se derrama la gasolina. En el vagón abandonado, uno de los amantes dice: ya voy a venirme. En el estacionamiento por fin el jagüey más grande se enciende y todo se ilumina de verde y anaranjado. Todo chasquea. Se ilumina el cuerpo del muchachito en el vagón. Se arquea. El vagón rechina. Cara de dolor. Miguel los vio. Ellos se estrechan en un último abrazo que extiende el blanco sobre sus pieles y el fuego sigue saltando arriba, en las ramas de los jagüeyes.

2006, diciembre, 22. San Miguel de Allende. 21:16 horas.

en San Miguel de Allende. Martín recuerda la fiesta. Sucedió hace cuatro años. No volvió a verlo. ¿Qué sucedió? Había efebos, muchachitos. Una fiesta. Ferretis había ido con Martín a buscar cocaína (su hermana Claudia, le llamaba Alejandro) en casa de la Francesa, esta mujer, que, a pesar de su apodo nació en San Francisco y que vivía, como Ferretis y Martín en aquel tiempo en San Miguel. La casa de la Francesa estaba rodeada de muchachitos, pequeños ángeles, como secándose.

La francesa es la única dealer confiable en el Vedado, le había dicho a Martín Alejandro Ferretis. Venía con ellos un muchacho colombiano, probablemente es él, pensó Martín mientras leía los periódicos con los que venía envuelto el pescado el amante que terminó en los más de cien frascos de comida para bebé en que Ferretis terminó vuelto un puré, un amasijo de huesos y carne descompuesta. En aquella fiesta a la que fue Martín. 

El colombiano, recordó mi hermano, según dejó escrito en sus diarios en San Miguel, no se impresionó con la afirmación de que la Francesa era la única mujer confiable en San Miguel. 

—Seguro la consigo mejor en Cartagena, comentó. 

—Puede ser. 

Con aire de cliente de confianza le pidió a uno de los guardaespaldas de La Francesa que abriera la ventana. El encapuchado obedeció. Allá afuera la piscina brillaba entre verde y azul y, ya drogado, mi hermano Martín creyó ver a un cadáver. 

—Qué bien que refresca el aire de madrugada —dijo la colombiana quien acababa de entrar en la sala virreinal de su mansión en San Miguel de Allende.

Se sienta y sonríe feliz. Porque vive drogada. Ferretis debe haber cosquilleado de ganas. Tanto que creyó que volvía a vivir, que tenía piel. Se le iba la tristeza de todo lo que le desagradaba de sí mismo a pesar de que estaba en el mejor momento de su vida. Caminó hacia las líneas que le ofreció la Francesa y fue dejando huellas en el polvo del piso. Inhaló todo fue luz. Desapareció el mareo, la molestia del olor a semen que aún se desprendía del colombiano. Martín, como si sintiera de pronto una hemorragia tuvo que correr al baño a orinar. Nunca se había drogado. Descubrió, extrañado que tenía sangre en el sexo. ¿Dónde se había lastimado? La cosa parecía un poco aparatosa, pero cuando salió lo esperaba Ferretis con un plato y Claudia, la coca amable de la Francesa esperándolo para ser gozada. Y también en él desapareció el malestar, el mareo. El verdeazul en la piscina dejó de parecer amenazador, no había peligro, no le estaba sangrando el sexo, lo único que seguía pareciendo demasiado extraño eran los muchachitos desnudos que por aquí y por allá se paseaban jugueteando, persiguiéndose como faunos en la casa virreinal.

—Vas a venir a la fiesta, ¿verdad? —preguntó Ferretis. 

—Necesito un baño y nada más. 

Te espero, pues. 

El colombiano probó la cocaína. 

—¿Está buena? —preguntó Ferretis sonriendo.

—Puta madre, cabrón —respondió el colombiano—. Igual en Medellín se consigue mejor. 

El olor a crack desapareció, los orines del gato y el brazo calcinado que parecía querer ahorcar a la francesa se transformó en lo que era: un tronco de árbol a medio tallar.

—¿En Medellín se consigue mejor? —se burló La Francesa y remató—. Me gustas Colombia. Eres orgulloso y por eso a tu novio Ferretis le voy a dar un buen precio. 

—¿Su novio? —Era Sócrates el que preguntaba. Un niño de once años que era hijo de Alejandro Ferretis y que desde que tenía uso de memoria lo acompañaba a todas partes con él. Pero el malestar que Martín había sentido durante toda la tarde desapareció también con la cocaína de la Francesa. Cuando salieron todo olía bien, todo estaba bajo control. No existían el mal o el bien. Estaban hechos para vivir y nada más. 

En aquella fiesta, leyó Martín en el periódico que había envuelto el pescado que iba a preparar, murió asesinado Alejandro Ferretis. Y él había estado en la cama con uno de esos faunos que correteaban por las casas de gente como Alejandro o La Francesa en el pueblo mágico de San Miguel.

En la fiesta, creyeron escuchar el murmullo de todas las voces que gritan y charlan. Voces de seres que se miran perplejos sorprendidos por su belleza. 

Los travestis lucen galas chillantes. Hay locas de pelos rosas que visten trajes hechos de foquitos de colores y uno muy flaco que gira contoneando un montón de plumas pegadas en una corona de unicel. Plumas y pájaras: Pintores, poetas y músicos. Enanos y viejos piratas, infantes bastardos de Europa buscan sus bocas; se meten la mano junto al jardín. La fiesta de los pingueros revienta: Farándula habanera y tanto que ver que Zeta casi se siente colmado: aquellos dos se meten a los vagones. Ha entrado un tercero. Aquí otra desciende y otro se inclina. Allá uno pone polvos en la cerveza del otro. Un español grita y se va de bruces. Un escultor grita que ha visto moverse a la estatua Rebelde en el Capitolio. Hendrix, se toma de la mano con otro pinguero por debajo de la mesa de plástico. Lo ha visto Zeta, qué placer verlo todo y de pronto: La Francesa. Vino. 

——¡Miguel! Vino a descargar La Francesa. 

 Se ha levantado de su lecho de agujas. Viene vestida de reina. La conduce un cortejo de negros. A su paso uno imagina que vuelan papelitos de colores que gritan: Claudia. 

Todo es tanto puchis punchis de felicidad que de pronto algo explota. En lo mejor de la fiesta, un auto viejo de cables cruzados se incendia y el fuego se corre. Un Lada, un Moskovich. El olor a gasolina cubre a las hierbas. Hay fuego en el estacionamiento. Todo es el escenario de un bacanal. Bien borrachos y bien drogados, a quién le importa: Corren los pingueros imitación Tommy Hilfigher, imitación Armani, imitación Versace, corren los travestis y pierden los tacones, las plumas. Se van quedando detrás los foquitos de colores. Los muchachitos en el vagón apuran el trámite. Suben el ritmo de sus masturbaciones. Un par de españoles flemáticos caminan hacia la salida y fuman porros. Beben tragos cortos a sus cervezas. Las sandalias se les manchan de lodo, pero ellos no detienen su charla de futuro y revolución. 

——¿Qué va a ser de Cuba cuando Fidel muera? 

——Sin Fidel todo se va a ir a la mierda. 

Pirotecnia tropical. El verdeazul muerde las ramas del árbol. Los taxistas tratan de controlar al fuego. Un Ford cuarenta y ocho estalla con desgano, como el orgasmo de un viejo. Y derrama la gasolina. En el vagón abandonado los amantes: ya voy a venirme. En el estacionamiento por fin el jagüey más grande se enciende y todo se ilumina de verde y anaranjado. Todo chasquea. Se ilumina el cuerpo del muchachito en el vagón. Se arquea: yo también. El vagón rechina. Cara de dolor. Zeta los vio. Ellos se estrechan en un último espasmo que extiende el blanco sobre sus estómagos y el fuego sigue saltando en las ramas de los jagüeyes.Imagino que despertó sintiéndose igual de atrapado que en aquel tiempo en que fue a la fiesta de Alejandro Ferretis. Él dice que fue una fiesta, pero se supo que fueron muchas. Mentir, dicen las religiones de la paz es el mejor camino hacia el juicio Cristo en la Tierra. Y el problema con mentir, es que uno termina por mentirse a uno mismo. Tengo la impresión de que Martín se había tomado aquel tiempo en el mundo para asegurarse de que la verdad no estaba donde habita el acusador el enemigo de nuestros hermanos, Y lo escribo porque Alejandro hacía tiempo que dejó de mentirse a sí mismo. En aquel tiempo yo era quien se estaba mintiendo. Martín o, el monje Bernardo, debe haber recordado todo lo que sucedió en La Cucaracha, debe haber tenido ganas de tomarse el primer güisqui de la mañana y debe haber tenido ganas de acompañarlo con un cigarro. Tal vez lo haya hecho en la piscina donde lo imagino durmiendo intranquilo imaginando lo que sucedió en aquella fiesta. Martín había dejado esbozos de lo que le diría a su hermano y al abogado. Que despertó borracho, a punto de sentir un ataque de pánico cuando se dio cuenta que en la cama que le habían dado en la casa de la madre de Ferretis, alejada de la fiesta a un niño de ocho años que dormía plácido y discretamente drogado junto a él. Pero no era Sócrates como imaginaba Martín. Era otro niño que, confundido entre el arriba y el abajo estaba por consumar todas las transgresiones. Más de las que nosotros hubiésemos querido aceptar. El incesto. Porque Ferretis conocía a los Manuel de Villena. Casi tanto como Martínez Ríos. Tal vez más. Había puesto su mano artrítica sobre el pecho de Martín y había tomado la mano del niño semi dormido. Había hecho que Martín le acariciara la cara y la boca. Había tratado de que se dieran un beso, pero Martín no lo hizo y el niño estaba muy confundido como para saber realmente qué es lo que deseaba.

—¿Te gusta? —había preguntado Ferretis. 

Martín comenzó a temblar, se levantó y miró al muchacho desnudo con la misma extrañeza con la que me había mirado cuando salió de bañarse y me encontró desnudo en su habitación. 

El niño murmuró alguna cosa que Martín confiesa no recordar. Pero Martín se levantó de un saltó y le asustó su propia desnudez en el espejo. La desnudez de aquel viejo, de aquel niño y la suya propia. Escribió que parecían las tres edades del hombre de un pintor italiano cuyo nombre he olvidado. 

—Te gusta, ¿verdad? —seguía preguntando Alejandro y comenzó a acariciarse el sexo y el del niño que yacía junto a él. 

Martín asegura en lo que escribió que no se atrevió ni siquiera a mirar al muchacho, se reacomodó el cabello y se puso los jeans. Ni siquiera se puso calzones. Ahí estaban las llaves. Era lo único que necesitaba. Apareció Sócrates. Esta riendo. Y tenía un bat en la mano.

Fueron a buscar Claudia con la Francesa. En su casa hay un montón de ángeles pequeñitos y casi secos. 

—La Francesa es la única dealer confiable en el Vedado —explicaron a la colombiana que levantó los hombros y en el auto abrió la ventana para refrescarse con el aire de madrugada. 

La Francesa es sonrisa feliz de quien vive drogada. Al ángel le cosquillearon las ganas: tener piel. Fue dejando trozos de si en el polvo del piso. Se recuperó de pronto.  A César le había vuelto la hemorragia y tuvo que sentarse en un sillón junto al gato.  

—¿Miguel?

—Necesito un baño. Nada más.

—Úsalo, amor —dijo La Francesa y señaló hacia una bodega. 

César apretó el torniquete. Se lavó. Trató de recomponerse frente al espejo. Duele muchísimo. Necesitas Claudia. Nada más. Tratando de no cojear volvió a la sala. La colombiana estaba probando la coca. Por la ventana de la sala de La Francesa se meten los brazos de un árbol iluminado de verde y otro gato se peina la cola. 

—¿Está buena?

La casa huele a crack, a orines. A somnolencia de una mujer que debe haber sido guapa. 

—Está bien —dijo la colombiana—. En Medellín se consigue mejor. 

La francesa sonrió. 

—Me gustas Colombia —dijo—. Eres orgullosa. Te voy a dar buen precio, mi amor. 

En la fiesta, creyeron escuchar el murmullo de todas las voces que gritan y charlan. Voces de seres que se miran perplejos sorprendidos por su belleza. 

Los travestis lucen galas chillantes. Hay locas de pelos rosas que visten trajes hechos de foquitos de colores y uno muy flaco que gira contoneando un montón de plumas pegadas en una corona de unicel. Plumas y pájaras: Pintores, poetas y músicos. Enanos y viejos piratas, infantes bastardos de Europa buscan sus bocas; se meten la mano junto al jardín. La fiesta de los pingueros revienta: Farándula habanera y tanto que ver que César casi se siente colmado: aquellos dos se meten a los vagones. Ha entrado un tercero. Aquí otra desciende y otro se inclina. Allá uno pone polvos en la cerveza del otro. Un español grita y se va de bruces. Un escultor grita que ha visto moverse a la estatua Rebelde en el Capitolio. Hendrix, se toma de la mano con otro pinguero por debajo de la mesa de plástico. Lo ha visto César, qué placer verlo todo y de pronto: La Francesa. Vino. 

—¡Miguel! Vino a descargar La Francesa. 

 Se ha levantado de su lecho de agujas. Viene vestida de reina. La conduce un cortejo de negros. A su paso uno imagina que vuelan papelitos de colores que gritan: Claudia. 

Todo es tanto puchis punchis de felicidad que de pronto algo explota. En lo mejor de la fiesta, un auto viejo de cables cruzados se incendia y el fuego se corre. Un Lada, un Moskovich. 

El olor a gasolina cubre a las hierbas. Hay fuego en el estacionamiento. Todo es el escenario de un bacanal. Bien borrachos y bien drogados, a quién le importa: Corren los pingueros imitación Tommy Hilfigher, imitación Armani, imitación Versace, corren los travestis y pierden los tacones, las plumas. Se van quedando detrás los foquitos de colores. Los muchachitos en el vagón apuran el trámite. Suben el ritmo de sus masturbaciones. Un par de españoles flemáticos caminan hacia la salida y fuman porros. Beben tragos cortos a sus cervezas. Las sandalias se les manchan de lodo, pero ellos no detienen su charla de futuro y revolución. 

—¿Qué va a ser de este país cuando él muera? 

—Sin Fidel ya todo se lo llevó la mierda. 

Pirotecnia tropical. El verdeazul muerde las ramas del árbol. Los taxistas tratan de controlar al fuego. Un Ford cuarenta y ocho estalla con desgano, como el orgasmo de un viejo. Y derrama la gasolina. En el vagón abandonado los amantes: ya voy a venirme. En el estacionamiento por fin el jagüey más grande se enciende y todo se ilumina de verde y anaranjado. Todo chasquea. Se ilumina el cuerpo del muchachito en el vagón. Se arquea: yo también. El vagón rechina. Cara de dolor. César los vio. Ellos se estrechan en un último espasmo que extiende el blanco sobre sus estómagos y el fuego sigue saltando en las ramas de los jagüeyes.

En la fiesta, los travestis lucen galas chillantes. Hay locas de pelos rosas que visten trajes hechos de foquitos de colores y uno muy flaco que gira contoneando un montón de plumas pegadas en una corona de unicel. Plumas y pájaras: Pintores, poetas y músicos. Enanos y viejos piratas, infantes bastardos de Europa buscan sus bocas; se meten la mano junto al jardín. La fiesta de los pingueros revienta: Farándula habanera y tanto que ver que Miguel casi se siente colmado: aquellos dos se meten a los vagones. Ha entrado un tercero. Aquí otra desciende y otro se inclina. Allá uno pone polvos en la cerveza del aquél. Un español gira y se va de bruces. Un escultor grita que ha visto moverse a la estatua Rebelde en el Capitolio. Hendrix, se toma de la mano con otro pinguero por debajo de la mesa de plástico. Lo ha visto Miguel, qué placer verlo todo, disfrutarlo todo. De pronto María Julia le dice: 

         —¡Miguel! Vino a descargar La Francesa. 

Se levantó de su lecho de agujas. Viene vestida de reina. La conduce un cortejo de muchachitos completamente drogados. A su paso uno imagina que vuelan papelitos de colores que gritan: ¡Claudia! Todo es tal puchis punchis de felicidad que de pronto algo explota. En lo mejor de la fiesta, un auto viejo de cables cruzados se incendia y el fuego se corre. Un Lada, un Moskovich. El olor a gasolina cubre las hierbas y trepa hacia las palmeras; ha comenzado a saltar en las copas de los árboles encima de todo el estacionamiento. Es el escenario de un bacanal, pero, tan borrachos y drogados ¿a quién le importa? Corren los pingueros imitación Tommy Hilfigher, imitación Armani, imitación Versace, corren los travestis y pierden los tacones, las plumas. Se van quedando detrás los foquitos de colores. Los muchachitos en el vagón apuran el trámite. Suben el ritmo de sus besos. Un par de españoles flemáticos camina hacia la salida y fuman porros. Beben tragos cortos a sus cervezas. Las sandalias se les manchan de lodo, pero ellos no detienen su charla de futuro y revelación. 

         —¿Qué va a ser de este país cuando muera Fidel? 

         —Sin Fidel ya todo se lo llevó la mierda. 

Pirotecnia tropical. El verde azul muerde las ramas del árbol. Los taxistas tratan de controlar al fuego. Un Ford cuarenta y ocho estalla con desgano, como el orgasmo de un viejo. Se derrama la gasolina. En el vagón abandonado, uno de los amantes dice: ya voy a venirme. En el estacionamiento por fin el jagüey más grande se enciende y todo se ilumina de verde y anaranjado. Todo chasquea. Se ilumina el cuerpo del muchachito en el vagón. Se arquea. El vagón rechina. Cara de dolor. Miguel los vio. Ellos se estrechan en un último abrazo que extiende el blanco sobre sus pieles y el fuego sigue saltando arriba, en las ramas de los jagüeyes.

En la enorme logia del castillo se organizaban las mejores fiestas de la ciudad. En las reuniones del Emperador los invitados bebían, blasfemaban y reían. Discutían de política y del mundo que estaba por volverse más grande. Los invitados de Jorge eran individuos dispares. Lo único que los unía era el placer por el cotilleo. Había alquimistas y militares, marinos y uno que otro religioso que se sentía un iluminado.

—Un alquimista —escuchó decir doña Inés— necesita de mucho tiempo.

Sin duda, se dijo. Tomó otro trago y el jefe de esclavos trajo más vino para servirle pero ella, discretamente, dijo que no. El Emperador, en cambio pidió más. Parecía encantado de escuchar al fondo de la logia a un muchachito árabe que tocaba el duduk. Sonidos diabólicos, pensaba la señora. Demasiado hermosos para ser confiables. Con su silencio estaba presionando a Jorge quien, finalmente le dirigió la palabra con forzada amabilidad.

Ella pensaba en el joven monje tenía buen gusto y la señora  estaba hermosa. Espectacular. Sus ojos negros brillaban a la luz de las antorchas casi tanto como sus perlas, negras también. Se le mecían en el cuello impecable. Aprovechó las dotes que había heredado de don Juan Manuel. Miró a Jorge y con la más coqueta de sus sonrisas dijo:

—Entiendo que ha sido educado usted en San Bonifacio.

—Sí —respondió Jorge quien, por alguna razón sintió como que era otro quien respondía. Otro muy lejano. 

Con la idea de hacer el amor a Inés, Jorge comenzó a encontrar todas las cosas buenas de su antigua condición. Era joven y no era mal parecido, pero sobre todo comenzó a mortificarse. Iba a seducir a Mi abuela Inés Cornaro. No se arrepentía de poner estas cosas delante de Dios. Cada jueves se decía frente al altar: “si la ruta para sanar mi corazón pasa por el pecado, venga el pecado, una y otra vez, las que sean necesarias”. El pecado de Eneas, era no la sensualidad como hubiese pensado, era la vanidad.

Aquella noche,  Inés miraba hacia la ciudad cuando tocaron a su puerta. Era Jorge. 

—Qué haces aquí. Van a matarte —dijo la señora.

—Necesito decirte que te amo —decía Jorge. Y lo dijo con voz clara, de muchacho simple—.  Y te lo digo así, señora, como si fuésemos iguales, porque el amor que siento por ti es tan grande que iguala tu dignidad.

Jorge falló porque Luis Méndez apareció y estuvo a punto de rebanarle el cuello, pero apareció Farid e impidió que lo mataran.  Trató de salvarlo, caminó con él por Roma sintiéndose culpable, pero Jorge sólo murmuraba con amor por aquella mujer

—¿Qué vas a hacer cuando me muera? 

Afuera del cuarto sonó una guitarra, aroma de pino y la navidad de los infieles. Eran las nueve y te sentías enfermo. El sol calentó más tarde. 

Déjenlo dormir, dijo la signora. 

A la una Farid se preguntó: ¿Qué voy a hacer cuando se muera? 

Vuelve a sonar la guitarra fuera de los muros de villa Cornaro. Lo extrañaste hasta que dieron las tres. 

Por la noche le dijiste: 

—Buscarte. 

Se tocaron con luz dorada y luego quisieron llorar. El rojo se hizo azul. Mi abuela Inés vino al barracón y acarició tu mano que tiritaba de frío.

¿A dónde se va a ir todo lo que soy, todo lo que me ha dolido cuando me muera?

Son las siete de la noche. Huele a pino. Está cerca la navidad. ¿Qué voy a hacer si ya te has muerto? Suena una guitarra allá abajo, en la calle. Un mendigo invoca a Dios y una mujer se aproxima. Le da un tomín. Es un niño el mendigo. Tirita de frío. Tengo ganas de dormir. ¿Qué voy a hacer si ya te has muerto? Dormí un rato largo, pero desperté en la noche cerrada. Al principio me dio pereza encender la vela. Ahora no suena la guitarra, suena un laúd. Buscarte, murmuro. Desconozco mi voz. Si te has muerto, no ha tenido sentido venir a buscarte. No ha tenido sentido seguir la voz que comencé a escuchar claramente aquella noche en que me vi reflejado en un vidrio en la vieja Catedral.

Ahora ha comenzado a amanecer. Hay nubes púrpuras y verdes. Tal vez no existe ni siquiera el pozo de la virgen de las tribulaciones en que me enseñaste el canto llano. Ahora recuerdo que soñé con el jardín del Edén en el techo de Catedral aunque el de mi sueño era mucho más exhuberante. Además de la cierva había ángeles y aves que revoloteaban alrededor de los jagüeyes con las raíces al aire. Ha sonado una campana. Comienzo a aprehender las fuerzas para subir la montaña. Es la misma voluntad que me movió cuando decidí, en México, largarme y dejar la ciudad.

2023, diciembre, 3. Ciudad de México. 22:17h.

Fashionably late, pensó Yamasaki. Cruzó la puerta con esa calma adquirida de los años: barba cerrada, traje a la medida, sin alianza. Había aprendido a enunciar su soledad con cortes precisos. José Carlos ya lo esperaba. Pidió un martini, también por favor. Y sin preámbulo, comenzó la entrevista.

—Estos muchachos se metieron a la cocina y robaron todo el jamón —dijo Fidel, o eso contó alguna vez Santiago Álvarez, hijo del cineasta, con un cigarro entre los labios. “¡Enséñenme cómo lo hicieron!”, les gritó el comandante. Lo recordaban con los ojos brillantes de una generación sin papeles. Julián, entonces amigo de Santiago, escuchó la historia de la aspirina mágica. “Esto es lo que toma Fidel para ser inmortal.” Y la tomó. En el Instituto Lenin, lo que se aprendía no estaba en los libros sino en la sombra de los líderes, en los colchones quemados, en los jeeps robados.

Chávez era el muñeco de ventrílocuo del sistema, y todos lo sabían. Fidel se burlaba de él mientras Santiago quemaba cosas y aprendía a manejar al volante de la revolución. En casa del cineasta, Julián vio por primera vez arte abstracto: arte capitalista, dijeron. Pero él vio libertad. Emancipación. El fin de la línea. Desde entonces, cada brochazo fue un grito. Terminó en La Habana Vieja, pintando a niños del parque Zapata. Los retrataba desde lo inexacto. Las manchas. La furia. La sal del trópico en los colores. Luego cayó el muro. Y Julián volvió al trazo, al cuerpo. Al cuerpo figurado. Ahí encontró al Archiduque, a Farid, y fundaron La Virgen de los Peregrinos. Arte como contrabando de otra realidad.

En la Condesa, una ventana abierta dejaba entrar la luz de la calle. Mariana, casi desnuda, contemplaba la noche. Marcel, detrás, sonreía.

—Volvió a la misa —dijo ella.

—Supongo que sí —respondió Marcel—. La penúltima acta catedralicia dice que Isaac pidió que le pagaran por cantar como a cualquier profesional.

Marcel se acercó. Mariana tenía una hoja en la mano.

—¿Qué haces? Espera. No es…

—Está lindo —interrumpió ella—. ¿Tú lo escribiste?

—No. O sea… Es una broma. No es cierto. La dejaron. Dámela.

—¿Una broma?

Ella se la devolvió. Harta.

—Qué inseguro eres.

Afuera, una explosión iluminó el estacionamiento. Uno de esos autos viejos que el historiador de la ciudad quería rescatar. Armín dijo: “Es un boicot.” Salieron caminando con calma. El negro del auto en el que subieron los miró con desprecio. Y luego, como en una película, el auto estalló. Las locas gritaron. Algunas bailaron. Cuba ardía. Todo lo que Fidel quiso ocultar, reprimido, se incendiaba. La Habana estallaba en sus heridas. Y ellas, vestidas y sucias de fiesta, fueron las primeras en bailar.

—No sé, Mariana —dijo Marcel—. La mente es un concierto barroco. Lo que sucede en la cabeza, sucede más rápido de lo que puedo decirte.

En el sueño de Isaac, solo queda la desnudez. El cuerpo como sonido. El sonido como cuerpo. Se desabotonó la hopa. Cayó con un susurro. Su cuerpo quedó expuesto como un secreto que ya no podía guardarse. En David, algo se estremecía. El recuerdo de Cataluña. La voz del chelo como una herida que asciende. Isaac era esa música. Su cuerpo, su garganta, eran la partitura. No podía mirarlo. Si lo miraba, ardería.

Y así ardía.

La música como un Dios que toca desde el ábside. Las notas suben y bajan. Redondas, especies compuestas. El contrapunto. Todo era contrapunto en la cabeza de David. Isaac, desnudo, sabiendo su belleza como un castigo. La melodía se hace carne. El ritmo cae como un alud. Isaac, cuerpo de guitarra. De violín. De chelo que vibra. David siente que va a arder. Isaac canta. Mariana escucha. Marcel apenas puede seguir contando. Todo esto es verdad, dice. Porque aquí estamos. Desnudos. Uno frente al otro. Y ya no puedo más. Como David, que tampoco pudo.

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